El musgo fresco de la sin tierra

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Mi generación, la de los años sesenta, pertenecía sin duda pero también sin razón al perfume Chanel 5, que Marilyn Monroe popularizaría diciendo, en una mentira publicitaria más, que su pijama preferido eran tres gotas de ese elixir. Eran tiempos de mitos y recovecos de virtud en los que hubiese cabido muy bien el Ulises perdido en los mares durante veinte años, el marido fidelísimo o completamente granuja que nos hizo creer lo que quería. Él prefería seguramente el olor de las algas salvo en los momentos en que brujas y encantadoras de serpientes se lo quisieron apropiar para siempre.

Sabemos que a partir del nacimiento de la humanidad, la falta de higiene era restallada con perfumes de todo tipo, que imprimían personalidades diversas pero fuera de razón.

En algunas cortes, como la de Isabel de España o los Luises de Francia todavía el uso del baño no era de lo más frecuente, aunque era tradicional que los reyes y las reinas se asearan al levantarse delante de unos cuantos cortesanos de sus más allegados.

¿Vinieron los perfumes de Oriente como dice la leyenda, o de China o fue Marco Polo quien los descubrió en uno de sus viajes? Vivir sin olores es imposible. Hay perros policías porque la droga pero también el dinero tienen un olor que los perros adiestrados reconocen.

Oler un fajo de billetes nuevos es uno de los ejercicios más gratificantes. Y hay gente que huele a dinero, a riqueza. El poder huele que apesta. Las mujeres bellas y poderosas exhalan un olor que no sale de ningún perfumista. Aunque se cubrieran de todos los perfumes a la moda, ellas tienen una identificación olfativa que solo los muy entrenados perciben.

Las hembras sobre todo exhalan olores particulares en momentos de caza, de agitación hormonal o simplemente cuando están al acecho. Ningún perfume puede comparársele. Es la llamada de la jungla, el perfume de la Eva del Paraiso perdido cuyo olor ya debía ser fuerte, poderoso, sin réplica, para que Adán, el mustio Adán, accediera a pecar cuando Dios se lo había prohibido terminantemente.

Todos y todas tenemos aventuras olfativas. La más extraordinaria la viví hace ya unos años, tengo la fecha grabada en algún sitio, cuando los desesperados campesinos sin tierras brasileños desfilaban a miles por las calles-autopistas de Brasilia, donde un santo dijo que allí habría siempre miel, en una parábola de riqueza.

Los campesinos que desfilaban por el centro (era el año de gracia de 1997), callados, sin más ruido que el chirriar de sus chanclas de goma, que muchos años después, muchos, oí como una sinfonía deliciosa en el baño de un cuarto de hotel de una ciudad perdida en el sur de América.

Pero frente a la catedral de Brasilia, en aquel día plomizo en que los campesinos sin tierras, sin armas y a veces sin almas recorrían todos los rincones del lujo futurista de una ciudad que no habla, una muchacha que venía con los manifestantes me abordó. Yo era después de todo un periodista extranjero, identificable fácilmente, al que podía ganar para su causa.

Ella y sus compadres llevaban días andando por etapas que permitía el sol abrasador, estaban medio deshidratados, seguramente borrachos de cansancio, pero seguían en pie.

Debía medir un metro setenta, con formas como las brasileñas suelen tener cuando son exquisitas, y un rostro quemado a fuego por el viento y el aire del nordeste, esa parte de Brasil donde el calor mata hasta el ganado y donde la vida es la penitencia más dura que Dios hace cumplir a los brasileños por haberles dado la tierra más bonita del mundo.

Vestía la muchacha una falda corta, indecentemente corta de la que salían unas piernas robustas pero bien torneadas que ni el mejor maquillador de estrellas hubiese podido conseguir. El busto era altivo, con unos pechos erectos y orgullosos. La cara, pese al sol que quería borrarlo, era el de una virgen nordestina.

Se avanzó hacia mí con una sonrisa y unos cuantos folletos en las manos y sus ojos, del color verde de unas esmeraldas que me habían enseñado en Minas Gerais, país de piedras preciosas, te fijaban con simpatía. Como si ella valorase que tú también estuvieses cociéndote al sol por la causa que ellos defendían.

Quedamos frente a frente separados por el capot del Volkswagen Quantum en el que yo me refugiaba a ratos. Pensé, mi cerebro empezaba a estar a punto de cocido –mis colegas habían buscado observatorios más cómodos—en Claudia Cardinale en aquella película de Sergio Leone, cuando el italiano le corta el rostro a la altura de los ojos, unos ojos que expresaban tantas emociones…

La campesina se avanzó para estrecharme la mano y agradecerme con una sonrisa de la que se escaparon dientes que solo se ven allá en el norte donde las vacas mueren patas arribas como las filmaba Nelson Pereira dos Santos, padre del cinema novo brasileño, para significar la magnificencia de un país tan singular.

Hablamos ella y yo más de veinte minutos, aunque de nuestros labios no salió durante ese tiempo, largo, larguísimo cuando el sol te cae en picado que ni Cecil B. de Miller, ni un sonido.

Comunicaban nuestros ojos, los de ella protegidos por un sombrero de cuero y los míos por una ridícula visera de gorra.

Y de pronto, en un momento en que el espíritu del indio del lago Paranoá, el que lloró tanto la traición de su prometida que sus lágrimas horadaron en Brasilia el lago Paranoá, nos mandó una mijita de viento, milagrosamente casi fresco, la olí toda entera, como si me hubiese metido en su cuerpo o ella en el mío. Olía a musgo fresco en aquella caldera del diablo.

Al poco rato seguíamos mirándonos, quizá oliéndonos, pero sin hablar, y unos compañeros de la campesina se la llevaron. Su última sonrisa, como en un travelling maldito, me supo a beso. Beso de musgo fresco, en aquel infierno sin piedad y sin dioses.