Cuba y sus almendrones

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Radiante, el hombre hablaba de su disfrute al pasear a “La niña de La Habana”, como le dicen sus compatriotas a un Ford de 1930, de su propiedad, con motor original, mientras varios turistas disfrutaban de la ciudad en un impecable Chevrolet de 1955; autos todos que para los cubanos representan un reto a la imaginación, a sus bolsillos, y a sus capacidades técnicas, así como un desafió a la imposibilidad desde 1961 de importarlos de Estados Unidos. En probable que no exista en el planeta otro lugar que cuente con tantos autos vetustos en marcha para sorpresa de visitantes y disfrute de nacionales –unos 70 mil-, e impresiona comprobar que esas pizas de museo son parte de la cotidianidad de una ciudad que cambia y a la vez parece detenida en el tiempo.

Por estos días, el “Proyecto Cultural Amigos de ( el argentino Juan Manuel) Fangio” y el hotel Iberostar Gran Packard preparan las primeras jornadas de autos clásicos cubanos y la primera edición del “Gran Premio Anual Iberostar a la Conservación de Autos Antiguos”. Para los promotores del premio, los autos clásicos son los que desembarcaron después de la Segunda Guerra Mundial; “aquellos que tenían personalidad propia”, porque cualquiera distinguía al Buick del Dodge, según rememora el especialista Pablo Álvarez. Los cubanos de a pie, sin embargo, los engloban a todos en un mismo término: “almendrones”.

El certamen, a realizarse en diciembre, coincidirá con la llegada del primer auto a la isla en 1898 y será dedicado al aniversario 500 de La Habana el año próximo, aunque a fin de participar en el concurso los aspirantes deberán cumplir cinco requisitos. Los requerimientos van desde que los autos cuenten “con elementos mecánicos de fábrica”, hasta un “funcionamiento perfecto del sistema eléctrico”, advirtió Álvarez, jefe de la comisión evaluadora, quien todavía se conmueve al recordar que en 1961 el automovilismo en Cuba agonizaba por las prohibiciones de EU, su único abastecedor. Nadie podía suponer por aquellos días que después llegarían los invencibles Ladas soviéticos –en uno de ellos subí hasta los entrenamientos militares en el Cacho a visitar a mi hijo mayor-, y que con el despuntar del siglo en curso lo harían los Gueely hechos en China.

Pero era 1961, comenzaban las prohibiciones estadounidenses, que en su extensión más reciente abarcaron también al hotel Grand Packard, acabado de inaugurar en el Paseo del Prado de La Habana, aunque al parecer no alcanzan a desmotivar a los hoteleros, como tampoco a los dueños de estos autos “Made en USA” que siguen rodando por la ciudad, incluso como servicio de taxis. “En realidad no hemos sentido afectación, nuestros mercados están en Europa y Canadá, y si los a los norteamericanos no lo dejan venir potenciaremos otros mercados, como el mexicano, que está en crecimiento”, comentó Onofre Poll, de la cadena española Iberostar. Cuando Washington inició su embargo buscaba asfixiar a Cuba –como sigue obsesionado-, que emprendía una vida distinta a la conocida bajo tutela de EU, y más de medio siglo después los “almendrones” –clásicos o antiguos- son como símbolos rodantes de perseverancia. Una flotilla de Chevrolets de los años 50 participó el 20 de julio de 2015 en la reapertura de la embajada de EU en Cuba, y fue tal la fuerza de ese símbolo que hasta John Kerry lo elogió, a su manera.  “Agradezco que hayan dejado mi transporte ahí afuera; me encanta”, bromeó el entonces secretario de Estado.