Las manos de Sebastián

Victoria Páez | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El se reía, entre divertido y abochornado; a fin de cuentas, tenía, delante de tres mil quinientas personas, a una dama entrada en años, besándole las manos.Sebastián no se dedicaba a aquello; pertenecía al funcionariado estatal, y por su pequeño sueldo, cogía “ trabajillos” extras. Pero aquello…aquello no se lo había imaginado nunca : la tenía de rodillas, en medio del escenario de aquella plaza de toros, cuando aún no se había marchado el publico….y ¿ por qué?…por haber empujado un espejo… pero según ella, aquello no era un cristal cualquiera, aquello era el reflejo de todos nosotros, era el reflejo de EL.

 

¿ Quién era ÉL?: ¡ qué más daba!

El era aquel que hacía que ella, aquella morena de ojos grandes, resuelta, simpática, con carácter e impronta, capaz de manejar a un pueblo de doscientos mil habitantes, se transformara en una sombra de si misma, vistiéndose de gala, comprando docenas de rosas amarillas y se quedara sin voz, en medio de un sudor frío.

Toda aquella bellísima aventura entre los dos, había comenzado meses atrás. Ella accedió en dar clases en la materia que mejor sabía; lo que él no se imaginaba es que una tarde se apresuraría mas que las demás, porque su maletero iba cargado de flores amarillas para encontrase con él.

A Sebastián le resultó divertida la historia, aunque él no estaba para bromas, su mujer perdía la vida en un rincón, mientras peleaba en llegar a la boda de su hija mayor, sin grandes  resultados.

Se marchó a vivir su dolor con una sonrisa en los labios, la de un maletero lleno de rosas amarillas, que había trastornado su perspectiva de aquella mujer; aquella misma, que, días después miraría cara a cara a la de La guadaña y le echaría un pulso, porque aquella madre, la única esposa de Sebastián, merecía ver a su hija casar en la más bella Iglesia de aquel pueblo.

Le debía un favor….. nooo…. Le debía estar vivo, y lo sabía ahora que ya habían pasado los años y tenía dos nietos. La ocasión era la ideal, ambos se conocían bien, había sido muchísimo dolor compartido, la vida había girado así.

Era una mujer agradecida y, a sus años, falta de todo, él era “Caballero de la Orden de Malta, de los que aún retiraban la silla a una dama y la ayudaban a quitarse y colgar el abrigo…eso…sólo el abrigo.. aunque se murieran por algo más.

Pero no, eligió el camino difícil y, esperó, al mayor de los contrincantes, lo esperó a EL.

La alertó meses antes: “ Va a estar conmigo, y, yo, quiero que estés con ÉL. Tendrás tiempo, el que los dos queráis, de lo que pase allí nadie más sabrá. Yo me encargaré de eso. Después, recuerda invitarme a una cerveza.”

Desfigurada y nerviosa entró al camerino preparado por una compañía de espectáculos conocida en el país. Solos los dos, las manzanilla y las rosas amarillas:

  • Mi niña ¿ esto siempre por qué?
  • Dios las hizo para ti
  • Mi niña, Dios no hizo nada para mi, no te lo creas
  • Yo sólo creo en ti desde el primer día que te vi. Creo en ti, desde que aquel día pusiste la mano en mi cintura, creo en ti…
  • Mi niña, no digas más… – y puso un dedo en sus labios mientras depositaba un beso en su mejilla – Eres diferente a tantas como conocí, no me dejes, gracias por tus años, gracias por quererme y gracias por tu tesis – y la besó en los labios con una caricia infinita.

Salió de allí a buscar a Sebastián, acalorada, roja, muda…se ubicó en su sitio… y esperó el redoble de la orquesta.

Aparcó el camerino y lo disfrutó, como hacía siempre que lo tenía cerca. Mientras, Sebastián, la miraba entre bambalinas, con ojos brillantes, llenos de lagrimas, agradecidos por lo que ella regaló y por el deseo que se lo comía al verla sin trampa ni cartón, desnuda de alma, que no de cuerpo.

La noche terminó… Él salió, como de costumbre, en su coche escoltado. Por una vez, en muchísimos años, ella no estaba en la puerta de artistas. Estaba en el parking, al lado del coche de Sebastián:

  • Quiero darte las gracias
  • ¡ Qué loca! ¡ Me has puesto colorado!, tanta gente viéndote besar mis manos
  • Empujaste el espejo. Eso es sólo asunto de privilegiados.
  • No sabia que eras así
  • Todos los días se descubre algo
  • ¿ Dónde va EL ahora?¿A su hotel?¿ Sólo?
  • Si mi princesa. Pero hoy, ha dado instrucciones de que suban cena para dos y refrescos, EL no bebe. Te espera. Yo te llevo si quieres.
  • ¿ Me llevas a casa?
  • ¡No¡ ¡Te llevo con EL y con tus rosas!
  • Sebastián yo me quedo aquí, contigo.
  • ¡Llevas toda tu vida esperándolo chiquilla!
  • Pero… me di cuenta que prefiero a la Orden de Malta… ¿ es demasiado tarde para que me quites el abrigo?
  • No mi reina, Malta es tuya y los trozos del espejo que llevo encima también.

— Todos y cada uno de los protagonistas de esta cuento son reales, siguen vivos, y participaron en una gran historia de amor.

Gracias Sebastián, se , de buena tinta, que eres feliz.