Fin de las ilusiones

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando tu mamá o la nodriza te daban el pecho eras demasiado pequeño, demasiado débil para buscar otro soporte, y te aferrabas a los pezones que te alimentaban, te acariciaban y hacían volar tus angustias.Dramático momento cuando te dijeron que ya con cinco años no te podías seguir refugiando en los pechos para comer, dormir, llorar o aguantar lo que te parecía una vida muy dura. Tuviste que aprender a contentarte del chocolate que te daban con la merienda para atenuar tus angustias. Por supuesto que no lo conseguiste y si no te mandaron al psicólogo o a un adiestrador cualquier fue porque fingiste o porque en tu casa no había medios para andarse con chiquitas. Entonces, un día descubriste los tebeos, esos libritos ilustrados con personajes fantásticos; cualquiera de ellos serías tú. Y aquella linda muñeca que acompañaba al héroe sería como tu novia. Llegaron los libros de verdad y empezaste a entender que la vida era demasiado compleja para afrontarla solo.

El cine, vendito Meliès, inefables Lumière, nos abrió puertas insospechadas. Había mucha película de vaquero, con gente recta, respetuosa del honor, de la virtud y de la caridad. Lo mismo ocurría con otros héroes como Robin de los Bosques, que te enseñaban a ser un poco mejor, repartir con los pobres, ayudar al que lo necesitaba. Era ese fenómeno de solidaridad que la gente de los años 2000 cree haber inventado con politiqueo y golpes en el pecho.

Con diez años ya sabíamos, gracias al cine, que teníamos que estar siempre del lado del bien, de la justicia, de la gente buena y combatir a los abusones, es decir lo que hoy llaman estafadores, y ser lo mejor posible dentro de un mundo que no se parecía nada al de las pantallas.

Fuimos perseverando, aprendiendo de aquellos filmes que un Hollywood bastante cristiano nos mandaba. Los malos eran señalados desde las primeras imágenes para que no confundiéramos las cosas. A los buenos se les notaba por sus mejillas rasuradas, sus ropas y sus actitudes. A las buenas les pasaba igual. Ya mucho, mucho después, llegó “Solo ante el peligro” donde el héroe (Gary Cooper) estaba a punto de sucumbir ante el mal. Sobre todo que su bonita novia-mujer, Grace Kelly, parecía abandonarle en el momento más crucial. Estábamos todavía en los años cincuenta, pero todo no estaba perdido. El sheriff salía a cumplir su deber, es decir a exponerse a que lo matasen por un sueldo miserable, y entonces recibía la ayuda de ella, la esposa más bonita de aquellos años de cine.

Me parece muy bien que ustedes se rían, pero los que acudíamos a estas lecciones de vida teníamos otra opinión. Aprendíamos y aunque no podíamos pasearnos con un pistolón durante el recreo o exhibir una novia tan bonita como la Kelly, sabíamos por dónde iban los tiros de los buenos. Fuimos creciendo, haciéndonos mayores pero recuerdo que en 1960 yo seguía viendo películas del Oeste en un templo de este género que se encontraba entonces en el Boulevard Barbès de París. De los héroes del celuloide tuvimos que pasar a los de verdad, a los que ya podías tropezarte en el Metro o en los periódicos.

Fuimos muchos los que ya siendo periodistas, gente que trataba con ellos a través de la actualidad, nos fuimos decantando por tendencias políticas o maneras de hacer política. La Revolución cubana fue el ejemplo para muchos de nosotros, que teníamos unos pocos años menos que el héroe con barba, puro y sonrisa que presentaban los informativos y los periódicos. Otros, más mayores, habían encontrado héroes en la Revolución rusa, algunos en el Imperio norteamericano donde, desde luego, todo parecía muy fácil aunque con maneras que no eran las de sus antepasados de la época del Oeste norteamericano.

Y empezamos a equivocarnos, a dar trompicones, porque ser mayor de edad ya era otra cosa. Ningún Gary Cooper podía echarte una mano, y tampoco podías contar con Errol Flynn y sus malandrines que bastante trabajo tenían en los bosques de Sherwood para combatir a los siniestros ambiciosos que querían la corona del pobre rey desterrado. Desterrado estábamos todos en un mundo sumamente complicado más allá de las temáticas que entonces escogían los guionistas de Hollywood, a los que las circunstancias de las guerras y de los conflictos mundiales obligaban a actuar con otras temperamentos, aunque dejando al paso joyitas como “Casablanca”, película que nos remolcó durante mucho tiempo, muchos años, para no hundirnos en la guerra fría, en la caliente y la que otros insurrectos propagaban por países que siempre habían parecido ansiar más la paz.

Pero está visto que no hay ilusión sin desilusión. A la euforia de que David-Cuba hubiese ganado, de cierta forma, claro, porque los cubanos de a pie todavía están pagando la “vitoria”, al Goliat de Washington siguió el desencanto. Y fue entonces cuando nos enteramos, los que nos habíamos criado con todas esas ilusiones, que nunca se gana y que es más fácil perder. Y que los que más posibilidades tienen de vencer no son los que lo necesitan o los que se lo trabajan sino los que poseen los medios de aplastar al otro. Descorazonador pero muy ajustado a la realidad.

Con la Revolución Cubana, la madre de todas las revoluciones modernas para los que teníamos la edad de ilusionarnos y de creer en algo, nos ha venido la primera gran desilusión.

Ninguna revolución es eterna, ni lo fue la primera de todas la de 1789. Ni perfecta. Muchos dicen que la revolución en Cuba fue un fracaso. Somos unos muchos que le reconocemos el mérito de haber sembrado la ilusión. Pero, es cierto, Fidel Castro, falleció, lo enterraron, lo veneraron pero ya no está para gritarle sus cuatros verdades al Imperio.

La vida sigue, dicen mis amigos cubanos, que la sufren de verdad, que tienen que agarrarse a lo que hay, y que llevar a cabo otra revolución por su cuenta, la que les permite sobrevivir. No creo que volvamos a entusiasmarnos nunca más por una revolución. La de Cuba, la que dio ejemplo a los incautos que estábamos tan ricamente en el Oeste, se fue definitivamente al carajo, por mucho que los nuevos dirigentes digan y juren que el socialismo no fallará. Alguien que escribe mucho y bien sobre la Cuba de después de Fidel, Esteban Morales, decía hace poco en uno de sus escritos: “Pero, sobre todo, que de lo que se trata es de que el pueblo no continúe sufriendo nuestras incapacidades, nuestra lentitud en alcanzar un modelo económico que, después de 60 años, nos permita superar las que sin duda son nuestras limitaciones, incapacidades que pueden devenir en desesperanza para un sector importante de la población, lo cual es un verdadero peligro para la sobrevivencia de nuestro sistema”.

Y concluía este artículo: “Porque, frente a la desesperanza, a la gente no le va a preocupar mucho hacia dónde vayamos, dado que nada puede ser más importante que la supervivencia”.

¿Han leído algo más amargo después de sesenta años de revolución?