¡Cállate!

José Dos Santos | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando la voz de la maestra que imparte clases en la escuela primaria frente a mi casa penetra hasta el fondo de mi hogar con su grito para imponer orden –varias veces al día—me refuerza la duda sobre el aprendizaje que se imparte a los pequeños que la tienen a sólo unos metros de distancia… Cuando la administradora de la farmacia, con sólo una empleada, con la que alterna días de trabajo de 12 horas, maltrata de palabra a personas tan o más ancianas que yo y bufa cuando la cola crece porque es “el día de los medicamentos” (ahora cada diez y no semanalmente)…

Cuando del gran hueco de la esquina (el tercero o cuarto o quinto de este año) continúa emanando agua y a pocos metros se apilan deshechos y escombros que casi impiden el acceso al gran patio trasero de la misma escuela de la profesora gritona…

Cuando no hay papel para recetas de medicinas que no se saben cuándo llegarán a la farmacia de la refunfuñona a su cargo y encontrarlas se vuelve un deambular entre otras más distantes…

Cuando para llegar a ellas o a otros servicios municipales, como el policlínico o el centro dental, no es posible trasladarse en ómnibus (porque demora mucho en pasar, o no paran o vienen atestados de pasajeros que hace desaconsejable su uso) y el sol quema más que antes (¿o será que con los años la piel se hace hipersensible?)…

Cuando, cuando, cuando… la relación de problemas, limitaciones, obstáculos e insatisfacciones –propios o ajenos, reales o exagerados– se acumulan sobre tu ánimo, el reclamo de la antipedagógica docente que ahora mismo llega a mis oídos me obliga a responderle: NO HAY QUE CALLARSE ANTE LO MAL HECHO.

Cada uno, desde la posición en que la vida lo ha colocado hoy –no ayer ni antier—debemos hacer, decir, actuar , en mi caso escribir, para que los “cuándos” relacionados –y muchísimos otros que sentimos en cada jornada– tiendan a desaparecer para que esos mitilantes y desagradables árboles no nos impidan ver el bosque por el que tanto hemos luchado.