Mi amigo cubano

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Tengo un amigo cubano, José Dos Santos, al que conocí en la Agencia Prensa Latina, de La Habana cuando él ejercía allí como vicepresidente y yo colaboraba con artículos culturales que hoy me parecen muy pretenciosos para la época de estrecheces que vivía Cuba. Tengo la impresión de que mis amigos periodistas se divertían con mis notas porque muchas de ellas parecerían escritas de otro planeta, y la verdad es que siempre había vivido en otro sistema solar hasta que en 1985 pisé por primera vez La Habana y entonces me di cuenta de que había otro mundo, esa isla chiquita donde desde muchos años atrás sus gentes se partían el pecho para sacar adelante la Revolución. Sí, ya sé que todo eso queda lejos. Me refiero a la Revolución que encabezó un joven Fidel Castro que con sus barbudos, este término se acuñó en Europa donde se simplificaban los tremendismos políticos escribiendo en los periódicos que era la “révolution des barbus”. Y con ese nombre Fidel se hizo popular en la vieja Europa donde los más jóvenes veíamos con ojos como platos, veíamos a través la prensa, claro, cómo gente joven como nosotros pero más determinada querían formar un país socialista al ladito de los Estados Unidos.

Fui de los europeos que quedaron patitiesos con La Habana que descubrimos, con muchos agujeros en las calles, viejos edificios, pero bellísimos, y cortes de luz para cansarte, los famosos apagones. Mi ingenuidad me llevó a preguntarle a un personaje del régimen que me encontré en no se qué manifestación, probablemente el Festival de Cine de La Habana, por qué no remozaban los edificios. El hombre se echó a reír y me explicó muy serio que lo primero era el bienestar de los cubanos. Lo demás, ya veríamos.

Ahora La Habana anda por los 500 años de existencia, todavía no cumplidos, y me dicen que ya hay muchas mejorías.Pero me he apartado del objeto de estas líneas. Y es que cuando uno habla de La Habana los santos corren todos para el cielo. Estos días he escrito un artículo titulado “Fin de las ilusiones” donde con toda la amargura de alguien al que le queda poco tiempo para ver milagros llegados del cielo, porque de la tierra pocos hay que esperar, dudo de todo y de nada. Y me muestro amargo con la Revolución cubana, que para mí casi casi se fue cuando su inventor, Fidel Castro, decidió marcharse para otros parajes.

La amargura es lo único que nos queda a los que alguna vez hemos presumido de idealistas cuando se nos acaba la posibilidad de actuar. En directo de la Habana, donde vive desde hace setenta años me dicen mis buenas fuentes, ese vicepresidente de Prensa Latina de que les hablé al principio, José Dos Santos, me ha escrito un comentario en un estilo telegráfico que me ha roto el corazón: “No te dejes amargar por los amargados, ni desilusionar por los escépticos, ni amedrentar por los timoratos. Estamos llenos de imperfecciones por eso hace falta ser ahora, más que nunca, revolucionarios, para seguir soñando, que es la única forma de avanzar como seres humanos”. Son unas palabras muy sencillitas pero que llegan al alma. Es cierto que yo me amargo pero sin necesidad de que me lo peguen los amargados. Tampoco está equivocado cuando dice que no preste atención a los escépticos que podrían desilusionarme. Y termina puntualizando algo hermosísimo: “Estamos llenos de imperfecciones por eso hace falta ser ahora, más que nunca, revolucionario, para seguir soñando, que es la única forma de avanzar como seres humanos”. Quisiera agradecerle al amigo José Dos Santos su cordial tirón de orejas con esta frase de Gabriel García Márquez que en este día de lluvia y humedad europea circula por wasap, ese circuito de comunicación con el que la gente se comunica. Dicen que García Márques se expresó así: “Yo quiero proponerle a usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela”.