Un ron para dos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Pretendía que había sido después de aquella tormenta que inundó la terraza del Café Esperanza cuando sintió que se le acababan los cartuchos. Volvió a pedir otro más cargado y esperó a que el sol saliera, cuando él sabía que allí no salía el sol nunca. Cogió el bloc que siempre le acompañaba y empezó a querer escribir. Garabatos, garabatos, frases sin sentido. Cari le miraba desde lo alto de sus pestañas que parecían abanicos de feria. Le miraba muy seria con una lucecita en las pupilas. Le preguntó si le pasaba algo. Él negó con una sonrisa de las que de vez en cuando solo ella le arrancaba una.

Se le había acercado con todo el cariño que siempre sacaba para él, para él únicamente. Ya hacía unos meses que suspiraban juntos, que despertaban juntos y que ella salía corriendo del piso pequeño, antes de que el Café abriera. Pensó en decirle sus miedos. Ella sabía que algún día sería así. Él se lo había recalcado cuando ella le dijo que sin él no podría vivir. Aquella tarde, en la arena de la playa, a ocho mil kilómetros de allí según se quiere bogar hacia el Infinito, su pelo negro acaracolado se puso serio. “Soy demasiado mayor para ti. Eso no tiene más que un camino corto”. Pero fue inútil. Cari le dijo todo lo que una mujer es capaz de decir a un hombre cuando quiere que la quieran, cuando quiere que la dejen querer sin más regla que la del segundo después de ahora.

Durante estos meses había intentado lo que él no quería, ese hijo que para ella hubiese sido como un regalo de Navidad en pleno mes de agosto en aquella isla africana donde vivir y morir no era más que una cuestión de voluntad. El cartero se acercaba por la acera inundada de sombra fresca. Le tendió un sobre blanco con membrete de una editorial con la mejor de sus sonrisas. “Ya ha llegado”, le comentó.

Ella quiso saber pero él tenía la cabeza muy lejos, a miles de kilómetros hacia el sudeste o algo parecido. Hacía solo cinco meses que había vuelto de La Habana, justo antes de que decidiesen compartir aquel pisito que siempre había sido de soltero.

Jack Lemmon en blanco y negro, Shirley MacLaine en blanco y negro y ellos en color. Habían adorado aquella película que veían por décima vez en aquel cine de la calle N de La Habana, donde se habían conocido un día de diciembre del año Vaya a saber Usted.

Cari estaba allí en el Festival de Cine por la voluntad de una amiga productora que había querido presentarla a un productor mexicano. Tenía fe en ella, una fe ciega y creía que sería una enorme actriz. Durante aquella semana parecía que a su alrededor habían tejido planes para un rodaje en Oaxaca, en ese México que ella siempre había querido conocer.

Y una noche, en una mesa de los jardines del Hotel Nacional que daban al Malecón, se conocieron. Se encontraron entre la docena de bocas que gesticulaban con sonrisas y palabras en tres lenguas. Ella decía que era normal, porque sabía que estaba esperándole.

Fueron días de rosas y sedas en la suite que un amigo cubano le había prestado por el tiempo que quisiera a cambio de una serie de favores en París y Madrid.

Parecían haber sido hechos a medida el uno para el otro, no cesaba de repetir ella con su acento del otro lado de los Pirineos. Él sonreía porque es difícil decirle no al destino. Le pidió que abriese por fin la carta. Y como su sonrisa era una orden que él aceptaba siempre, volvió a mirar el sobre y lo abrió.Unas cuidadas palabras para decir que la los cuentos no podían formar parte del plan editorial en curso. Vamos, que no lo querían ni para limpiar el café derramado.En realidad, lo que ella esperaba era una carta de unos laboratorios de París, a los que había enviado unas muestras obtenidas Dios sabe cómo.

Creía que era el momento de volver a hablarle de la niña que ella quería le legase cuando se marchase.

–No sé si te acuerdas de la Condesita de Hemingway. Está en uno de sus últimos libros. En realidad era probablemente el escritor el protagonista pero puso como valedor a un tal Coronel Carthtray, que volvía de las guerras europeas muy disminuido. La niña y el viejo se encontraron, como nosotros dos, pero él comprendió que aquello era una locura. Y se murió para no crear más complicaciones.

–¿Estás diciéndome que piensas morirte?

–No, pero lo nuestro es una locura. Entre nosotros hay casi cuarenta años de distancia. Hija mía, hay que estar loco para enamorarse de un hombre como yo. No tengo dinero, no soy lo que se llama guapo, guapo, aunque sí se me reconoce una cierta simpatía, y ni siquiera estoy en buena salud. Seguramente el coronel de Hemingway estaba más sano que yo.

–Y a mí todo eso me importa un rábano. Tengo treinta años, soy profesora de una facultad norteamericana donde me pagan un buen sueldo –incluso tengo unos ahorrillos—y un día seré escritora. Y quiero tener una hija. Y resulta que el único hombre que reúne todos los requisitos que tenga el futuro padre eres tú. ¿No comprendes que es como si te hubiese tocado la lotería, salvo que tú no sabías que llevabas un billete. Quiero que me ayudes a tener una hija, nada de niños, que en general son tontos. Se llamara Corrinne, es un nombre que leí hace unos meses en una novela francesa, y llevará también tu apellido. Porque antes de que te mueras, puesto que te empeñas en hacerlo no sé para qué te iba a disuadir, nos casaremos. Una niña siempre tiene que tener un padre y una madre. Y no me digas que no. Aquella noche y la otra que siguió bebieron mucho y también hicieron el amor bastante. Cari reconocía la diferencia de edad, los kilómetros de vida que los separaban, como decía ella. Y pasó el tiempo, como pasan en las películas, con claroscuros, alguna lluvia y ese calor que él siempre había agradecido.

A la mañana siguiente a la vuelta de unos meses, después de que un discreto camarero pusiera en la arena todo lo que se necesitaba para el almuerzo, él apareció con una carta en la mano. Cari acababa de sacar otra de la cesta de la comida.

–Mira, hija, el cartero siempre llama dos veces, cuando en realidad no debería llamar nunca. Pero me ha llegado la carta del hospital de París. No te alarmes, no son malas noticias: Mi cardiopatía parece que está bastante a gusto pero no evoluciona hacia la catástrofe. Dicen que cuidándome y no bebiendo –echó un trago de la copa de güisqui que raramente se separaba de él—puedo vivir unos años, no saben si tres o cuatro.

Cari se esperaba a algo peor. Sonrió porque sabía que los dioses les regalaban tiempo, que era lo único que ella deseaba en aquel momento.

–El cartero también se pasó anoche por casa. Ese no llama dos veces pero me trae las cartas cuando las recibes, y ayer eran las diez y media de la noche. Cosas de la isla. Aunque no lo sabes, porque naturalmente no te lo he dicho para no asustarte, estoy embarazada de tres meses… No, no, no grites. Los médicos de París han barajado toda la documentación que tenían y han concluido que será una preciosa niña. Bueno, no me han dicho que será bonita, pero como tú no eres un monstruo…

Ya he tomado cita con el cura de la parroquia y nos casaremos el lunes. Una niña de una familia decente tiene que tener un padre y una madre. Y Corrinne será una niña decente. El hombre que no se moriría antes de tres años por prescripción facultativa entendió por fin que había tenido más suerte que Hemingway y que su coronel.