Brasil: Fusiles en nombre de Dios

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal JR.

Nunca creí que un día lamentaría haberme reído por una payasada en una televisión. Nunca pensé que las cosas pudiesen ser así. O nunca quise ver que los extremos son peligrosos y que aquella TV que tanto me divertía podía ayudar a llevar al poder en Brasil a un diputado de extrema derecha. Jair Bolsonaro, que presume de haber sido o ser capitán y estar dispuesto a emplear los más extremosos métodos para acabar con la violencia y todo lo que le de la gana. Me reía en el Brasil a punto de llegar al año 2000 sin que ningún periodista, politólogo o mago pudiese adivinar entonces que en apenas veinte años Brasil podría encontrarse con la bota de los militares a punto de aplastarles nuevamente. Por el momento, los brasileños que no han votado al capitán tienen miedo y piensan y recuerdan, los más viejos, la terrible dictadura militar hecha de horror y desesperanza que vivió el país entre 1964 y 1985, veintiún años de terror.

Brasil no suturó todavía esas heridas, cuando los consejeros militares norteamericanos echaban una mano a los torturadores locales. Pero los brasileños es gente amante de la vida y apenas lo menciona. Durante los tres años que viví con ellos, a veces en estrecha comunión, raras veces hablaban de aquel período negro en el más bello país del mundo. Incluso conocí a un piloto militar de helicóptero que supongo ahora tendrá una carrera asegurada. También me codeé con un almirante retirado que quizá a estas horas esté de uniforme. Pero había pocos militares en Brasilia.

La televisión es un monstruo con el que hay que convivir en Brasil, donde lo cubre todo, desde informativos a emisiones de variedades. Como en cualquier país, me dirán ustedes. Pues no porque los brasileños tienen una especialidad, la de las telenovelas, el fenómeno más grandioso del mundo que reúne regularmente a las familias todos los días alrededor de historias para gemir y llorar desesperadamente.

La telenovela de las Oito, de Globo, reunía en mis tiempos a todo bicho viviente alrededor del televisor a esa hora, las ocho de la tarde en punto, antes de la cena o durante la cena.

La pobreza que impera en Brasil, el escaso nivel intelectual de una parte de sus más de doscientos millones de habitantes, hace que los cuentos televisivos sean una distracción muy cotizada. Nadie falta a la cita de la telenovela, sea en Globo o en otros canales como Record, muy seguido por los cristianos evangélicos, que son legión en este país. Los mismos que al parecer se apresuraron a votar por el capitán.

Después de la telenovela de las Oito, casi siempre nos metíamos en el entramado de Record para ver las tremebundas emisiones de su personaje principal, Ratinho, que podía sorprenderte todas las noches. A él acudían entonces, estamos en 1997 y el presidente de la República de Brasil es Fernando Henrique Cardoso, elegante sociólogo, todo lo que de monstruoso había.

Una noche era un individuo con unas impresionantes deformidades que no tenía dineros para operarse. Ratinho saltaba a la pista y lo salvaba. Y así día tras día.

Lo que no sabe la mayoría de los telespectadores es que detrás de Ratihno y de Rede Globo se oculta el propietario de la empresa, la gigantesca y millonaria Iglesia Universal del Reino de Dios, una de las más poderosas del mundo cerrado y algo oscuro de los cristianos evangélicos, que forman una fuerza tan grande que según los observadores, el diario francés Le Monde se refería a ello días pasados, ha sido decisiva para que el diputado y capitán de reserva Jair Bolsonaro se haya convertido en Presidente de Brasil.

Estos datos recogidos en un documento oficial son extravagantemente peligrosos: Un total de 42 millones 300 mil brasileños afirmaron ser cristianos evangélicos en 2010, un 61,45 por ciento más que los 26 millones 200 mil existentes en el año 2000. Según revelan datos del censo del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), la cantidad de evangélicos en 2000 representaba el 15,4 por ciento de la población brasileña y los de 2010, ascienden ya al 22,2 por ciento de los habitantes:

Antes tuvo que quitar de en medio al popular Lula, que tras ser dos veces presidente iba a optar por un tercer mandato cuando fue a parar a la cárcel por corrupción y todo lo que quiso el juez Sergio Moro, quien tras la sorpresiva elección del militar será nombrado ministro de Justicia. Es lo que dicen ya los periódicos este viernes.

Y todo parte de una broma de Ratinho y de una telenovela. Brasil es así.

Era tan divertido Ratinho que en mi casa nunca pusimos reparo en seguir sus programas aún a sabiendas de que le dábamos armas a la poderosa Iglesia evangélica que hoy, y según los estudios más fiables, ha sido palanca decisiva para el triunfo de ese antiguo militar, al que se atribuyen propósitos nada confesables y poco de enmienda.

“Frente a los discursos de exterminación del opositor ya pronunciados por Bolsonaro y a los cientos de agresiones físicas perpetradas en su nombre durante la campaña (electoral), no podemos permitirnos esperar diez años para reaccionar”, advierte el diario francés Le Monde en un largo artículo en el que dice que en las circunstancias actuales, se impone la solidaridad internacional con Brasil.

Pese a que Argentina, Chile, Paraguay, México y Colombia han felicitado al capitán, sin olvidar a Estados Unidos que por la voz de Trump ha sido uno de los primeros, la organización de derechos humanos Right Watch ha afirmado: “Bolsonaro es un demagogo que defiende las atrocidades de la dictadura militar brasileña y la tortura y que se pronuncia de una forma abiertamente discriminatoria contra los negros, las mujeres y las minorías sexuales”.

¿Qué sucederá? Se cumplirán los malos augurios. Nadie puede afirmar nada y nadie se atreve a hacer pronósticos. Pero Brasil parece haber entrado en un período en el que en nombre de Dios, aunque sea el de unos aprovechados, los soldados de guardia perpetua en el palacio presidencial de Planalto, que parecen soldaditos de plomo, pueden animarse y unirse para una aventura que recuerde los años de la dictadura.