Heroes del silencio

Mª Victoria Páez | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Seis treinta de la mañana, y, como la muñeca, vestida de azul, pero con franjas fluorescentes atravesando los pantalones : un día más veinticuatro horas de guardia, sin apenas tiempo de comer, con posibilidades remotas de dormir y ni siquiera poder descalzarse diez minutos. A las seis treinta del día siguiente su aspecto sería distinto: Sudada, despeinada, dolorida, desprendiendo café por los poros. Llegó puntual a dar su relevo, y, a partir de ahí, comenzó su vorágine, en el ordenador:

– Pérez Fernandez….. dolor abdominal de cuatro días
– López López…………. Odontalgia
– Garcia Prieto………… Niño de dos años con otalgia

No comprendía por qué aquello eran “urgencias”….pero arrancó, antes de que comenzaran las protestas del que llevaba cuatro días con dolor. Entre medio de aquel popurrí el teléfono: Buenos días doctora, soy Carla de Málaga: Carretera Nacional 340, dirección Málaga……Otro latigazo cervical que buscaba indemnización, bien montado..6000- 7000 euros. Cuando los días se presentaban tontos, el ambiente se caldeaba: mal pagados, faltos de personal, agobiados de horas extras…. para andar sobrellevando “ lo que el usuario creía una urgencia”, la conversación siempre terminaba en el mismo punto: “ Esto pasa por regalar tanto. Si costara al menos 3 eurillos, cesaría el abuso” En ese momento llegó la celadora a buscarla: “ Doctora, acaba de llegar un señor que dice que no respira bien. Está tranquilo, pero yo lo veo moradito” Se sacudió las migas del pantalón de lo que había sido su cena en diez minutos, de un catering que no estaba mal, y se dirigió a llamarlo… sólo precisó mirarlo: aquello si era una urgencia.

Cuestión de años…. Electrocardiograma y bingo…. Aquel hombre tenía su corazón a tal velocidad que le era imposible mantenerlo en pie, comenzó a dar ordenes : un suero con.., una mascarilla que.. Mientras ese suero hacía su trabajo , ella siguió con el suyo: Marcos, 2 años, mocos. Se armó de paciencia y entro Marcos por la puerta de su consulta, con unos ojos verdes que no le cabían en la cara. Tenía don para los niños, así que con Marcos en su
terreno le exploró hasta el último ganglio. Cuando terminó la consulta, con su palito y su guante en la mano, esos ojos verdes se volvieron a mirarla: “ Adiós guapa”, y le lanzó un beso al aire.

Se derritió, su cerebro se relajó y comprendió : ella era un héroe, pero un héroe del silencio. No quería medallas, ni condecoraciones, ni salir en los medios. Le bastaba una sonrisa de un anciano, un beso de un chiquillo. Se daba por satisfecha. Y como ella cuantos habría por ahí: ese médico de ambulancia que asistía un accidente de trafico un día lluvioso, ese Guardia Civil muerto a tiros por un ladrón de poca monta, eses policía nacional que aguantaba una tarde de calabozos sin rechistar. Esos eran los Héroes del Silencio : Bumburi y su “ Maldito Duende” llegarían detras