Lola, quince años después

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El avión aterrizó a la hora prevista y cuando hubo llegado a la aduana tuvo un momento de pánico. Hacía treinta años, un día parecido aquel, con mucho calor y el aire lleno de sabores, había abandonado Tánger en un carguero mixto para buscar refugio en Francia. Joven periodista, pero sobre todo descarriado de las meninges, había escrito cosas que las autoridades marroquíes no habían apreciado demasiado. Como todavía, años cincuenta y siete, del siglo XX, Tánger era internacional pudo hacer mutis por el foro sin que le pillaran. El jefe de la policía, un francés con un corazón partío que daba gusto, le había avisado que tenía que marcharse ya porque le había llegado una orden de detención a su nombre.

–No es que vaya a pasar nada, aunque tampoco puedo certificarlo, pero Marruecos está muy agitado con la independencia y si le llevan a declarar a Rabat, fuera de la protección internacional de nuestra ciudad, no le puedo garantizar nada.

Luis no tenía un duro pero en solo un día había reunido suficiente para un pasaje de tercera en un carguero mixto que partía al día siguiente para Marsella. En el periódico en que se había desvirgado sus ganas de escribir, Cosmópolis, le habían extendido una acreditación como corresponsal en París. Un niñato de 17 años de corresponsal en la ciudad más prestigiosa del periodismo mundial.

Era una broma que el director del semanario quería gastar a las autoridades marroquíes, con las que tampoco se llevaba muy bien. Pero sobre todo deseaba ayudar a aquel chaval que sin él podría terminar en una de las prisiones secretas, invisibles, que no existían, en el fondo del desierto del Sahara. Claro que haber escrito con pelos y señales en un semanario sensacionalista español que un grupo de notables judíos de la ciudad había desaparecido como por arte de magia de la terraza del café donde tomaban el fresco… Afirmaba el reportero, según las fuentes que le habían filtrado los datos necesarios para que el rey Hassan II entrase en una de sus cóleras que hacían temblar a Palacio, que un comando de desconocidos se había llevado a las personalidades judías sin que nadie, ni la policía de Tánger, pudiese dar una explicación, por absurda que fuera.

Fueron días metidos en un barco que de mixto no tenía nada. Era un carguero con algunos rincones donde se apiñaban unos cuantos pasajeros. Un infeliz marroquí que quería huir también había sido coronado cocinero. Luis recordaría siempre el gusto de sus guisados. Bueno, mejor no acordarse.

Cuando desembarcaron en Marsella, llevaba en los bolsillos suficientes francos para tomar el tren, comprarse un bocadillo y llegar en segunda a París. Al apearse del tren no le quedaría más que un puñado de calderilla para tomar el Metro. Tenía una dirección de una agencia de prensa con la que había estado colaborando desde Tánger con fotos y textos de personalidades playeras. Una auténtica iniciación periodística.

Antes de llegar a la taquilla de los pasaportes, tuvo un momento de pánico. Si no fuera por los tranquilizantes que llevaba en el cuerpo y los dos güisquis del avión, se hubiera desmoronado. Se miró en uno de los espejos de la aduana y vio a un señor ya entrado en años que quería dar el pego. Avanzó lo menos rápidamente que podía hacia la ventanilla. Si los ordenadores de aquellos cabrones funcionaban… Pero en la dirección des Renseignements Généraux de París (servicios secretos franceses), un buen amigo le había asegurado que todo estaba arreglado. Que no ocurriría nada. Después de todo, le tranquilizaban, ya había estado dos veces allí. Olvidaban precisar que entonces viajaba con un nombre más falso que quien se lo había vendido.

Mientras esperaba en la cola, se acordó de su querida Habana, medio siglo ya, y le dio temblique de nostalgia. Con la capital cubana, de la que llegaba después de no sabía ya cuántos trasbordos, le pasaba como con una mujer que había conocido en su África natural, una mujer que le volvió más loco que las fiebres que un día pescó en Amazonía. Pero el termómetro se estabilizó y ella se fue con otro. Cosas de la vida.

Ya no le gustaba tampoco La Habana. Esta vez, la había visto descafeinada, pasada por Coca-Cola de lujo. Era un puerto más de los que esperan a los turistas para desvalijarlos. Corsarios de todo pelo corrían por el centro blandiendo sus cimitarras de otras cruzadas en las que el objetivo era conquistar un ideal llamado Revolución, de la que ya parecía que menos gente se acordaba. Aunque estaban los nostálgicos, de los que él formaba parte: “Qué tiempos aquellos. Cuando Fidel se subía a la tribuna y después de dos, tres o cuatro horas de discurso te decía que la Revolución cubana jamás sería vencida… Y se la han llevado los mercaderes el templo”. Era casi la hora del almuerzo y el policía del control de pasaportes no parecía estar muy por la labor, pese a lo cual le sorprendió una sonrisa burlona cuando introdujo su pasaporte en un escáner. La prueba del algodón.

Salió del aeropuerto pero no reconoció nada. Los años borran las memorias. Y, ¿para qué venir a Tánger? ¿Solo para comprobar si es cierto que los recuerdos, una categoría de recuerdos por lo menos, se quedan flotando en los lugares donde han ocurrido cosas felices ? Recordó que necesitaba le renovasen urgentemente un medicamento indispensable para su corazón sin el cual le daba miedo andar por ahí y le pidió al taxista que le llevase a la clínica franco-española del Boulevard Pasteur.

–Sí, señor, claro. Ahora es un hospital muy elegante, muy caro, preciso haciendo bailar los dedos de una mano. Con la otra conducía, menos mal. Luis recordó el tiempo que había pasado hacía quince o veinte años atrás en una ciudad del sur de España donde había tenido que ser atendido en una clínica de un amago de angina de pecho. Le había recibido una médica de unos 35 años, morena, de ojos risueños marrones que había logrado quitarle el miedo de encima. A la segunda visita ya habían convenido de una cena en el puerto, a la que siguieron otras. Y cada vez amanecían como dos viejos amantes, sin saber qué les había pasado, en el hotel del puerto. Ninguno de los dos quería hablar de lo ocurrido. Era lo que los de las novelitas rosa llamaban el flechazo. Pero cuando se es adulto más vale dejar el sentimentalismo de lado.

Al día siguiente de la última cita en el puerto, el periódico decidió que se fuera ya, anteayer, a Damasco. Siria iba a dar mucho que hablar, diagnosticó el gordo belga en su sillón de la Redacción de Bruselas. Luis apenas se despidió. Estuvo encantado de aquel pretexto para no hacerse preguntas.

Hacía… hacía rato de Damasco. Finalmente lo habían expulsado. Los sirios o quien fuera, porque aquello le pareció un damero maldito donde nadie o casi nadie sabía dónde estaban los buenos y dónde los malos no querían tener que bregar con la prensa internacional.

En el Hospital le vio rápidamente un médico que le facilitó la receta tan necesaria y le recomendó pasase a ver a la encargada de los pacientes extranjeros para solucionar el papeleo. Le condujeron por dos ascensores a la planta noble que dominaba la bahía de Tánger. La puerta del despacho estaba abierta de par en par. En una mesita estilo Imperio vio a una mujer hablando por teléfono. Supuso que era ella a quien venía a ver. Para no interrumpirla entró sigilosamente. Y cuando estuvo a tiro quedó parado.  Era imposible. Sería mucha casualidad un parecido como aquel. Aquella mujer esbelta, con cara simpática y de una extraña belleza… Intimidaba. Pero no le cabía la menor duda, y aunque se encontraba un poco mareado, apostaba a que era la misma médica de las citas del puerto. Trató de recordar. No podía ser una casualidad. Ya dijo Freud que las casualidades no existen.

Luis se contenía a duras penas porque todavía no estaba seguro. Y hubiera sido una metedura de pata ridícula. Después de todo, se dice que todos tenemos un doble o más de uno en alguna parte del mundo. Y él no tenía tampoco las ideas muy claras.Ella le saludó cordialmente pero no pareció que la cara del recién llegado le despertase ningún recuerdo.

–Soy Dolores Salamanca, pero puede llamarme Lola – le dijo con un deje irónico que él no captó porque estaba agotado y su corazón le preocupaba.

–Y yo Luis. ..

¡Lola! Ya era demasiado casualidad. Dos mujeres. Mismo nombre –nunca supo su apellido o al menos no lo recordaba– y un parecido desconcertante.

De pronto pareció recuperar toda su cabeza, se la quedó mirándola como si hubiese visto al fantasma de D’Artagnan, y estalló casi en un chillido histérico:

–¡¿No te acuerdas del hotel del puerto?!

La sorpresa la pilló con las manos en los bolsillos de la bata, pero Lola ya había previsto aquel ataque de rabia y ni se inmutó. Desde que había entrado en el hospital se lo habían señalado y por la televisión interna pudo verle a gusto, ver lo que quedaba de aquel hombre al que tanto amó.

Trató de mostrarse tranquila, indiferente, aunque los nervios estaban en zarabanda:

–Te recuerdo perfectamente, mi querido Luis. Ya te ví llegar al hospital. No te conservas mal pese a tu corazón… Te acompaño al ascensor –siguió ella con calma veneciana.

Y cuando la puerta se hubo abierto y Luis se disponía a marcharse, ella se desmelenó de forma imprevista y lo empujó al fondo del ascensor. Con rabia mezclada con lágrimas, alguna sonrisa y un inmenso amor, se pegó a su traje de Armani:

–¡¿Crees que pude olvidar aquellas noches?! Allí me quedé embarazada. Eres un embustero. Tengo cartas que me devolvieron de Damasco, de Bruselas de París, de Río de Janeiro. Conservo incluso un telegrama en el que anuncian tu muerte.…

Lola lloraba y Luis no sabía cómo parar aquellas lágrimas.

La puerta del ascensor se abrió de sopetón en la planta baja.

Y como en una escena de Claude Lelouch a cámara lenta, lentísima, que giraba alrededor de ellos dos, Luis se vio retratado en una muchachita de pelo largo y una sonrisa tan canalla como la suya, que se les acercaba como un torbellino.

Entonces, Lola, la leona Lola, no pudo contener más la risa:

-¡Ven aquí niña, acércate! Mira, hija mía, este señor con el que me estoy peleando es tu papá. Dale un abrazo…

La niña se abalanzó sobre él y se lo comió a besos. Cuando la puso en el suelo se dio cuenta: tenía unos maravillosos ojos negros azabache, como su madre. Pero ojos que también se parecían a los suyos.

Y mientras trataba de decirle algo, con el corazón que se quería ir a una crisis de ansiedad, pidió a su amigo Jesús que esos ojos de la niña, de su niña, no viesen nunca nada de lo que él había visto durante tantos años. Cerró los ojos y rezó el comienzo del Padrenuestro. Al día siguiente, lunes 31 de diciembre, la niña insistió para que antes de las celebraciones de la noche fueran los tres a pasar el día a las grutas de Hércules, lugar mágico de Tánger, donde probablemente hizo escala Ulises en cualquier momento de sus veinte años de vagabundeo por los mares.

Se habían instalado en la arena para almorzar, apartados de los playeros. La niña se lo pasaba bomba haciendo de guía por aquellas extrañas grutas naturales. Estaban ya saliendo cuando oyeron la sirena de un patrullero de la policía y antes de que llegaran hasta donde estaba Lola, tres policías uniformados y uno de paisano se precipitaron sobre Luis, que no resistió. Le esposaron y antes de subirlo a empellones en otro automóvil negro que acababa de llegar, el que parecía el jefe de la expedición no pudo ocultar su júbilo:

-Por fin le hemos pescado, señor periodista. La justicia es lenta pero llega.

Los dos coches desaparecieron en un instante. Lola estaba paralizada de terror y la niña lloraba a gritos.

Por la tarde supieron que después de interrogarle en una comisaría de Tánger lo habían conducido hacia Rabat. Lola se acordó de lo que Luis le había contado de la advertencia del comisario francés cuando se marchó de Tánger para Francia. Dos días de indagaciones les llevaron para saber que Luís no estaba en ninguna dependencia policial de Rabat.

Al tercer día, un amigo de la policía antiguamente internacional les dijo la verdad:

–Sabemos de buena tinta que ha salido rumbo al Atlas, probablemente hacia una de esas cárceles que nunca han existido.

Prisiones, contaban algunos, en pleno desierto donde muchos eran los elegidos y pocos los que podían contarlo.

El 16 de agosto de 1972, el general Mohamed Ufkir, ministro del Interior marroquí, intentó un fallido golpe de estado contra el rey Hassan II. Al día siguiente, al ministro le encontraron muerto. Según algunas versiones, había sido ametrallado salvajemente y según otras se había suicidado. Pero ahí no terminó la historia. Toda la familia del general Ufkir, su esposa y seis hijos, el menor de tres años, más dos sirvientas, fue encerrada o enterrada en una de esas famosas prisiones en el Sahara y luego trasladados a otra cerca de Marrakech. De esta última cárcel, veinte años después, toda una vida, la familia de Ufkir logró escapar… Bueno, las fuentes más fiables dicen que los ayudaron a evadirse agentes de los servicios secretos franceses y españoles en una modélica operación conjunta. Pero Luis no era hijo de Ufkir ni de nadie que mereciera la pena. Lo iba a tener crudo.