Mi dulce señor

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Los diferendos, que eran pocos entre nosotros en aquel entonces, se dilucidaban con largas y relajadas conversaciones hasta que todo volvía a su estado natural. Eramos una comunidad pequeña, de tres y hasta algunas veces seis si habían parejas esas noches. Después terminamos siendo tres varones y una chica, formidable compañera, claro. El lugar elegido para estas sesiones, bien regadas con hierbas ibicencas, ron o alguna bebida que hubiera, era el techo de lo que había sido un corral. Un techo, como el de todas las construcciones ibicencas, horizontal con una leve inclinación para poder recoger agua los días de lluvia. No recuerdo bien qué discutíamos o negociábamos esa noche, pero era algo así como si elegíamos el camino del ocio productivo o nos poníamos a producir algo para ganar dinero. Era como una primer derrota ante el sistema, pero qué le íbamos a hacer. No había más remedio. La finca nos costaba 5.000 pesetas al mes y la pagábamos entre los tres. (muchos años después pasé por Can Cristoful, me encontré al dueño arreglando ventanas y me confesó que entonces alquilaba esa finca que nosotros disfrutamos sin luz ni agua corriente, a 75.000 pesetas diarias….)

La  noche, casi de verano, estaba fresca. Era ya de madrugada porque la cumbre se había convocado para luego de las rondas por los bares. La noche se vestía de luna llena. Todavía recuerdo todas las sensasiones y se me pone la piel de gallina y me parpadean los ojos, prontos para lagrimear. El ruido de algún roedor dándole a alguna avellana, para exitación de nuestra perra Ché, que no dudaba en ladrar y romper el silencio de ese campo verde, iluminado de plata por la luna. Recuerdo una conversación acalorada en algunos momentos, con citas valiosas para justificar el ocio, la cultura del ocio que buscábamos desarrollar, pero también los regresos a la realidad de los pagos.

Pero lo que más nítido me vuelve a la memoria es George Harrison. Acababa de sacar su disco My sweet Lord y sonaba sin cesar en el tocadiscos a batería porque seguramente no habría otro. Mi dulce señor era una alabanza que quiso plasmar el Beatle al dios hindú Krishna, a la vez que buscaba un mensaje para que sean abandonados los sectarismos religiosos , con una combinación buscada del Aleluya judío, cánticos de Hare Krishna y oraciones védicas hindúes.

Esta noche de insomnio en una noche de otoño que amenaza lluvia , irrumpió sin que nadie lo invitara, el tema que fue sensación en los setenta y que conviene escucharlo cada tanto. Y me llevó a ese techo de corral en el que estuvimos conversando y bebiendo, con el espíritu de camaradas de la misma aventura vital, hasta que el cencerro de una oveja nos volvió a la realidad y a la super exitación de Ché. Era el pastor que transhumaba con su rebaño diariamente, que no se inmutaba ante nada, ni cuando nosotros o las chicas nos bañábamos junto al pozo donde bombeábamos el agua, obviamente desnudos. Otro de los recuerdos maravillosos.

En su castellano mínimo, lleno de giros de ibicenco, el pastor preguntó si se podía sentar un rato. No porque estuviera cansado, ni porque la hierba de nuestro terreno les gustara tanto a las ovejas, sino “porque me gusta escuchar vuestra música”. Se refería a My sweet lord, pero hablando y compartiendo bebidas, confesó que también las otras músicas, como ser Pink Floyd, Santana, Credence Clearwater Revival, que fuimos haciéndoselas escuchar mientras él asentía, “esa, esa”.

Ibiza fue y es eso. Lejos de los centros abarrotados de turismo, en medio del campo sigue siendo la misma joven seductora y maligna. Con sus mismos aromas, sus rocíos matineros, su frío ´húmedo de invierno, sus calores mediterráneos, llenos de higos, almendras y tomillo. Esos condimentos, que con la brisa fresca de esa noche, nos ayudaron a aclararnos , al menos hasta la siguiente cumbre. No había televisión, no había móviles ni tabletas, las cosas se decían riendo a la cara y los besos se robaban después de muchas hierbas ibicencas con hielo, mucho hielo, hasta que se acababa y se seguía con la hierba tibia. Y el corazón caliente.