Brasil: a sus órdenes, mi capitán

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

(NDLR. Este artículo no es más que un cuento chino. Nada de lo que se relata ha ocurrido ni podrá suceder. No existe ningún Presidente de extrema derecha en Brasil y en realidad este país también tiene mucho de ficción. Tampoco existe ese juez capaz de meter en la cárcel a un político de la oposición por interés. Todo es un mero pasatiempo.)

Cuando abandonó Manaus en camilla ya había mandado un mensaje a la dirección de su periódico diciendo que dada la situación en Brasil volvería por una temporada a ver lo que pasaba.

En su piso de Brasilia paso los primeros quince días, para restablecerse decía su secretaria, que no le abandonaba ni de noche ni de día. Era lo que él necesitaba. No había querido irse a vivir a la lujosísima chácara en la que su doctora-salvadora criaba a la hija que finalmente habían tenido. La niña no había salido con ojos verdes pero sí había sacado el mismo pelo afro de la chiquilla desaparecida y su mismo carácter. Era deliciosa. Iba de vez en cuando a pasar unos días con ella, pese a las restricciones de su secretaria, y todos se querían mucho. Brasil no iba tan bien. Lula, al que ya se le auguraba una nueva presidencia había sido metido en la cárcel por un juez federal sin el menor escrúpulo apartándolo así de la carrera por el poder. Y de pronto, cuando nadie se lo esperaba, apareció un personaje alto, delgado, de cara de pocos amigos y partidario de reprimir la violencia por la violencia. Incluso ya tenía ideas para dejar fuera de la ley al Movimiento de los sin tierra, en el que se apiñaban los campesinos que buscaban un pedazo de tierra en un país inmenso pero en manos de la oligarquía.

Cuando fue a acreditarse a l Ministerio de Relaciones Exteriores, el ministro que normalmente se ocupaba de la prensa extranjera había sido reemplazado. En su lugar acudió a estrecharle la mano un pájaro de mal agüero y de impecable uniforme que olía a recién salido del cuartel.

No hubo ningún problema pero el militar advirtió, a él y a otros cuatro corresponsales extranjeros que habían llegado para acreditarse, que las cosas habían cambiado. Que no se tolerarían disturbios y que toda salida del orden sería reprimida. Les hizo un discursito sobre la necesidad de comprender el “nuevo Brasil” que él representaba y en el que no se toleraría la falta de respeto a la nación donde ustedes, señores, recalcó, son unos invitados.

Unos días después Luis supo que uno de sus colegas presentes en aquella charla había tenido la mala idea de decirle al oficial que en el extranjero no se veía muy bien que el nuevo Presidente fuese un antiguo oficial y alguien cuyas ideas estaban en la extrema derecha. E insinuó algo sobre la dictadura que había vivido Brasil de 1964 a 1985. A la mañana siguiente, una secretaria le hizo saber por teléfono que se le anulaba inmediatamente la acreditación como corresponsal y que ya no era persona grata en el país.

No le gustaba un carajo el ambiente que se respiraba en Brasilia. Sus amigos más íntimos con los que se organizaba comidas y cenas constantemente estaban disgustados y aquellas charlas después de haberse tomado unas botellitas de vino decaían rápidamente.

Paseando por Brasilia le pareció que nunca los templos de los cristianos evangélicos habían lucido tan prósperos. Los más modestos habían sufrido un lavado de cara. Alguien le informó, pero serían habladurías, que aquella Iglesia Evangélica había echado toda la carne en el asador para que la elección del Presidente fuese más cómoda.

Entro en uno de los templos y asistió al mismo espectáculo de siempre. Fieles que pedían cosas que no pensaban poder tener jamás: un auto de buena cilindrada, una casa, felicidad en el hogar, que el marido fuese menos borracho. Los pastores empleaban sus manos para invocar a Jesús que nunca debió estar tan ocupado como en aquellos días. Bueno, también las utilizaban para recoger regularmente el diezmo obligatorio de los fieles.

En uno de sus restaurantes favoritos, Carpe Diem, los colegas de la prensa extranjera que acudían regularmente no parecían muy elocuentes. Él recordaba sus discusiones enajenantes cuando apostaban a que Lula jamás sería presidente. Hasta que el desahuciado venció al que parecía una roca, Fernando Henrique Cardoso.

En su época, unos años antes y durante los dos mandatos de Cardoso, Luis se había acostumbrado a las bromas que se gastaban en los pasillos de la Cámara, donde los diputados no eran los últimos en hacer apuestas para las próximas elecciones en las que por primera vez se presentaría un representante popular del partido de las izquierdas brasileñas, el Partido dos Trabalhadores. Nadie le daba una posibilidad al pobre Lula. Es cierto que los tiempos de la dictadura habían quedado lejos, que los representantes de las grandes fortunas seguían dominando la política nacional de arriba abajo. Otros, menos afortunados, parecían preguntarse de vez en cuando si ese Jesús a los que los pobres mimaban tantos no iba a ayudarles también en las urnas.

El Presidente-Capitán se mostraba de lo más discreto. Iba regularmente a los oficios de su templo evangélico, pasando por la catedral, adonde aparentemente nunca había entrado. Los apóstoles de bronce seguían haciendo guardia en la puerta del extraño edificio como pensando que a lo mejor al nuevo presidente le daba por aparecer y entonces habría que presentarle armas.

Cuando pasaba, Luis miraba perplejo el monumento dedicado a l presidente Juscelino Kubitschek, inventor de Brasilia. Ningún militar de los que ahora mandaban se había dado cuenta por lo visto de que encima de la cabeza de la propia imagen de Kubitschek aparece un símbolo que tanto recuerda a la hoz y al martillo de los comunistas.

Brasil siempre había sido un extraño país pero todo el mundo sabía que el arquitecto de Brasilia, Oscar Niemeyer, al que le secundó Luis Costa para el urbanismo, era comunista de pura cepa, y nunca lo ocultó. Hasta construyó la sede del Pc de Francia, que entonces era el paraíso faro del comunismo europeo.

¿Qué se les ocurriría a los del nuevo régimen para ventilar un poco la imagen de Brasilia, impregnada en toda su extensión del preciosismo de un comunista artista, que no era lo mismo que un artista comunista?

Finalmente, se decía Luis, la llegada del nuevo Presidente que no ve más que por los ojos del orden y el respeto del orden, que sí que hacían falta, reconoció, no es más que un giro en la rueda de la vida.

Brasil se hartó de legalidad cuando en 1964 los militares se salieron de los cuarteles para echar abajo al presidente Joao Goulart, que tenía una mijita de causa social en los dedos y podía haber sido sospechoso de ser izquierdista. Al lado de un militar brasileño, cualquier cosa era comunistas.

Lula, el último de la fila, consiguió ser elegido presidente cuando ningún apostador serio daba un real por él. Y no había más rojo que Lula, aunque le gustaba vestir discreto con trajes baratos de colorido burgués, pero como tenía un trozo de dedo de menos perdido en un torno la gente de bien sabía que no era de su clase.

Estuvo de presidente de 2003 a 2011. Ocho años de gobierno de izquierdas, más comunista que otra cosa, queriendo ayudar a los más pobres, una locura que le ha llevado a una cárcel por orden de un juez, ¿para qué decir nombres?, que ahora es ministro de Justicia. Dios recompensa a los buenos y de noble corazón. Era lógico que las fuerzas del bien más extremistas pusieran final a tanto desorden.

Cuando Luis tomó un vuelo de Air-France Brasilia-París con su esposa –se habían casado entretanto y su hija la de los pelos afro, suspiró tranquilo. Y recordó aquel dicho: “A Brasilia no se viene, a Brasilia se es llamado”. ¿El nuevo presidente lo sabría?