Viaje a la locura

Victoria Páez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Juan se despertó bañado en sudor frio. Otra vez aquella pesadilla, menos mal que era sólo eso : ¡una pesadilla!. Se dispuso a retomar el sueño, iba a girarse en la cama cuando notó que algo lo retenía; intento incorporarse y no pudo; miró a un lado y descubrió que estaba sujeto a una barandilla: ¡aquella no era su cama!.Terminó de abrir los ojos despavorido: ¿ Qué era aquella habitación blanca?¿Y sus cuadros?. Notó un líquido frío, miró su brazo: ¿Por qué tenía puesto un suero? Entonces, por fin, vio claro: a su lado había un hombre grande, con un pijama celeste pulcro y planchado, que lo miraba con cara serena pero seria.

¿ Quién es usted?- preguntó Juan, entre asustado y aturdido

Buenos días caballero. Me llamo Alejandro. Soy su enfermero. Lleva dos días durmiendo. ¿Cómo se encuentra?

¿ Dos días?¿Por qué estoy atado?¿ Dónde estoy?¿ Qué ocurrió? – Juan cada vez estaba más

Ya pasó todo – respondió Alejandro sin perder la calma – No creo que recuerde la crisis que le dio. Fue hace dos día, en la calle, un brote psicótico.

¿ Un qué?¿ Qué es eso?¿ Y mi mujer? :¡ Lola¡¡ Lola!; ¿mis niñas?: ¡ Martina¡¡ Esther¡- empezó a tirar de las cinchas de Tómelo con calma Juan, podrá verlas cuando se encuentren todos mejor. Ahora va a volver a descansar, no puede agitarse de nuevo- Alejandro administró otra jeringa con medicación al bote de suero, que empezó a gotear con

¡ No quiero dormir!¡ Quiero ver a Lola y a las niñas!¡ No estoy loco!- notó que la lengua empezaba a trabarse y que lo invadía el sopor – ¡ Lola! ¡ Lolilla! ¿ qué daño te hice yo para qué me tengas aquí ?

No llegó a pasar nada Juan, su mujer pudo quitarle el cuchillo de la mano- fue lo último que escuchó antes de perder el

Juan vio a su madre en la cocina, canturreando por Juanita Reina: “ Eres mi vía y mi muerte,

te lo juro, compañero; no debía de quererte no debía de quererte

y sin embargo te quiero. Vives con unas y otras

Y na te importa mi soledad; Sabes que tienes un hijo

Y ni el apellido le vienes a da. Llorando junto a la cuna

Me dan las claras del día. Mi niño no tiene pare…

¡ Qué pena de suerte la mia! Anda rey de España,

Vamos a dormi,

Y , sin darme cuenta, en vez de nana te canto así:

Te quiero más que a mis ojos, Te quiero más que a mi vía, Más que al aire que respiro

Y más que a la mare mía.

Que se me paren los pulsos si te dejo de querer, Que las campanas me doblen,

Si te falto alguna vez”

Le gustaba escuchar a mamá cantar mientras hacía las cuentas del cole, tenía una voz tan bonita; allí, con ella, no podía pasar nada malo. Siempre cuidándolo, siempre mimándolo, acurrucándolo cuando lo necesitaba: aquello era vida.Un día pegaron en la puerta: “ ¡ Juan hijo!¡Ven!¡ Hay un señor que quiere concerté ¡” Se acercó obediente, siempre lo era.Aquel señor lo miró de arriba abajo y le puso la mano en la cabeza: no le gustó nada, así que se dio media vuelta y se marchó.Se encerró en su habitación, aún así escuchó a su madre hablar en voz alta e irritada: “ Puedes irte por donde has venido. ¡ No necesitamos tus limosnas!¡ Ya lo conoces ¡¿ no? ¡ Date por satisfecho!Sonó un portazo y después su madre llorar durante un largo rato.Volvió a abrir los ojos, allí estaba Alejandro; su pijama ya no era tan pulcro, estaba arrugado, con algunas manchas oscuras, como si llevara muchas horas puesto:

 –Alejandro soñé con mi madre.

 –Le pasa muy a menudo Juan – respondió sin levantar la cabeza de su tarea.

 –Yo no conocí a mi padre

 –Si, si lo hizo, el hombre de la puerta.

 –¿ Cómo lo sabe usted, enfermero?

Yo lo se todo sobre usted, es mi profesión. Ese tema lo debía tener superado, se psicoanalisó hace muchos años con un prestigioso discípulo de Lacan, y ambos zanjaron el tema. ¡ Ah, y, por si no lo recuerda, las canciones que cantaba su madre no eran para usted! ¡ La pobre sufría de desamor!

–¡ ESO ES UNA INFAMIA¡ – le gritó Juan

–Parece ser que todavía no lo admitió – Alejandro se encogió de hombros – por eso empezó usted a enredarse en este mundo de la psiquiatría

–¡ YO NO ESTOY LOCO¡¡QUIERO VER A LOLA!

 –Juan, va siendo hora de que ordene la mente. Voy a pensar que el psicoanálisis fracasó con usted : se quedó pillado el día del señor en la puerta y todavía no salió de ahí. Eso no le trae buenos pensamientos.

 –¡ NO ES CIERTO!¡ QUIERO VER A LOLA YA!

 –Juan, Lola sigue en el hospital, llegó a darle dos puñaladas antes de que le quitara el cuchillo – replico el enfermero, cada vez más cansado y con el uniforme más sucio, era como si aquel pijama de trabajo absorbiera energía negativa.

–Yo no podría hacerle nunca daño a mi mujer – empezó a agitarse de nuevo.

 –No estaba usted en conocimiento, no se culpe, todo va a salir bien – le decía mientras empujaba el embolo de otra jeringa – Su mujer cuenta que la llamaba mamá mientras clavaba el cuchillo.

 –¡Nooooo!¡Yo no haría daño a Lola! – la lengua volvió a coger aquel tono lioso y volvió a dormirse

Estaba en su despacho de San Fernando, en los astilleros: diseñar barcos era su pasión. Tenía 3 ordenadores encendidos y no se cuántos pliegos encima de su mesa de trabajo. Sonó el teléfono:

 –Juan ya viene, la niña ya está aquí, por favor pasa por mi.Aquel hospital militar donde llegaba su primera hija estaba lleno de agua por todas partes. Cuando alzó la cabeza del suelo, Lucía ya tenía cinco añitos, que rápido pasa el tiempo. Estaban en la pasarela del dique seco. Lucía correteaba: “ Es el barco de papá”. Su madre lucia bellísima, aquella gaditana pelirroja, de risa fácil y aire carnavalero :

  — ¿Quieres tener cuidado?. Como te caigas y te manches el vestido no hay chuches”

   Juan sonreía feliz: ¿ podía pedir más a la vida?.

La ceremonia comenzó con todo su boato. Discursos, aplausos, medallitas y, por fin la botadura del barco. Los honores serían de su mujer y su niña; la chiquilla estaba nerviosa. Entre las dos cogieron la botella y la dejaron de ir contra aquel mastodonte, que empezó a caer al agua, nada más cortarle amarras.Un segundo, Lucía precisó un segundo para dar un grito y tirarse de los brazos de su madre: “¡ Noooo, el barco de papá no se va!”. Se escurrió por el hueco de la barandilla, su madre se lanzó por ella.Cuando Juan se asomó las dos estaban tumbadas en el suelo, había más de tres metros de altura.Bajaron como rayos, las ambulancias ya estaban allí: Nada ….la felicidad de Juan la había arrastrado su barco.Al abrir los ojos con un grito, lo primero que vio fue la figura de Alejandro, el pijama ajado, lleno de manchas, algunas salpicaduras de sangre. La cara del enfermero desencajada:

 –Ahora la niña ¿ no?. Otra vuelta más a su locura amigo

 — Si. Mi vida por un barco. Mi familia, lo único que tenía mío de verdad. Pero ¿ cómo lo sabe?, ¿acaso me lee los pensamientos?

 –Los conozco todos Juan; creo que lo conozco a usted desde que era un chiquillo, tal vez llevemos toda la vida juntos.

 — Yo no lo he visto jamás. ¿Usted estaba el día del barco?

 –Si Juan, yo estaba con usted, a su lado mismo. Todavía no me recuerda- replicó el enfermero, con su uniforme cada vez más sucio y con más manchas de sangre.

 –No y no me olvidaría de un tipo como usted, no es de los que pasa inadvertidos.

 –Si usted lo dice Juan. Tenga en cuenta que aquel día sufrió un gran episodio de estrés, tal vez no se percató de que yo estaba allí

 –No se , ya no sé lo que digo; la cabeza me da vueltas, estoy mareado. Creo que voy a dormir algo.

Cerró lo ojos, por primera vez, sin medicación

Lola, su Lola en el primer día que la conoció en el museo: precisa, meticulosa, afanada. El amor, las risas, la boda, las niñas y sangre, sangre por todas partes. Las niñas gritando, Lola sujetándose la herida del brazo y pidiéndole el cuchillo mientras le decía:

–Todo está bien amor, pasará, no estás loco, son muchas cosas; nosotras estamos aquí, contigo.

Se despertó dando un respingo y con un nombre en los labios:

 –¡ Lolaaaaaa¡ – temblaba como un flan- ¡ Lolaaaaaa!

Lola se incorporó a su lado:

 –Tranquilo amor, más bajito, otra vez esa pesadilla. ¡Shhhhh! Las niñas están en su cuna. Esther no podía dormirse, las vas a despertar.

El hombre aturdido, miró a su alrededor: sus cuadros, sus muebles, su cama, sin ligaduras, y allí estaba Lola. Estaba Lola, y, desde el fondo de la habitación lo miraba Alejandro, con el pijama más sucio que nunca, con una sonrisa amplia en los labios:

–Ha tenido suerte caballero, su Lola lo salvó de la locura, de mí, así que me voy, definitivamente, a otro lado: no más pesadillas, no más tiempos pasados.

Tienen una segunda oportunidad, aprovéchala, se feliz. Vuelves a tener el mundo en las manos.

Dicho eso, Alejandro, y su pijama impresentable, se esfumaron como el humo de un cigarro. Lola seguía allí, a su lado, abrazándolo. La miró, le acarició el pelo y se perdió entre sus brazos. Aquel enfermero tenía razón, la felicidad volvía a estar en sus manos.