Fidel, “necesario y vital” para Cuba

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Todos los que en el extranjero se creían que con el fallecimiento de Fidel Castro se había acabado el reino de Fidel, habrán visto horrorizados cómo el nuevo Presidente del país, Miguel Díaz-Canel ha sido el primero en recordarlo de forma muy significativa en unas jornadas de tributos que comenzaron en La Habana y se extenderán hasta el 4 de diciembre. “Fidel es hoy necesario y vital”, dejó dicho Díaz-Canel en su cuenta de tuiter antes de insistir en que “Fidel pensó y organizó la revolución, la encabezó, luchó y triunfó; rescató la dignidad al país y forjó una obra emancipadora sin igual. Enfrentó resueltamente al imperialismo, creció con su pueblo y por tantas razones estará siempre”. El Presidente que le ha sucedido va haciéndose con todos los símbolos del poder como para decir que no está ahí por un ratito ni que le han puesto ahí para asegurar esa “transición política” en la que se pensaba en Europa, donde se creía que con la desaparición de Fidel se daría paso a un régimen político amplio, con cabida para muchas formas de pensar. Por si hubiera dudas, en 2021, dentro de tres años apenas, Raúl Castro será quien le entregue a Díaz-Canel el mando del Partido Comunista, aunque es difícil saber qué impronta guardarán los viejos miembros del partido comunista, que estuvieron detrás de los Castro desde el inicio de la Revolución, hace unos sesenta años.

Para un europeo medio cartesiano es difícil imaginar lo que está sucediendo aparentemente en Cuba aunque, según la física más pura, la realidad que nuestros sentidos perciben no es más que ilusión porque no existe. Tremenda sentencia que deja patitieso a cualquiera. Sobre todo que en Cuba ocurren cosas que no podrían imaginarse siquiera en cualquier otra parte del mundo. No sé si tiene que ver algo con el realismo mágico, con la especial religiosidad de la gente que mezcla a los santos de la religión católica con la religión yoruba, heredada de los primeros negros africanos llegados a Cuba.

Voy a darles a leer unas páginas de mi libro “Fidel Castro y la Diplomacia del Cine”, publicado en París en el año 2.000 en francés y en español:

“A finales de 1995, cuando Cuba se disponía a entrar en el trigésimo séptimo año de la Revolución, el XVII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano iba a innovar en sus esfuerzos de factor político y diplomático. En diciembre de 1995, por primera vez en la historia, los organizadores del Festival de Cine de La Habana pedían a la Iglesia Católica, cuyas relaciones con el gobierno no eran excelentes, que celebrase una misa, inscrita como otra actividad cualquiera en el programa festivalero. Ante la sorpresa de nacionales y foráneos, el presidente del Festival, miembro destacado del Comité Central del PC y amigo íntimo de Fidel Castro, Alfredo Guevara, presidía la ceremonia religiosa que se celebraba el 7 de diciembre de 1995 en la parroquia de San Agustín en la barriada habanera de Marianao. Pero si la misa constituía ya de por sí una sorpresa en sí, eloficiante, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal, cubano ilustre por su ascendencia y vicario episcopal, que fallecería en 2014, iba a ampliarla al pronunciar una homilía.

En un país donde el sincretismo es corriente, donde algunos especialistas explican que siete de cada diez cubanos son « iniciados », es decir adepto de la religión yoruba, exportada por los esclavos negros de Africa en tiempos      de la colonia española, donde hasta las imágenes más veneradas del catolicismo tienen para la inmensa mayoría del pueblo su equivalente en deidades africanas (la virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la isla, es Ochún, encarnaciôn de la feminidad y de la sensualidad, San Lazaro, el más venerado de todos los santos, es Babaluayé      patrón de las enfermedades y Santa Barbara el poderoso Changó, dios de la fuerza y de la guerra), cómo no quedar boquiabierto cuando el número dos de la Iglesia Católica Cubana, en una misa oficialmente consagrada a los libertadores de América Simón Bolivar y José Marti, decía: « No nos dejemos fascinar por encantadores de serpientes que desvíen el derrotero. Crecimiento, sí; poda, también; injerto, por supuesto, ya que todo aislamiento seca y todo menosprecio de la interdependencia y de la planetarizacion de la cultura, acaba por darle muerte. Pero siempre trepados en nuestro árbol, solidamente insertados en él. Arbol mal tratado, pero recio; capaz todavía de amparar con su sombra salvifica a los hombres y mujeres que nos esforzamos por vivir como personas humanas desde el Río Grande hasta la Tierra de Fuego ».

Unos días más tarde, en la misma barriada de Marianao. Estamos en una pequeña capilla donde cien lugareños, viejos y jóvenes, ocupan los bancos de la iglesia bautista de Ebenezer. Sólo hay cuatro forasteros, un periodista que se ha enterado casualmente, Alfredo Guevara y dos personas que le acompañan. Esta misa ecuménica tiene lugar a pedido del Festival del Nuevo Cine latinoamericano. Es el tercer acto religioso que se celebra en estos días, ya que después de la misa católica, un rabino de La Habana tomó la iniciativa de una celebración en su sinagoga.

Pero la de esa noche es sin lugar a dudas la más singular. El oficiante es un hombre de sesenta años de edad, de apariencia insignificante y con enormes gafas. En su discurso estigmatizará a los ricos que, subraya, son cada vez más ricos, y habla en favor de esos pobre, cada dia más pobres. También se refiere a la cultura, al espacio cultural que los países del Tercer Mundo deben de conservar frente a los ricos. Y para ello pone esperanzas en el cine latinoamericano. Con la misma convicción rechaza para Cuba una solución de corte neoliberal, pero igualmente el socialismo real: « Nuestro pueblo se ha cansado de calcar y de copiar. Ahora no queremos ser ni como Estados Unidos ni como la Unión Soviética. Tenemos la posibilidad de hacer un proyecto propio que salga del alma.

Esta misa, en la que todos —incluyendo al marxista Aifredo Guevara— se mueven al ritmo de los cánticos religiosos, quedaría en mi retina como la imagen más surrealista de esos últimos dias del año 1995 en La Habana. En la puerta del templo, comida por la oscuridad debido a los apagones que conoce todo el país en este período especial de crisis económica, el pastor protestante que acaba de oficiar, el reverendo Raúl Suárez, vestido con guayabera blanca, despide efusivamente a Alfredo Guevara. Son viejos amigos. Como Alfredo, el reverendo Suárez es diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el Parlamento cubano.

Y ahora, díganme si saben de alguna parte del mundo donde puedan ocurrir cosas como las que les he contado. Porque no se olviden que en 1995 Cuba era más comunista que nunca, socialista decían muchos, y que no se hablaba de olvidar la Revolución y otras manipulaciones que en Occidente se encargaron de difundir. Por lo tanto, que Fidel Castro vuelva literalmente a dominar la vida pública cubana no es nada extraño. Acaso sea magia, no sé. Pero las cosas son así. Fidel no ha muerto.