Jesús y los orishas se mezclan de vez en cuando

Martha Gómez | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En  altares de creencias religiosas del panteón africano en Cuba, se hace cada vez más visible la naturalidad con que cohabitan símbolos  que los católicos citan como cristianos y paganos, los últimos llamados por estos sitios objetos sagrados de la santería y palo de Ocha. Es algo digno de conocerse porque ilustra sobre los días actuales del proceso de sincretismo religioso y transculturación de los componentes dominantes en el ajiaco o sopa nutricia que es la cultura cubana, e incluso sobre otros aportadores más. Un proceso cuyos hervores no cesan, años después del descubrimiento y definiciones del sabio Don Fernando Ortiz al respecto. Mi presencia en un Toque de cajón de muertos, dedicado a los padres, parientes y amigos queridos, todos fallecidos, del dueño de la vivienda donde se hizo, así me lo hizo ver, al menos de primera impresión.

Y ya que el anfitrión es un hijo de Obatalá, ferviente creyente de un culto de origen africano, fue debidamente autorizado por su padrino para poder celebrar tal ceremonia que se le aleja un tanto de ritos netamente yorubas y reglas de su creencia..

Me pidió discreción acerca de su identidad, no por ocultar su credo, que todos conocen en su entorno, ni porque temiera infringir algún precepto o mandamiento, sino debido al resguardo de la intimidad y la memoria de sus amados progenitores, a cuyos espíritus estaba dedicado el toque en lo fundamental. A pesar de la contagiosa sonoridad que más tarde casi estalló, todo allí fue fervor, respeto y si se quiere comedimiento.

Sí, porque aunque decir Toqué de cajón puede sonar tremendamente africano –y vaya si suenan así tales tambores o cajones!-, la sencilla ceremonia entronca bastante con el espiritismo, aunque aclaramos que no pertenece al espiritismo de cordón tan extendido en Cuba desde sus núcleos fuertes en el Oriente del país. Pero de eso hablaremos otro día.

“Escuche, ni una misa ni un bembé, la palabra definitiva es toque”, me aclaró uno de los dos encargados de hacer sonar los cajones.

Una descripción somera del pequeño altar erigido en la sala: Al centro una magnífica cruz artesanal y tallada en sencillos filigranas,  con la imagen de Jesús, no crucificado, sino con el rostro glorioso y plácido. A los lados, un pequeño busto en madera de un haitiano, tal vez como símbolos de otras creencias, pero acerca de su significado la explicación que me dieron fue algo críptica y no me quedó definido si podía evocar al famoso “muerto” que se le monta o sube a determinados mediounidad. Allí eso no se vio, aunque no se descarta que en otras ceremonias similares ocurra.

Un búcaro con girasoles, las flores de la Virgen de la Caridad o Oshún, la patrona de Cuba, pero también altamente estimada en toda la cosmogonía africana. A la izquierda, una pequeña figura vestida de azul representaba a Yemayá o la Virgen de Regla, que había celebrado su día el pasado 24 de septiembre, otra deidad con gran poder de convocatoria y adhesión entre los creyentes cubanos.

Una gran profusión de fotos de los padres y homenajeados por el toque cubría las paredes, junto a imágenes del dueño de la casa. Antes de empezar, los contados invitados al trance se purificaron con gotas de un agua bendita colocada en un recipiente frente al crucifijo del Señor. Esto lo hicieron ellos mismos, pasando uno a uno, frente al centro del altar y haciendo la maniobra con gran respeto.

Luego, el jefe del grupo musical que oficiaría por decirlo de otra manera ese toque, dijo la oración cristiana del Padre Nuestro, la cual fue ratificada o respaldada como todo buen católico haría, digo yo. Se invocaron los nombres de los sagrados espíritus a homenajear, los de los muertos y también de algunos los vivos.

”Porque usted y yo, aunque estamos vivos, y todos los que estamos aquí también, tenemos espíritus”, me dijo Juan Manuel Montoto, a cargo de la ceremonia y director del grupo de cantos espirituales Nsila Cheche, afiliado a la empresa Antonio María Romeu, del sector cultural cubano.La agrupación ya tiene un notable trayecto especializado en tales cánticos, con excelente factura por el ritmo y el empaste de sus voces.

Nsila Cheche, cuyo nombre quiere decir camino bueno, tiene en su totalidad 17 integrantes, cuatro cantantes, de los cuales su voz líder es Humberto Riaña, de impresionante tesitura, y cuatro bailarines. En ese momento había allí dos repicadores de cajón, Riaña, una corista, un bailarín y alguien con las claves.

Allí hubo música en forma de rumba pura o guaguancó, cantos de letra  no romántica o referidos al amor de pareja, se oyeron en español, con algunas palabras intercaladas en lengua yoruba.

 Una gran energía y fervor emanaba de esa música, bailada en general por todos, pero de una manera distinta a lo usual. Movimientos vigorosos sí, sobre todo con los brazos y debido al desplazamiento de los bailarines, pero no había sensualidad ni nada que sugiriera erotismo y contoneo de caderas.

Después de numerosas interpretaciones alusivas a orishas y a personajes de la vida cotidiana acrisolados en la cultura de origen africano, la ceremonia terminó con el despojo o santiguado del dueño de la casa, quien encargó el Toque, por supuesto. El agua “contaminada” con las posibles malas influencias de algunos espíritus fue sacada de la casa, purificada con flores y vertida fuera del hogar, para que los elementos dieran cuenta.

En sentido general, muy grosso modo, así vio ese Toque de cajón una persona no iniciada.

Muy bellos y magnéticos sonaron los cantos espirituales de Nsila Cheche aquella tarde fervorosa en que Jesús y los orishas se mezclaron con cierto candor y buena fe. La hospitalidad del anfitrión se coronó con una abundante cena de comida criolla, muy a gusto de los comensales, antes gratificados por la espiritualidad y los credos y la presencia discreta del ron cubano.