El Gobierno brasileño contra los Campesinos sin tierras

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El nuevo gobierno del Presidente Jair Bolsonaro parece dispuesto a luchar contra el “crimen organizado en Brasil”, lo que merecería los aplausos de todo el mundo sino fuera porque tal vez aproveche la ocasión para liquidar al Movimiento de los campesinos sin tierras (MST), organización de izquierdas dura y pura que ha sido la pesadilla de casi todos los gobiernos en Brasil desde los años setenta del siglo pasado. Lo malo es esta insólita pregunta que ha hecho a sus lectores nada más llegar al poder: “¿Está usted a favor o en contra de criminalizar al Movimiento de Trabajadores sin tierras, al Movimiento de Trabajadores sin techo y otros movimientos llamados sociales que invaden propiedades?”

Donald Trump no lo hubiera hecho más y mejor. El MST no es en sí un movimiento de masas que parezca capaz de derrocar a un gobierno. Se calcula que tiene un millón y medio de adherentes y Brasil cuenta con más de doscientos millones de habitantes.

Está presente en 23 de los 27 estados de Brasil con un objetivo muy simple: conseguir tierras para labrarlas y vivir de ellas. Pero como ningún gobierno ha tomado en serio el problema de la reforma agraria, los campesinos sin tierras suelen ocupar terrenos que no les pertenece y vivir el tiempo que sea de lo que producen. Porque en Brasil las tierras, las mejores sobre todo, pertenecen a los muy ricos y no las quieren ceder y menos someterse a una reforma agraria.

Desde su fundación 1.722 de los militantes del MST pagaron con la muerte por haberse metido donde debían y haber querido lo que creían en conciencia que era de ellos.  Sin embargo, la acción más fuerte, más extraordinaria desde su creación en 1970, que tuvo repercusión en el mundo entero por el pacifismo de que dieron pruebas, fue la concentración en 1997 en Brasilia, capital del país, adonde acudieron en masa, unos 100.000, las cifras variaban mucho, para demostrar que no solo tenían hambre de justicia sino que les hacían faltas tierras. Otros hablaban solo de 30.000 campesinos.

Aunque les teme, ningún gobierno les ha tomado suficientemente en serio, aunque saben que podrían ser una fuerza de choque en cualquier conflicto. Y pertenecen a los movimientos de izquierdas, están muy cercas del Partido dos Trabalhadores de Lula, lo que sin duda ha llevado al nuevo Presidente a querer deshacerse de ellos.

En 1997, cuando se preparaba la concentración de la capital federal, tuvimos la ocasión, mi hijo Toni, fotógrafo y yo, de visitar un campamento de los sin tierra, que siempre se encuentran en sitios prácticamente inaccesibles o en todo caso donde las fuerzas del orden tendrían mil dificultades para llegar.

Para acceder a ese campamento escondido en lo alto de las montañas de Goias, tuvimos que transitar en coche por caminos que ni las cabras hubiesen elegido.

Solo ellos eran capaces de tamaña hazaña aunque pocos creían en la leyenda de independencia y pan para todos que ellos mismos se habían creado. Los que más creían eran, por supuesto, todos los hombres, mujeres y niños que habían ocupado aquellas tierras y plantaban maíz. Estaban convencidos, como el resto de los brasileños, que Jesucristo vendría cualquier día para vengarlos.

Debajo de una tienda de campaña de plástico negro como la de los manifestantes, una mujer guisaba con un niño agarrado a su cintura. Ni uno ni otro pronunciaban palabra. A los ecologistas les hubiese encantado seguramente aquel lugar idílico desde donde casi se podía tocar el cielo. Lo malo es que cuando uno se metía en los maizales siempre podía acechar una serpiente, cualquier serpiente de aquella sabana, y lo que en otro lugar del mundo, a sólo doscientos kilómetros del asentamento, no hubiese pasado de un susto, podía convertirse en tragedia antes de decirlo.

En el campamento los niños corrían por la tierra rojiza. Otros, más mayores, formaban círculo alrededor de un instructor político, delante de un árbol frondoso de cuyas ramas colgaba una bandera roja y la efigie del Che.

Quizá era ya también demasiado tarde para la revolución que todos los que estaban allí tenían en la cabeza.Abajo, en la civilización, a estos hombres y mujeres que se perdían por las montañas en busca de la dignidad que da la comida, por escasa que fuese, les comparaban con los camboyanos rojos de triste memoria (aquellos locos que en 1975 organizaron la mayor matanza jamás contada en Camboya), aquellos que en uno de los lugares más bellos del mundo habían perpetrado una de las matanzas más sonadas de la historia.

Los campesinos brasileños eran gente pacífica pero determinada. El instructor que adoctrinaba a los chiquillos debía tener veinte o pocos más años. Se sonrió cuando le hablé de la referencia a los camboyanos rojos. No podía decírmelo porque al día siguiente yo lo hubiese proclamado a los cuatro vientos, pero su sueño secreto, era “tomar Brasilia”, el centro de decisión de Brasil.

Y es seguro que más de un político ha pensado en qué pasaría si la mugre de la tierra, fuerte de millón y medio de personas, se dejara caer por la capital federal para exigir con la fuerza de las armas.

Son tanto más peligrosos que ya durante la concentración pacifista de Brasilia hubo cientos, quizá miles de personas que se les acercaron para integrarse en el movimiento. Algunos procedían de asociaciones vecinales sin casa, otros de cualquier movimiento de protesta.

El capitán Presidente de Brasil sabe que esta gente tiene fuerza, sin contar con el jaleo que podrían provocar con sus acciones en el mundo entero, donde las asociaciones de derechos humanos les harían caso.

El capitán Presidente de Brasil tiene mucho trabajo por medio si de verdad decide liquidar a los bandidos que en las grandes ciudades dejan todos los fines de semana saldos de muerto y heridos de película de gangsters.

Liquidar a toda la escoria de las favelas, todos los traficantes que pululan por toda parte, limpiar un poco en casa, en la propia policía militar, sumamente eficaz, le va a llevar mucho tiempo.

Pero, por una razón u otra, o porque considera que sería un acto político que sus partidarios de extrema derecha considerarían con buenos ojos, la liquidación del Movimiento de los sin tierras está al parecer al orden del día. Nunca ningún gobierno democrático había pensado en tamaña chacina.

De nuestra visita al campamento del MST hace diecisiete años. El instructor que hablaba de Che Guevara tendrá ya la edad de la razón. Me pregunto si de allí donde se encuentra sigue mirando por las noches las luces de Brasilia con una sonrisa.