Ojos verdes de Cisjordania

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En el año dos mil publiqué ”Ojos verdes”, donde contaba la muerte de una hija. Hace muy poco, al cumplirse 36 años del fallecimiento, creí que ya era hora de hacer el duelo y de acabar este doloroso viaje. Y escribí “El fin de Ojos verdes” donde terminaba diciendo que mis esperanzas (de volver a ver a mi hija viva) se irían solo conmigo. Esta es una variante, ¿la última?, “Ojos verdes de Cisjordania”.

Le habían pedido que escribiese algo sobre la tropelía de lluvias que habían azotado la región durante 48 horas como un castigo divino y que había borrado del cielo ese sol que daba de comer a tanta gente. Porque en este fin de Europa y comienzo de África el sol valía más que el petróleo. Hasta los emires de los golfos perdidos venían a tomarlo. No tenía la menor idea de lo que iba a escribir: “El cielo de cayó sobre el fin del mundo…”. Borró y echó mano a la cafetera. Era una mierda. Podían haberle pedido un artículo sobre Sinatra o sobre cualquiera otra chorrada pero hablar de las lluvias… La verdad es que le era difícil. Él había vivido las tormentas en su pisito al lado del mar de Cannes, sin preocuparse de que el cielo fuese a caerse como creían aquellos galos de Astérix. Y las tempestades las había vivido en la tele. Qué fácil se había vuelto el periodismo con ese artefacto. Bastaba mandar a dos tipos a que lo pasaran mal y tenías toda la información del mundo. Tú a lo tuyo, a editorializar, a dar consejos, a filosofar, a contar lo primero que te pasara por la cabeza. El problema es que de tan poco uso se estaba secando.Vio, luego diría que había creído ver, a la muchacha de la limpieza con sus inmensos ojos profundos de cualquier rincón de Cisjordania.

Dentro de un rato empezaría la proyección en la sala Lumière, y no quería perderse la película de Woody Allen, “Días de radio”, que traía muy buenas carcajadas nostálgicas y una banda musical de lujo. Otra vez estábamos en mayo y el Festival de Cine de Cannes no esperaba. Estaba hastiado de tanta película con la que unos pedantes que a veces no habían meado siquiera una vez en una esquina de París querían darte lecciones de vida. El teléfono estaba sonando y la chiquita de la papelera le miró con espanto. Allí no se llamaba antes de las 12 y eran apenas las ocho. Una secretaria de París le preguntaba para qué hora programaban su crónica sobre Woody Allen.

–¡Pero si me habéis pedido que escriba algo sobre las inundaciones!

–¡Qué inundaciones! Tú estás ahí para Woody Allen.

La luz se cortó de pronto y todo quedó en el silencio de la oscuridad. Cuando volvió todo había cambiado en el despacho. Estaba un poco desorientado pero no le dio tiempo a pensar.

Su móvil empezó a repicar.

–Luis, tu hija Patricia ha tenido un accidente muy grave.

Le pareció que ya había oído aquello. O tal vez lo hubiese leído. No, era lo que estaba escribiendo en su novela “Ojos verdes”, un dramón de muy señor mío.Volvió a cortarse la luz. Luis no recordaba nada cuando la habitación salió de la oscuridad- Debió de cambiarle la cara porque la muchacha de los papeles dejó de mascar chicle y lo miró con compasión. Tuvo la suerte de poder coger rápidamente un vuelo Niza-París y cuando el taxi le llevó hasta su casa en Montmartre subió rápidamente las escaleras. Abrió la puerta y oyó gente que estaba hablando.

Dios mío, iba suplicando entre dientes, que no haya muerto. Y de pronto se dio cuenta de que en su novela, la heroína, Patricia –había querido gastarle una broma a su hija llamándola como ella—perecía precisamente en un accidente de carretera.

Quedó paralizado. ¿Qué broma era aquella? Pero, ¿podía tratarse de una broma? Nadie se hubiese atrevido… No, era demasiado absurdo. En la cocina encontró a una de sus hijas, Sheila, que le miró un poco extrañada de verle.

Sin apenas poder articular palabra explicó:

–He venido porque me han llamado diciendo que Patricia…

–Ah, te lo dijo mi hermana. Sí, es que con Claude había previsto irse esta noche a pasar el fin de semana a Le Touquet pero ya sabes cómo es ella. A última hora ha cambiado de parecer… Pero, papá, ¿cómo estás aquí, por qué?

Ahora era ella la que estaba alarmada.En el quicio de la puerta apareció el rosto siempre moreno de Patricia, que le miraba con estupor.

–Pero… Estabas en Cannes. ¿Ha ocurrido algo?

Luis no supo contestar más que abrazándola muy fuerte, ridículamente fuerte. Como si hubiese escapado al hundimiento del Titanic.

–Papá, ¡que me haces daño y me vas a fastidiar el vestido!…

–Me llamaron diciendo que habías tenido un accidente.

–Pero si no hemos salido de casa. Llovía demasiado para ir al Touquet,

En la calle seguía lloviendo a cántaros y la radio hablaba de inundaciones catastróficas.

Luis volvió a su ordenador para dar forma a aquel maldito artículo sobre la llegada de aquellas traicioneras lluvias que habían congestionado una parte de Francia.La pizpireta muchacha de los ojos verdes de cualquier rincón de la inalcanzable Cisjordania se le quedó mirando descaradamente:

–Monsieur Luis. ¿Usted no me dijo que mañana tenía que estar en el Festival de Cannes? Es que ya estamos a mañana.

–Pero, ¿qué haces tú aquí? Hace unas horas estabas en Cannes, en mi despacho.

La palestina le sonrió por primera vez con ternura y un poco preocupada:

–Como iba a estar en Cannes si me recomendó usted que no me moviera del lado de las niñas hasta que usted hubiese vuelto. ¿Le pasa algo? Perdóneme pero desde que falleció su esposa, y ya hace dos años, está usted muy rarito.Luis rio nerviosamente y dijo cualquier pavada. La muchacha le miraba cada vez más extrañada pero ahora divertida.

Patricia se entremetió:

–Imagina que papá creía que yo había tenido un accidente y ha venido a toda prisa de Cannes. Estoy seguro de que con su manera de ser seguro que creía que estaba muerta.

–Los periodistas tienen una imaginación…

Luis se estaba quitando la corbata cuando la muchacha se le puso delante:

–¿Podría llevarme a mi casa? Es que está lloviendo a cántaros y encontrar un taxi… Hágalo y le presentaré a mi madre que anoche llegó de Gaza. Además, ¿sabe usted que mi hermano el mayor que ya conoce quiere ser periodista? A mí me parece una locura, viendo lo que veo pero quizá pueda usted aconsejarle…

Luis miró a Laila. Nunca la había visto tan bonita.

–Si, te llevaré y me gustaría hablar con tu hermano. Quizá haya manera de ayudarle.

Laila le dedicó la sonrisa más hermosa que una mujer puede regalar a un hombre por el que siente algo más que respeto o amistad. Luis la captó, la recogió, la comprendió y por primera vez desde la muerte de su esposa sonrió francamente.