El fin de Ojos Verdes

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El día amaneció fresco después de una noche de lluvia torrencial, de ese agua tropical que se desploma como si el mundo fuese a acabarse y que cae sobre el suelo como si las gotas de agua estuviesen bailando. Apenas quedaban unos charquitos por la Rampa y el sol inmenso y opacado ya había vuelto a apoderarse de la media mañana. El Hotel Nacional seguía ocultando con mil precauciones su pasado poco respetable de los años cincuenta, cuando albergaba congresos de mafiosos norteamericanos reunidos en sus majestuosos salones. Acodado en el mostrador de recepción, donde una pizpireta recepcionista le enseñaba argot habanero, Luis sonreía como si hubiese firmado un contrato con una marca de dentífrico. Apenas oía lo que la bonita chiquilla le susurraba con intenciones de conquista que ni a él podían despistarle. Estaba esperando a un amigo colombiano a quien aquellas horas matinales le sentaban como un tiro por lo que había descolgado el teléfono de su habitación. En pleno Festival del Nuevo cine latinoamericano, el regio vestíbulo del hotel era un enjambre. Voces de todos los países chocaban contra las venerables paredes y nadie parecía entender nada aunque a nadie le importaba para nada este diálogo de sordos tan común entre la gente de cine que habla única y exclusivamente para escucharse a si misma.

El amigo, Lorenzo, se deslizó por fin por la puerta de uno de los ascensores y tras hacerle un gesto con la mano que quería decir cualquier cosa empujó el portalón que daba acceso a los jardines en una de cuyas galerías, y a codazo limpio, consiguió una mesa. Antes de que Luis tuviese tiempo de despedirse de la chiquilla, que no le soltaba el brazo donde, como quien no quiere la cosa, dejaba marcas de sus largas uñas rojas, Lorenzo ya tenía en la boca un gin tonic, “nada mejor para la resaca”, explicó atropelladamente y entre dientes. Era un viejo pirata que allá en su feudo de Cartagena de Indias pasaba por ser uno de los mejores especialistas del cine latinoamericano. Pero con el cinismo que había aprendido de las calles de Bogotá, su ciudad natal, solía decir que su verdadera especialidad y en lo que mejor se desempeñaba era en la confección de gin tonic, con una mijita de limón fuertemente frotado por el cuello del vaso tras haber hecho desembocar en el fondo una tromba de agua tónica. Era su verdadero orgullo.

— He venido con Marcia… Sí, hombre, claro que la conoces. Fue gobernadora de Medellín y actualmente el Presidente le ha dado un descanso nombrándola máxima responsable de los fondos estatales para el cine. Estará a punto de llegar, porque también se acostó tarde. En esta puñetera ciudad yo siempre amanezco. Algún día tendré que hacer un esfuerzo para ver como es eso de acostarse de noche.

El gin tonic ya había sido reemplazado por otro confeccionado según los estrictos consejos dictados al camarero, un poco atolondrado el hombre, cuando una mujer de pelo negro y corto con inmensas gafas negras se acercó a la mesa. Cuando estuvo a pocos metros, Luis la reconoció y comprobó que era sencillamente uno de esos monumentos que la naturaleza reserva a las mujeres. Y cuando ella dejó caer como quien no quiere la cosa las gafas sobre la mesa de enea no le cupo la menor duda de de que era una réplica conforme de María Felix cuando Agustín Lara se estrujaba el cerebro componiéndole boleros. Se abrazaron ceremoniosamente, olvidando otros abrazos menos protocolares. Él se dejó querer y sintió que o tenía taquicardia o la impresión había sido demasiado fuerte.

Cuatro gin tonic más tarde, el colombiano ya había repetido tres veces su teoría sobre la Revolución cubana y la introducción del dólar en la economía nacional. Ella y él hablaban como si el gintoniquero no existiese. También es verdad que con ojos tan expresivos como los de Marcia se podía charlar en medio de la asamblea más tumultuosa de las Naciones Unidas y sin necesidad de traducción simultánea.

Se fueron paseando hasta el borde del jardín que da al Malecón, mientras el gintoniquero seguía perorando con un holandés que no entendía una palabra pero que muy educadamente asentía de vez en cuando con un sonoro “Ja, ja”.

Marcia le contó cosas suyas, de su país, de la eterna guerrilla, de la lacra todavía más eterna de la droga. Luis, que parecía fascinado, le soltaba de vez en cuando una respuesta pero sin estar muy a tono con la conversación. Decidieron subir a su habitación para escapar al bullicio del aperitivo, aunque en La Habana en pleno festival siempre era la hora del aperitivo.

Se sentaron en la plácida terraza de la suite de Marcia, que se desplomaba en el mar lejano. El viento apenas movía las hojas de los arbolitos que rodeaban los anchos sillones de mimbre.

–Marcia, yo sé que es una locura lo que te voy a decir.

Y sin más preámbulo se lanzó en un resumen de su vida, de sus aspiraciones, de sus vivencias. Era como si estuviese pasando una entrevista de trabajo y quisiese conseguir a toda costa el puesto. Le habló durante un rato de sus pretensiones cuando había decidido instalarse en Cuba, “para recorrer el último tramo de mi vida”. También le confió el desengaño de no haber podido encontrar aquí esa segunda patria que tanto buscaba. Un camarero había dejado unas bebidas sobre la mesa baja y se había eclipsado tan calladamente como había venido.

Marcia escuchaba, fascinada. Luis le había gustado desde que le conociera una noche en una fiesta en Bogotá y desde lejos había seguido su carrera. Luego habían coincidido en Madrid y en París pero sin más y de lejos habían conservado una mutua admiración.

–Yo creo que lo que te ocurre a ti es que te consideras un malquerido –le dijo de forma burlona y tierna— La muerte de tu hija no ha arreglado nada, pero ya hace años y deberías olvidar, que no es perder el recuerdo. Pero en el fondo todos llegamos siempre a esas barreras que no podemos atravesar. A mí también me hubiese gustado cambiar algunas cosas en mi vida pero las circunstancias han hecho, o quizá también la educación, que no me haya atrevido nunca a apartarme del camino que me habían trazado. Estás como muy desesperado.

El sol había atravesado ya el meridiano del almuerzo y desde abajo subía hasta la terraza el bullicio de decenas de personas que ahora trajinaban con los cubiertos y entrechocaban vasos.

En la terraza, resguardados de las miradas indiscretas, Marcia y Luis estaban muy juntitos. Se acariciaban como jugando, como quien no quiere la cosa, dándose un respiro para tomar una copa más. Ella fue quien tomó la iniciativa de llevárselo al interior de la habitación. Fue breve e intenso. Marcia no pudo evitar un chillido musitado y prolongado. Fue como la gata de Gabriel García Márquez.

Aquella misma noche volvieron a verse en un comedor gigantesco donde excepto el pianista que recordaba a otro de “Casablanca”, estaban más solos que la una. Tres camareros de estricto luto les atendían ceremoniosamente mientras ellos comían casi sin darse cuenta. Marcia no podía retirar los ojos de los de Luis, quien le había contado su historia con María. Ella se había encogido de hombros antes de sentenciar: “Cada cual tiene su vida. Siempre hay un antes y un después”.

Luego trató de que su voz sonara alegre y juguetona para decirle:

–No sé, pero me da la impresión de que estoy enamorándome un poco de ti. Ya sé que todo esto parece surrealista pero después de todo estamos en la capital del surrealismo. ¿ Y tú?.

–Dime una cosa, Marcia. Si yo te lo pidiera, ¿tendrías un hijo, bueno una hija, conmigo?.

El pianista había iniciado una serie de boleros. Ya iba por Armando Manzanero y aquella tarde en la que vió llover y ella no estaba. Marcia había quedado muy callada. Bebió un sorbo del vino francés helado que les habían servido y entornó los ojos. Se sonrió para sus adentros. Estaba aturdida. A sus treinta y cinco años era la primera vez que un hombre le hacía semejante proposición. Luis trataba de justificarse, como si tuviese miedo de que el silencio pudiese prolongarse por otros silencios más.

–Sé perfectamente que estarás pensando que se me ha ido la cabeza, que estoy como una regadera, pero me da la impresión de que el tiempo está pasando muy de prisa para mí. Ya me han salido goteras, creo realmente que estoy en esa última recta de la que te hablé esta mañana. Y antes, bueno, antes de que todo se acabe, me gustaría saber que puedo volver a verla, volver a escucharla. Volver a tenerla. Volver a crearla.

Se fueron del restaurante sin que Marcia abriera la boca, aunque seguía siendo tan cariñosa con él como cuando habían llegado. Pasaron la noche en su habitación.

El diario “Granma”, biblia de los periodistas extranjeros, anunciaba aquella mañana el retiro de la vida activa del más joven de los ministros de Fidel Castro. Luis andaba con el teléfono a cuestas tratando de averiguar algo. El Festival de Cine de La Habana había quedado lejos. Estábamos en febrero. María seguía en Matanzas y no daba señales de vida. El ya se había echado cuentas de que nunca más volvería a verla y que si lo hacía nunca volvería a ser como antes. Marcia, con su comprensión dolorosa, la había reemplazado un tanto en sus sueños de reencarnación. Pero no había querido precipitar las cosas y sólo se hablaban por teléfono una vez por semana. Así llevaban tres meses.

Respondió al teléfono creyendo que por fin alguien le iba a dar una pista seria para explicar la desaparición del ministro de la escena pública. La comunicación venía de lejos. Era Marcia y su voz sonaba risueña, llena de alegría.

–Luis, estoy embarazada. Es seguro. ¿Puedes venir?. Te quiero.

Una semana después, y tras quitarse de encima el problema del ministro y solucionar algunas cuestiones prácticas, desembarcaba en Bogotá. El aeropuerto estaba recargado de policía. Por todas partes se veían armas que nadie trataba de ocultar. Alguien le explicó que Radio Caracol había anunciado dos horas antes de que aterrizase su avión un ataque de guerrilleros contra el Palacio presidencial. Ya en el hotel trató de llamar a Marcia pero una empleada doméstica le contestó en su casa que la señora no estaba allí. Dejó un recado. La televisión transmitía imágenes del Palacio presidencial medio quemado. Decenas de ambulancias y de helicópteros rodeaban el lugar. El ataque había terminado en un sangriento asalto. Llamó a un viejo amigo de Radio Caracol. Mientras charlaban le dijo, en un tono que quería ser de broma, las razones de su presencia en Bogotá. Nunca había oído un silencio tan impresionante. Creyó que la comunicación se había cortado. Por fin, al cabo de una eternidad, reapareció la voz del compañero de otras aventuras, de otros tiempos, de otros combates:

–Luis, Marcia ha resultado muerta en el asalto de Palacio. Lo siento. Me lo acaban de comunicar.

Le parecieron una eternidad los escasos minutos que tardó el taxi en abrirse paso por Bogotá hasta el Palacio. En el perímetro de seguridad, tras haberse identificado, consiguió hablar con un alto mando del ejército. Le quedaba la insensata esperanza de que el niño que Marcia llevaba en su vientre hubiese sobrevivido. El militar le quitó todas las ilusiones. El cuerpo había quedado calcinado. Por supuesto, ni rastro del bebé que llevaba.

Días después regresaba a la capital cubana. Supo entonces que María se había marchado a Ecuador con una delegación de médicos cubanos. Nadie pudo decirle cuando volvería. Su viejo amigo Alex, el periodista que mejor conocía Cuba aunque era argentino, se limitó a mirarle con sus eternos ojos cansados y a ofrecerle una sonrisa, cosa que no hacía más que en las grandes y en las peores ocasiones. Cuando volvió a su despacho se sentía sereno como en un funeral. Estaba convencido de que, pasase lo que pasase, su sitio estaba ahora en La Habana, donde todo había empezado y donde todo debía terminar. Pero no sabía cómo. Hasta se permitió pensar que quizá, con un poco de suerte, su Dios le daría otra oportunidad. Pero él sabía que se estaba engañando. La vida no ofrece segundas ni terceras oportunidades. Eso es cosa de películas y cada día se hacen menos.

Tras esa época cubana la vida siguió, en París, en Brasilia, en Rio de Janeiro, alguna vez de paso por La Habana, pero sin razón. Y hemos llegado a casi finales de 2018. El mundo, mi mundo se ha transformado. Fidel Castro ha muerto. Cuba tiene un Presidente sin uniforme ni grandes gestos de aquellos que removían la conciencia de la humanidad de los todavía creíamos que el mundo, el nuestro sería posible.

——- El texto que han leído ha salido más o menos de mi libro “Cuba, Revolución y dólares” y, como yo, empieza a envejecer. Es la historia de otro intento, puramente romanesco, para reemplazar a la niña perdida, sea como fuese y borrar aquel 16 de Mayo de 1982. Aunque a muchos lectores pueda parecerles exagerado, sobreactuado, crean que lo he reflotado porque ahora que echo cuentas desde hace treinta años solo la muerte de mi hija ha tenido importancia. Todo lo demás ha sido circunstancial. Y durante todos estos años he pensado absurdamente en que el libro en el que cuento la historia de su accidente, “Ojos verdes”, podría ser llevado al cine y que la pantalla podría hacerla volver. Sé que es una soberana estupidez, pero los que hemos mamado la primera leche en el cine creemos en la magia. Ahora, cuando otro invierno se presenta, todavía tengo esperanzas de que el guión vea la luz y de que la película cobre forma. Y entonces, el milagro. Quién sabe.

Pero en el fondo de mis muchos años sé que no hay remedio. Que la historia hace tiempo que tiene puesta la última página, sin una bonita música que podría haber escrito Ennio Morricone, el músico preferido de Sergio Leone. Y que el cuento se ha acabado. Y aunque ustedes no lo crean, puedan no creerlo, por cinematográficas que sean en todos los sentidos, mis esperanzas se irán solo conmigo. Sé que algunos de los que me conocieron pensaran que “El Berro se volvió loco”. Es posible. Pero ¿si dejamos la esperanza morir, por descabellada que sea, que nos quedará para el resto del camino?