Lola, la de los ojos verdes

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando lo sacaron a toda prisa de la proyección de “Días de Radio”, la película de Woody Allen ya iba para un premio de honor en el Festival de Cine de Cannes. Se lo llevaron casi en volandas para darle la peor noticia que puede esperarse cuando uno se deleita con la música de los años en que se era feliz. Cuando te dicen que el ser que más has querido en el mundo ya no está aprendes que no se debe de invocar en vano el nombre del Señor. Pero él le arreó durante todo el trayecto hasta París, medio inconsciente. Le habían metido en el primer vuelo de Air France y cuando aterrizó en Orly ya casi no se acordaba de nada. No se quería acordar que le habían dicho que su hija Patricia, una mocita de dieciocho años, se había matado en un accidente de carretera.

El primer puesto que le dieron en el extranjero era en Brasilia, adonde llegó mecido por los cantos al Señor, a cualquier señor, que se oían desde el aeropuerto a cualquier lugar de la ciudad. Había iglesias por todas partes, la mayoría de cristianos evangélicos, las más seguidas porque siempre tienen saldos de milagros de todo tipo.

Su predecesor tuvo la gentileza de quedarse quince días para que él pudiese enterarse de que allí también, en la capital del mundo que no existe, en la capital de la espiritualidad, la miseria andaba sola por las calles. Se quedó quince días más porque tenía una serie de partidas de póquer comprometidas y la llegada de su sucesor era una lata. En las dos semanas que estuvo en la mansión que le habían buscado procuró emborracharse hasta la saciedad. Cuando amaneció dos semanas después creía que seguía en París.

Se prestó a todas las aventuras que se le presentaron, asistió a todas las recepciones a las que le invitaron, pero el dolor no se le iba. Una médica que tenía su gabinete en el mismo piso de su despacho pasaba más tiempo con él que con sus otros pacientes. Pero su periódico era generoso y pagaba las facturas de aquel muerto vivo que un día resucitaría, por algo estaba en la ciudad de los milagros que nunca se produjeron. Nunca hubo miel ni riquezas en Brasilia.

Cuando despertó de su largo sueño pasó ocho meses y tres semanas escribiendo exquisitas crónicas y ya le invitaban al Palacio Presidencial como si fuera de la familia. Les habían informado desde la embajada de París que el nuevo corresponsal era un loco revolucionario pero allí se portaba divinamente.

La desgracia lo había calmado. Ya no pensaba más que en saber si a la noche siguiente tendría que acostarse con la misma muchacha o…La médica, a la que le gustaba que le llamasen Lola, el nombre de su infancia, pertenecía a una de las grandes familias de Gramado, en el Estado sureño de Rio Grande do Sul,  de los antiguos barones del caucho. Aparecía de vez en cuando en las crónicas de sociedad aunque se la decía de una rectitud casi mormona. Bonita hasta el delirio, simpática de más, Lola era lo que era. En su mesa tenía una biblia abierta.

Mujer poderosa de treinta y poco años, alta, rostro bonito como lo tienen las bellezas sureñas agraciadas por Ulises quizá que en su viaje de 20 años debió de pasar alguna noche perdida con su madre. Era rica de los millones que los coroneles de su familia habían reunido con el caucho, que ya no existía.

En Brasilia, los informes de todos los curiosos decían que llevaba una vida muy recatada y no se le conocían hombres de más de una fiesta.Luis y ella charlaban frecuentemente y poco a poco ella supo el porqué del por qué. No intentó consolarlo pero sí le sugirió que si tanto quería a aquella niña muerta en la carretera, ¿por qué no la volvía a fabricar?

Casi todas sus consultas se las pasaban hablando del tema. Ella explicaba y él escuchaba. Un día le dijo que ya estaba decidido a la locura que ella le había propuesto. Le pidió una serie de pruebas que él se hizo sin rechistar y una tarde se reunieron de nuevo:

–Usted sigue siendo fértil pero hace unos años le hicieron una intervención para liberar los riñones de una demasía de peso y le recortaron la próstata. En esas intervenciones, el hombre sigue funcionando como antes solo que cuando actúa –escogía la palabra, como una niña de colegio privado y religioso—el semen se queda en la vejiga. Tendríamos pues que recogerlo allí y hacer la operación con un vientre de alquiler. Usted no podría proyectarlo por si mismo. ¿Me entiende?

–¿Y entonces?

Lola cruzó las piernas, que era como ver un espectáculo del Folies Bergère cruzado con una representación del Tropicana. Luis deglutió y atendió.

–Habrá que extraerle el semen, analizarlo para que esté químicamente puro y luego inyectarlo en el “corazón” de la madre, bueno, es una licencia que yo me tomo. En realidad sería metérselo en su útero para que salga un ser. ¿Me entiende?

Una semana después todo estaba arreglado. La directora de la clínica de la fertilidad que se había ocupado de preparar el semen perdido le confió que podía conseguirle una madre de alquiler. Pero a condición de que la confidencialidad fuera total: “Está usted en Brasil, estas cosas requieren mucha discreción, sobre todo en Brasilia”.

Luis seguía su tarea de corresponsal pero tres meses después de haber concluido aquel extraño trato empezó a sentirse neurasténico. Su confidente era la doctora Lola a la que confiaba su preocupación. Ella le aseguraba que la persona en cuestión era de la mayor confianza:

–¿Cómo se imagina que pueda ser de otra forma en Brasilia, la capital de la espiritualidad?

Un tiempo después, Lola le anunció que partía a Gramado para atender a un enfermo de la familia.

Cuando al noveno mes no tuvo razón de la madre de alquiler, empezó a desesperarse. Su hijo/a, tenía que haber nacido. Se presentó en la clínica y se percató de que ya no existía. En su lugar había un alquiler de coches. Preguntó todo lo que quiso, incluso a través del ministerio de Exteriores, y allí su habitual contacto, el ministro Salazar, lo cogió aparte y muy bajito lo aleccionó:

–Mire usted, estas cosas son muy, muy delicadas. Está usted en la capital de la espiritualidad. Cualquier indiscreción, Dios sabe lo que nos costaría…

Luis se marchó cabizbajo pero al regresar a la mañana siguiente a la oficina tenía una nota: “Estoy de vuelta, Lola”.

Salió corriendo por el pasillo y llamó como un poseso a la puerta del consultorio. Tras la barrera de una asistente toda vestida de blanco, vio a Lola en la terraza. Estaba impresionantemente bella. Se abrazaron castamente y la doctora le condujo a una habitación interior:

–Bueno, amigo Luis, aquí tiene usted a su… a sus hijos. Es un niño y una niña. Espero esté satisfecho. La madre de alquiler he sido yo. Brigitte, la supuesta directora de la clínica, es una vieja amiga y lo entendió todo. Porque resulta que llevo dos años enamorada de usted y me ha parecido que la mejor manera de demostrárselo era ayudándole a salir de su obsesión.

Eran dos criaturas preciosas. La niña no tenía los ojos verdes pero una inmensa sonrisa y unos ojos color de fuego. Había vencido a la maldición.