El monje de Brasilia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando un ascensor no te ama te lo hace saber manteniéndose inmóvil. Vamos que no funciona. Esta revelación me la hizo hace ya unos años un monje budista con quien tomé el elevador de un edificio de Brasilia. Los dos íbamos a recibir al Dalai Lama, que venía en visita apostólica a la capital de Brasil y de paso, con su sonrisa de viajante de comercio en el Oeste americano, a recoger algunos donativos.Charlamos un buen rato y cuando aterrizamos ya sabía yo muchas cosas de estos monjes. Lo principal era recoger donativos. El Dalai Lama era todavía un hombre atractivo, más o menos tan viejo como parece a ratos Richard Gere y hablaba en no sé qué lengua que todos entendían. Yo no, pero el monje del ascensor me explicó que ello se debía a que no era creyente. Le di un billete de 20 rupias y me devolvió un aparatito transmisor de voces, con la que me aseguró, podía hablar con el presidente Busch cuando el tiempo estaba bueno.

El Dalai, ya no volvimos a llamarle Lama, nos lo pidió él como muestra de confianza, hablaba de todo pero pese a mi aparatito yo no entendía nada. Y en un momento tuve la sensación de que nadie se enteraba de lo que discurseaba. Pero todos sonreíamos felices y contentos, como si nos hubiesen dado churros con chocolate. La hija del embajador de Indonesia, una preciosa muchacha, me tendió su pañuelo personal, tejido en Brujas, Bélgica, para que limpiara mis lágrimas, me dijo. Cuando le dije que no estaba llorando se molestó muchísimo y me arrancó el pañuelo que llevaba mis iniciales.

Cuando me di cuenta, era un sol plácido de la caída de la tarde, porque en Brasilia es así, nunca nada de exagerado, todo en su justo valor, el Dalai Lama se había callado y alguien había puesto una canción de Frank Sinatra. Las muchachas se derretían, las monjas tibetanas bailaban una danza que parecía sumamente erótica pero que no conocía un servidor.

El Dalai parecía no entender nada de lo que le contaban sus admiradores. Ni siquiera se había dado cuenta que había llegado para expandir sus enseñanzas metafísicas a la capital de la espiritualidad, donde nada más llegar al aeropuerto los altavoces te decían que habías entrado en el mundo de los lo espiritual, de todo lo espiritual, de las creencias, de todas las creencias. Pero, sobre todo, el reino de Jesús, un hijo de Dios bastante brasileño que lo mismo está colgado en un cartel donde en la estación central de autobuses un grupo de gente pide que vuelva a la tierra para impartir justicia que en la ventanilla de un taxi rebosante de grados centígrados. (Debo decir, entre paréntesis, que Brasil es el país donde la justicia social no es siquiera ni un chiste. No existe. Hay cuatro tipos de ciudadanos. Los muy ricos, los moderadamente millonarios, los pobres y los desgraciados totales. Nada de zonas intermedias. Y por eso la gente que quisiera no ser rica pero tampoco morirse de hambre, implora a Dios a todas horas y en todos los tonos.)

El templo de la Buena Voluntad, suena mejor en brasileño (Boa Vontade), es el hecho de un loco, dos locos o una caterva de locos, más millones de listillos, con una piedra semipreciosa gigantesca en su centro por debajo de la cual circulas, mirabas, creías o no creías, donde se le reza a Jesús a Mao Tse Tung, a Fidel Castro, a Evita Perón, al Che Guevara. Religiones esotéricas, de la desesperación, de la imbecilidad y tal vez hasta de la verdad, quién sabe.

Brasilia, que ya no es Brasilia, sino lo que queda de un sueño loco de dos arquitectos, Oscar Niemeyer y Lúcio Costa, sigue donde esté, porque yo ya no lo sé. No creo ni que ya despierte esperanzas o algo por el estilo.

El único ser que gusta, al que plebiscitarían los brasileños, hasta los diputados malos agazapados en sus sillones oscuros de la Cámara, es Jesús, todopoderoso, que cualquier día volverá para ajustar cuentas. Entonces acogotará a los diputados malhechores que han metido en la cárcel a Lula da Silva, dos veces presidente para que no lo fuera una tercera vez, y probablemente los colgará de las campanas de la Catedral.

Hace dieciséis años y algunos días de estas impresiones. Hoy, ya lejos de Brasilia, a salvo de las milongas de redención, de todos buenos y ninguno malo, estoy convencido de que todo ese entramado de templos de buena voluntad y de iglesias más o menos católicas y evangélicas sobre todo, de chiringuitos de las afueras de Brasilia con agua bendita putrefacta y monjes de tres al cuarto, conforman un inmenso Brasilia World, un parque de atracciones. Los norteamericanos en Orlando venden imbecilidades de Mickey y otros personajes y allí los brasileños te quieren dar paz y placidez.

Cuando más paz sentí en Brasilia fue cuando miles de campesinos sin tierras, gente abandonada hasta por la mano del diablo y sus ayudantes, se plantó en Brasilia (1997), la capital del poder, arrastrando sus chanclas que luego, al año siguiente, estaban de moda en las playas del mundo entero.

Los miserables, que además llegaban para reclamar tierras sin armas con las que forzar a nadie, me hicieron sentirme feliz. En pleno mediodía, una de las líderes del movimiento, una muchacha de pechos duros hasta lo indecible, de piernas bronceadas como en Hollywood, y no se rían porque ocurrió así, con una cara de niña buena de película de Walt Disney, estuvo charlando conmigo. Mi Volswagen Quantum estaba a nuestro lado. Por primera vez en mi vida creo que rocé la felicidad. Y pienso que si le hubiese abierto la portezuela y nos hubiésemos marchado hoy no estaría hablándoles de nada. Porque viviría probablemente una cabaña de plástico negro de una de las montañas del estado de Goias, muy cerca de las serpientes de los Manizales pero más cerca todavía de la felicidad.

Aquel día de un mes cualquiera del año 1997 me sentí por primera vez en paz.