El fin del mundo en La Habana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

(Primera impresión de La Habana cinematográfica, Diciembre de 1985. Hace 33 años, la edad de Jesús. Y yo lo veía así.)

La última función del cine Chaplin acababa de terminar en un desorbitado baño de sangre con perros no tan rabiosos como los humanos que le hacían embestirse hasta la muerte, en medio de dentelladas asesinas, por unas míseras apuestas. La calle de esta parte de La Habana estaba animadísima en esta noche de invierno tropical con calorcito a la sombra de las farolas. Taxis grandes y pequeños, pero todos paridos por Japón o Corea, esperaban tranquilamente al cliente, posiblemente como muchos años atrás lo hacían los coches de caballos a las puertas de la Opera de París. A los clásicos coches de alquiler se agregaban desde hacía poco una especie de motos con una cúpula casi futurista que parecían medias naranjas a punto de ser exprimidas y que alegraban la circulación algo complicada pese a la escasez de vehículos y a la carestía de la gasolina. Aquellos carricoches habían dado un tono surrealista a la capital del país más surrealista del mundo, el último reducto del marxismo en el Caribe y sus alrededores.

Frente al Chaplin, un supermercado modesto, donde en aquellos tiempos, hace 33 años, cualquier extranjero podía tomarse el clásico “buchito” de café cubano por diez céntimos de peso, en medio de la simpática curiosidad de las dependientas, siempre bonitas y sonrientes, se había transformado en un modernísimo bar que esperaba a los noctámbulos del cine. El querido buchito había sido reemplazado por bebidas más internacionales y de todo tipo a las que podían acompañar bocadillos que cualquier paladar caprichoso pudiese desear, pero ya no se pagaba en pesos sino en dólares. Una de las últimas novedades de la Isla había sido esta introducción abusiva del dólar como moneda oficiosa a la que había que rendir pleitesía si se quería tener acceso a cualquier cosa, desde un café con leche hasta unas latas de almejas importadas de España. A medida que esta dolarización encubierta se había extendido, en los supermercados habían aparecido productos que los cubanos ni imaginar podían con sus cartillas de racionamiento. Las contrapartida había sido esa presencia un poco insólita y abrumadora del signo monetario del país más odiado por los cubanos. Una carrera infernal para conseguir dólares que convertía a la gente en pedigüeños sin causa.

Esta era una de las cosas que más deprimían a Luis desde que con sus cincuenta y cinco años cumplidos había regresado a Cuba como corresponsal de un diario belga. No era, ni mucho menos, la primera vez que viajaba hasta La Habana pero siempre había sido por cortas temporadas. Esta vez ya llevaba dos años como habanero adoptivo porque con los años encima se había convencido de que quizá todavía habría una salida para él en este mundo que siempre le había parecido tan extraño, tal vez la solución a tantas interrogaciones que puntuaban toda su vida estuviesen en un rincón de La Habana, en cualquier parte de Cuba, agazapada con sus misterios pero quien sabe si también con la solución mágica. Deprimido, sin saber qué hacer, sin saber hacia dónde revolverse, había decidido en su fuero interno observar muy de cerca, y antes de que para él o para todos fuese demasiado tarde, esta experiencia que se estaba llevando a cabo desde hacía más de cuarenta años contra todos los vientos y todas las mareas que soplaban día y noche de los Estados Unidos. Fidel Castro no daba señales de querer ceder su cetro desde que hizo volar por el mundo el mito de la Revolución cubana que había enamorado a millones de personas. A estas alturas ya era raro encontrar por la Rampa o en algún rincón del parque Copelia a alguno de aquellos jóvenes que con el entusiasmo de una vida mejor habían venido a Cuba cuando se les dijo que la Revolución los necesitaba. Probablemente bebieron más ron que cortaron caña pero por muy poco que ayudaran con sus manos contribuyeron a asentar el mito de una vida diferente que un barbudo salido de un lugar llamado Sierra Maestra había implantado en el Caribe. A Luis le encantaba imaginarse a más de uno de los turistas que a diario se tropezaba por las calles de la casi restaurada Habana vieja treinta años atrás, con mochila, ilusiones y fe en un mundo distinto, nuevo y más llevadero. El no había vivido aquellos tiempos y conocido sólo lo que de sufrimiento estaba teniendo el parto de tamaño mito. Los tiempos menos duros fueron cuando Cuba le dio con razón la espalda a Estados Unidos para aliarse con el campo socialista y especialmente con la Unión Soviética, con lo cual la austeridad había sido más llevadera. El chorro de rublos desapareció el día en que la URSS se hizo añicos al son de los propagandísticos mazazos que echaban abajo el Muro de Berlín. Incluso recordaba

como la camarera de una cafetería de mala muerte de las que entonces existían en los hoteles le había despreciado el dólar que él le tendía para pagar su “Tropicola” y le invitaba a abonar la consumición con un peso. Eran tiempos que los más jovencitos de los cubanos casi ya no recordaban. Ahora la Coca-Cola en lata reinaba por doquier mientras el dólar creaba una nueva mentalidad. Estaba harto de que voces autorizadas le chillaran que de este modo se había dividido el país en dos partes muy desiguales, la habitada por quienes tenían dólares y la poblada por quienes sin parientes en Miami que le mandasen un puñado de billetes de vez en cuando tenían que arreglárselas como fuera con sus escasas cartillas de racionamiento y sueldos de unos 300 pesos mensuales (a veintiún peso por dólar). Estos últimos se habían convertido en campeones mundiales de la picaresca y gracias a propinas de turistas o la venta de cualquier cosa, sin excluir la prostitución o la mendicidad, conseguían reunir algunos billetes verdes.

El Cadillac verde se acercó cautelosamente hasta el bordillo de la acera donde Luis parecía meditar sobre la película mexicana que acababa de ver y sobre la que al día siguiente mandaría una pequeña crónica para la página de espectáculos de su periódico. El auto era uno de esos milagros tecnológicos que los cubanos habían realizado con una parte del parque móvil que los norteamericanos y los ricachones cubanos abandonaron en La Habana cuando vieron que el barbudo de Sierra Mestra no tenía sobre la propiedad las mismas concepciones que ellos. Un mecánico enamorado de los carros de los años cincuenta y dos carroceros, con la complicidad de algunos amigos que habían podido traerles algunas piezas indispensables desde Miami, habían resucitado una de las joyas rodantes que quizá condujo el mismísimo Frank Sinatra cuando pasaba largos fines de semana en Las Habana. A Luis le había costado mucho dinero, más papeleo y un poco de influencia comprar el andrajoso esperpento que era en su origen el automotor de que un cubano quería desprenderse porque ya no le daba el cuerpo para costear una gasolina que estaba más cara que en Europa. El resultado final era un encanto para los ojos de los viandantes donde la imaginación de los operarios locales, capaces de reeditar la multiplicación de los panes y de los peces, se había desbordado hasta conseguir un Cadillac más bello que el original, cuyos antecedentes se perdían en un garage de la Habana vieja, transformado en museo, donde podía verse gratuitamente el coche norteamericano que conducía el Che Guevara antes de que los bolivianos mandados por la CIA le crucificaran en una sierra perdida del altiplano de Bolivia. Las ruedas del auto quedaron a escasos milímetros de las puntas de los mocasines negros de Luis. Era la broma preferida de Maria, una cubana de ojos verdes profundos y morena, hija de un francés de los que habían venido a cortar caña en el entusiasmo de los tiempos gloriosos y de una mulata de Matanzas que le había ayudado a reponerse liquidando muchas botellas de ron. Del padre nada más sabía desde que, encorajinado por lo que consideró una traición de la Revolución –la devota y unilateral alianza con el comunismo ateo—había decidido regresar a Europa. A la muchacha los recuerdos le fastidiaban y solía decir que cada día trae su buena tanda de vivencias como para no necesitar refugiarse en el desván de los desvaríos de tiempos pasados que siempre fueron mejores, al menos en esa imaginación nuestra enfermiza y llena de barro. Aunque no era nada castrista y criticaba de vez en cuando los “logros marxistas” de una Revolución que en aquellos momentos había convertido cualquier producto alimenticio en una pesadilla para sus compatriotas, reconocía que gracias a esa misma Revolución había llegado a doctorarse en Medicina, actividad de la que se beneficiaban sobre todo sus amigos, a los que atendía como una Madre Teresa cualquiera. Por lo demás, cumplía su “cuota de patriotismo” como decía burlonamente en un dispensario donde tenía una consulta de pediatría. Luis sintió la presencia de María. De reojo, como siempre, la miró mientras ella aparcaba el largo automóvil con una cómica precaución. Sus ojos centelleaban de cachondeo en la noche un poco negra pero bastaba con un vistazo para percatarse de que no era lo único bonito que Dios le había dado. Tenía cara de una virgen del Renacimiento italiano y cuando la vista se perdía más allá de sus pechos repletos y orgullosos de sus veintisiete años daba paso a un cuerpo tan espectacular como el Cadillac.

Luis se había enamorado locamente de ella durante una gastroenteritis provocada por un exceso de ron “con rocas” (hielo) ingurgitado bajo 40 grados a la sombra durante una discusión sin fin con unos amigos que, como él, andaban buscando una solución para el fin de sus existencias. Porque cuando se han pasado los cincuenta años, al menos así lo pensaba él, es el momento de hacerse la pregunta clave: ¿he bajado bien las escaleras de mi vida o voy a tener que volver a subirlas para intentar bajarlas nuevamente? Hacía un año que la había visto por primera vez con una severa bata blanca en la que se trasparentaban sus largas piernas. Unos amigos le habían recomendado que fuera a verla para quitarse la resaca y ella le había atendido con todo cariño, aunque considerando que para una pediatra era casi antirrevolucionario atender a “un niño tan crecidito”. Volvió a contemplarla arrobado, como si fuese la primera vez y recordó su primera noche pasada en la estrecha y modesta camita que la Doctora María utilizaba para sus guardias. Había sido un flechazo a primera vista, rápido y fulminante. Y por mucho que sus amigos quisieron ponerlo en guardia contra las amazonas que la policía secreta solía utilizar para poner trampas a los corresponsales extranjeros, se enamoró como no recordaba haberlo hecho nunca. María era una mujer excepcional, físicamente fuera de serie e intelectualmente poco corriente. Era crítica con todo y con todos, incluso con ella misma. Aunque decía que nunca abandonaría aquellas calles del viejo Vedado, donde los ruinosos hoteles particulares de antaño luchaban por no caerse en pedazos no vacilaba en criticar cuando se encontraba un discurso por oficial que fuese y aunque hubiese salido, ya con menos fuerza y firmeza que cuarenta años atrás, de la misma boca del Comandante. No tenía pelillos en la lengua, lo que en algunas ocasiones le había jugados malas pasadas profesionales y se mostraba igual de mordaz con las crónicas de su novio. Aquella noche estaba deseando verle para darle algunos toques a la que acababa de leer en el periódico belga gracias a Internet.

Mientras aparcaba trató de recordarla con exactitud para rebatirle algunas cosas a Luis, quien temía como a una vara verde aquellas sesiones de crítica e invitación a la autocrítica, porque la muchacha que había mamado en la enseñanza marxista poseía unas disposiciones más que naturales, y en todo caso temibles, para la dialéctica.

Después de aparcar primorosamente, María optó – era ella quien siempre decidía—por ir a cenar a un “paladar” cercano a la quinta avenida. Con el dólar galopando por las calles, los “paladares” habían sido otro de los grandes inventos de la “renovación” social de Fidel Castro. Se había autorizado a quien estuviese dispuesto a pagar los correspondientes impuestos a instalar en sus casas un par de habitaciones, con un cupo impuesto de mesas, para servir comidas más o menos caseras. La medida había sido una bendición para muchísima gente que tenía la suerte de vivir en un piso grande o en una de las casonas del Vedado. Los clientes solían pagar en dólares, aunque oficialmente se admitían, al menos en algunos, los pesos cubanos. Pero la mayoría de los clientes eran extranjeros que se habían acostumbrado a este tipo de restaurante, donde además de comerse bien, algunas veces excelentemente, se evitaba la monotonía de los restaurantes estatales, mucho más caros y generalmente menos buenos.

(Del libro del autor, “Cuba, Revolución y dólares”)