Esas casas malas de una curva famosa

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El oficio de periodista tiene sus momentos buenos y malos, como todo. Pero en compensación por los momentos intensos, a veces agotadores, estresantes que se vive para dar una noticia o seguirla, existen los “maroniers” para los franceses, los “pesebres” para los españoles o los “chivos” para los argentinos. Son sobre todo, los viajes. Aunque muchas veces lo que parece un premio destinado a sacar la cabeza de abajo del agua, se transforma en un infierno si no fue bien organizado, si surgieron imprevistos, o si la noticia que se buscaba tan lejos de la redacción resulta un chasco. El paraíso no existe en el mundo periodístico. Hay colegas que viajan mucho, sobre todo los dedicados a economía y empresa. Exageradamente, pero dejémoslo ahí. Los currantes de a pie, teníamos los viajes como respiro.

Particularmente recuerdo dos, que me marcaron en muy distintas épocas y por motivos muy diferentes. Y los dos, accidentados, sin heridos ni magulladuras, pero accidentados.

Uno fue uno de mis primeros “chivos”. Acompañé una pequeña gira (con unos grandísimos periodistas) hacia la provincia argentina de La Rioja. Tenía uno de mis primos al frente del gabinete de la gobernación y en una de esas reuniones familiares surgió la idea. En ese entonces estaba acreditado (castigado para el diario por una cobertura del secuestro del ex presidente argentino Aramburu que al parecer no cubrimos como querían los intereses del diario con mi colega y amigo Diego Mujica Alvear, hijo del gran Manucho Mujica Laínez). En el Ministerio de Obras públicas donde sufría el castigo junto a otras ovejas negras, entre las cuales el gran Gregorio Selser, descubridor para el mundo de Sandino, orquestamos esta gira a la paupérrima La Rioja, que había puesto en marcha una serie de acueductos y purificadoras en ese norte argentino siempre castigado por la falta de agua.

Allí partimos, la mayoría en avión y dos rezagados que lo hicieron en el coche de uno de ellos. Un portento de coche que en una noche debía recorrer por lo menos 1.500 kms… calculo. A la altura de Córdoba, se salío de la carretera y adiós maquinaria. Fueron rescatados y llegaron igual a tiempo a destino.

Estábamos alojados en el mejor hotel local. Pero carecía de las comodidades que siempre exige el periodista en viaje. Ahora con los portátiles es otra cosa, pero las manías de antes permitían quejarse siempre de falta de todo o de algo. Quiso el sentido de curiosidad característico de estas tropas que ya la primera noche conociéramos el mejor prostíbulo de la provincia o EL prostíbulo. Por ley , esa provincia tenía que tener prostíbulos porque los destacamentos militares así lo exigían para la soldadesca. Cosas hoy impensables. La noche fue muy divertida para todos e higiénica para varios. Yo era el menor , con 23 años, pero había algunos de disfrutaron estar “de Rodríguez” aunque sea unas horas o días.

Era colorido, ameno, y sobre todo, muy bien refrescado con poderoso aire acondicionado del que no gozaba ni siquiera el gran hotel. En la ciudad lo llamaban “la casa mala de la Curva de Vargas”. De mala, nada. Nos atendieron como a reyes. Marita, la madama, dio orden a las chicas que tratamiento que hoy llamaríamos VIP.  Las chicas, de noche, trabajaban mucho en lo suyo, por lo que nosotros no las visitábamos a esas horas. Disfrutabamos del burdel de día, con aire acondicionado, bebidas, atención esmerada por hermosas criaturas –desde traerte bebidas frescas a tu mesa de trabajo con la Olivetti portátil—hasta favores amorosos a la hora de la siesta, imprescindible en una zona de tanto calor mercurial como humano. Algún posible entrevistado se llegó a ofender con uno de los nuestros al éste proponerle la entrevista en lo de Marita. “Entonces proponga usted un sitio con buen aire acondicionado (había muy pocos sitios) y bien atendido”, respondió el audaz reportero. “No sé qué se horroriza, nos confió Marita al comentarle la respuesta, si se pasa por aquí al menos dos o tres veces al mes”…. “Como muchos otros”, añadió. “Estoy segura que aquí se han planteado muchos temas que se resolvieron allí arriba, donde los mandamases”, recuerdo que añadió Marita y que tal cual fue publicado días después en un semanario argentino de gran tiraje.

Llegó el día en que teníamos la entrevista con el gobernador , en su suntuoso despacho. Ibamos con el interés puesto en el agua, motivo del viaje, claro, pero también con otras preocupaciones y algún mensaje de Marita al gobernador, que había decidido cerrar los prostíbulos ya que la soldadesca había sido trasladada a otra provincia por “razones de logística”.

El gobernador fue muy amable y servicial. Fue una entrevista deliciosa, porque ese tal Iribarne era buen conversador, abierto y de esos políticos como pudo ser mi abuelo: firme en sus convicciones, honesto en sus decisiones.

Finalizada la entrevista “formal”, por decirlo de alguna manera, el más inquieto de la tropa periodística pidió permiso al gobernador para hacerle una pregunta “de carácter mundano”. ¿qué va a pasar con los prostíbulos, señor gobernador?”.  Respuesta: “Ya está, la Marita le ha lavado el cerebro. Ya veo por dónde han estado ustedes. Ya le expliqué a la Marita, en su propia casa, que no había nada que hacer. Que la decisión estaba tomada, por el ejército de mudarse y por él de suprimir las casas malas”. Fin de la cita y de la entrevista. Con un gobernador que abandonó la sala mascullando, “esta Marita, cuando me la cruce”…

Por supuesto la noticia que prevaleció en la mayoría de los reportajes publicados, incluso el mío, no esquivó la espinosa cuestión de las casas mal de la Curva de Vargas…. Aunque sin olvidar la revolución del agua que se acercaba….

El otro viaje que perdura en mi recuerdo es , una vez en Europa y no hace mucho, a una destilería de whisky en la minúscula isla de Jura. Algún día la contaré. Vale la pena y el whisky de Jura también.