Desde Rusia con amor

 

Mª Victoria Páez | Sergio Berrocal Jr.

No soportaba a aquel tipo del Ayuntamiento, y eso que sólo habían hablado por teléfono, pero la ponía de los nervios: “Prepare las actualizaciones de los archivos de temperatura”, “No olvide solicitar los packs de gráficas térmicas”….bla, bla, bla. Y hoy, precisamente hoy, tenía que pasarse a comprobarlo todo. ¡Un año esperando los cuadros del Hermitage!¡ Un año! ¡Doce camiones rusos cargados de cuadros de un infinito valor en las Pedrizas! ¡ Doce camiones en plena sierra de Málaga!¡ Y el colega del Ayuntamiento tenía que ir hoy, precisamente hoy , a comprobar las instalaciones! Y no sólo eso : ¡ Había mandado a todos los periodistas del mundo a la puerta del Museo de la Tabacalera “para cubrir el evento” ¡…. Carajo…el evento sería el día de la inauguración; ella necesitaba paz y concentración aquella mañana; necesitaba mirar cada esquina que bajaba de Rusia, cada canto que tocaba un camionero, cada guante que se ponía un operario en la descarga.

Se alisaba la bata impecablemente blanca y re planchada para la ocasión, quitándose una pelusilla de la manga, cuando escuchó a sus espaldas: “ ¿ Doctora Gutierrez?¿ Es usted?. Soy Juan López, el de la Concejalía de Cultura”De un respingo salió de su mundo y se giró sobre sus talones. Lo miró…. ¡si las miradas matasen!

– Buenas tardes – contestó gélida, con la pelusilla todavía en las manos- Soy yo a quien busca. Encantada – sonó muchísimo peor de lo que había pensado entre sus múltiples conversaciones telefónicas.

Cuando consiguió fijar la mirada, sin la ira infernal que la dominaba, se encontró un hombre de cara amable, con sonrisa tímida y verdes, unos inmensos ojos verdes. Se había quedado estupefacta, cara a cara con aquel…como era ¿ López?, en el momento en que empezaron a percibirse las sirenas de las motocicletas de la Policía Local. Llegaba la caravana de cuadros rusos, desplegándose en toda su inmensidad, bloqueando calles, obviando distancias.

Estaba un poquito trastornada, con tanta sirena, tanto camión, tanto ruido y aquellos ojos verdes, realmente, era lo que no tenía programado, EL VERDE.En 5 minutos se había bajado de un coche diplomático el cónsul ruso y su traductor, con un precioso maletín de piel: altos ambos, rubios y de ojos… azules. Se volvió a mirar ¿¿¿¿aaaaaa?????….¿ Martinez?…….no, López, eso, López. Efectivamente,verdes, sus ojos eran verdes…qué sensación tan extraña. Pasaron todos al despacho principal, para poner las últimas firmas en el papeleo. López la seguía en silencio, casi invisible detrás de aquellos rusos tan inmensos, pero, aún así, podía notar los ojos verdes clavados en su espalda.

Tras las firmas de rigor, empezó la acción: uno a uno los cuadros eran bajados , con extremado mimo, de su respectivo camión; pasaban a la sala central del Museo de la Tabacalera. Se encargaba, personalmente, de revisar todas las esquinas, ella, Lola Gutiérrez, Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Málaga….. y , mientrasella miraba envoltorios, allí estaba Fernández…¡ nooooo!…. López, perdido en sus gráficas térmicas del museo como si en ello pusiera la vida.

Cada vez que los ojos verdes de López la miraban, ella lo sabía, notaba una taladradora en su espalda. ¡Qué tontería ¡ A sus años! ¿ Por qué la miraba aquel tipejo? ¿ Sería un infiltrado del Ayuntamiento?¿ Tal vez de la Concejalía?. Ella era una mujer extremadamente escrupulosa, la presencia de aquellos ojos verdes hacían que la pulcritud fuera extrema.

Así estuvo hasta las diez de la noche, cuando, después de cientos de esquinas y precintos, decidieron que la jornada laboral había terminado. Allí seguía López, que una vez “requetevisadas” las gráficas, se decidió a ayudar en la comprobación de esquinas y marcos:

Doctora, si me lo permite, la invito a tomar algo. No me mal interprete, por Dios. En nombre del Excelentísimo Alcalde de Málaga, y de la ciudad entera, es mi obligación que usted vaya a cenar antes de irse a casa. Lleva aquí catorce horas, mañana serán otras tantas… ¡qué menos!

Aceptó sin reservas, se dio cuenta de que estaba cansada, hambrienta, sedienta…y sólo quería llegar a casa y dormir, era evidente que no cenaría y a las tres de la mañana la despertaría el hambre:

Gracias a todo el Ayuntamiento, de corazón…pero algo corto y rápido. Estoy Así será doctora – contestó López con sus ojos verdes, que tanto la inquietaban- vamos al chino de calle Pidieron lo que Domínguez..noooo…. López quiso. Lola estaba demasiado cansada, aunque, inconscientemente, miraba las esquinas de los cuadros del restaurante.

Cansada hasta que Juán (por fin recordaba algo), se decidió, con sus ojos verdes, a comenzar su monólogo. Empezó por su trabajo en el Ayuntamiento y del cómo se vio coleccionando gráficas térmicas, siendo ingeniero naval; de cómo su vida había girado por el mundo entero, para que, harto de tantas vueltas y desengaños prefiriera el papeleo esclavizador a la libertad del mar, lo único que quiso conservar del salitre fue su cercanía a un puerto, por eso Málaga.

Ya se había enterado, en medio de su cansancio, que López no era funcionario, de ningún tipo; estaba allí por casualidad, por “cambiar de aires”, después de sus problemas personales.

López no quiso contar más, Lola Gutiérrez tampoco tenía ganas de escuchar. Comenzaron con los rollitos de primavera, y, a la altura de l” lichis con nata “, se habían bebido “no se cuantas cervezas y taitantos licores de yoquesé”; se reían, Lola hacía años que no recordaba tantas carcajadas juntas, aunque no sabía por qué , si por las ocurrencias de Juán o por lo nerviosa que la ponían aquellos ojos verdes.

Aquel hombre silencioso era un saco en el que se mezclaba la ternura, el sarcasmo, la melancolía, la educación clásica, la caballerosidad, el machismo puro…. Y muchas, muchas cosas, que hacía tiempo que no veía.

Por eso, por esa falta de todo, Lola se había dedicado a los cuadros y no se fiaba de nadie. Le habían roto el corazón un par de veces, sabía que eran hombres “sin importancia”, pero se lo habían roto…. Los cuadros no rompían nada, al revés, siempre restauraban el alma.

Por eso le seguía las gracias a López, Juán López, ingeniero naval, que difícil recordar algo tan simple… sería el cansancio… o saber lo que le esperaba al día siguiente. Como un caballero, o en nombre del Ayuntamiento, Juán ( porque ya sabía que era Juán, después de llamarlo 20 veces por otro nombre,¡ qué vergüenza por Dios!), la acompañó a casa…y, educadamente, en el portal de Lola se despidió:

“ En nombre del Excelentísimo Ayuntamiento y de toda la Corporación Municipal de Málaga, gracias Doctora, es un honor que forme parte del crecimiento de nuestra ciudad”. Lola arrancó a reir delante de aquello ojos verdes que la miraban ojipláticos, y con un descaro del que ella misma se sorprendió , le soltó:

López, estoy muy, muy cansada, así que no se lo repetiré dos veces: ¿ Quiere usted subir?

Juan tenía una taza de café en las manos, cuando vio amanecer en la bahía de Málaga.La terraza de Lola tenía a sus pies las Playas de la Misericordia; recordó que, precisamente por eso se había quedado en aquella ciudad. Meditó un segundo: ¿ aquello era cierto u otra burla de su cerebro mal herido?. Se asomó por una de las ventanas que daban a aquella terraza silenciosa: allí estaba Lola, dormida profundamente, bocabajo, con las sábanas hechas un lio entre las piernas y la espalda desnuda.

Evidentemente, aquello, no era una burla de sus lábiles pensamientos .Lola se lo propuso y el no vaciló: en menos de 5 minutos estaban en la ducha con la ropa puesta, de allí a la cama… y de la cama al café mirando a la bahía.Juan inspeccionaba cada rincón de la casa con sus inmensos ojos verdes, curioso, místico, buscando a todo un por qué, intentando encontrar una explicación para lo que había pasado. No quería hacer ruido, no quería despertar a Lola, le esperaba otra jornada de, al menos 14 horas. El había manejado su insomnio un poco mejor que de costumbre, 5 horas de sueño y “ sin pastillas”: Lola había sido mano de santo para su espíritu inquieto. Se volvió a tumbar a su lado, despacio, para no romper la magia; estuvo mirándola hasta que el sol acarició la espalda de ella; fue entonces cuando le susurró al oído:

Buenos días Doctora Gutiérrez, el café : ¿sólo o con leche?, ¿en taza o en jarra?, ¿ cuánta azúcar debo ponerle?. Lola levantó la cabeza somnolienta y se topó con los inmensos ojos verdes de Juan, sonrió : Café con leche, por favor. Templado, con una cucharada de azúcar, pero que esté fuerte, por favor. Muy

Juan se levanto de un salto, apresurándose a cumplir los deseos de Lola: Señor López – dijo alzando la voz y pasando un brazo por su cintura- Deme un segundo por Lola y Juan volvieron a hacerse un lio entre las sábanas.

Entraron juntos al Museo de la Tabacalera. Lo que el Hermitage había unido, que no lo separara el Ayuntamiento. Fueron dos meses de jornadas maratonianas de 14 horas. La vida de ambos era una locura: rusos, cuadros, paredes perfectamente niveladas, registros puntillosos, nombres de pintores en marquitos de metacrilato, folletos para visitantes…. Y en medio de todo, los ojos verdes de Juan, que admiraban la resolución de Lola, su Lola, en aquella exposición mastodóntica.

Y, al terminar la jornada, a casa ,juntos, a disfrutar de la bahía más bella del sur de España.Ninguno de los dos era ya un extraño para el otro y Juan se sentía en su casa; tal vez, es que los brazos de ella, cuando le rodeaban el cuello, eran el hogar que siempre había necesitado. Se habían terminado de un golpe, el insomnio , las noches de pesadillas y terrores oscuros, los domingos infinitos que tanto odiaba. No, no podía olvidar su vida anterior, pero allí, en aquel sofá , parecía que nada de lo anterior había pasado.

La intranquilidad que lo llevó a abandonar el mar ya no existía, la sensación de culpabilidad tampoco, el interés en la autodestrucción ni lo recordaba. Ella portaba la serenidad que él tanto tardó en encontrar, y no por qué no la buscara. Se aproximaba la gran noche. Lola Gutiérrez estaba cada vez más cansada y más pálida. El estrés siempre le jugaba esa mala pasada; pero esta vez la cosa iba demasiado lejos: mareos, nauseas…. Si no peinara los 50 , pensaría que estaba embarazada.

Así llego al 15 de marzo, el gran día, la presentación de la Exposición Rusia en Málaga : Lola estaba bellísima… bellísima y atacada. Juan la inspeccionaba con su mirada verde, entre divertido y preocupado : cada día estaba más pálida

  • Lola ¿cuándo vas a pasar por el médico?
  • Después de la Inauguración.
  • Lola mujer, tienes muy mala

Ese era el final de todas las conversaciones, ¡ con lo qué ella odiaba que la machacaran!: Era mayorcita, todo se pasaría cuando los “ peces gordos” se marcharan aquella noche y la exposición quedara definitivamente inagurada.

Empezaron a llegar los coches oficiales: Lola, Juan y el resto de los trabajadores del Museo de la Tabacalera, allí plantados con sus mejores galas.Los rusos, el Alcalde, La Presidenta de la Junta, el Ministro de Cultura… y Lola cada vez más pálida. Sonrisas falsas, palmaditas en la espalda. Tenía delante al Embajador de Rusia en España, cuando todo se volvió oscuro. Ella no veía nada. Fue al suelo de un golpe, inconsciente y totalmente blanca.Recuperó el conocimiento en el Hospital Universitario, en una camilla alta. Juan a su lado, con sus ojos verdes como platos, contando las gotas del suero, por si se acababan. Entonces escuchó su pregunta : ¿ Y los cuadros? Juan se volvió y soltó una carcajada:

Todos en su sitio chiquilla, tranquila, que nadie se va a llevar

Cerró los ojos más tranquila, y, de pronto, algo la sobresaltó y la sentó en la cama: Juan ¿ dónde estamos?… ya se que es el hospital… ¿que hacemos en ginecología?… ¿me estoy muriendo?… ¿ dónde tengo el cáncer?A Juan le brillaron los ojos verdes mientras soltaba una carcajada sonora:

  • Lolilla: ¡ que no te mueres ¡¡ estás embarazada!
  • ¡ Qué dices Juan! ¡ Yo ya no puedo!

Metió la mano en su bolsillo derecho y sacó un papel oscuro: Toma Lolilla, es para ti, aquí las tienes: estás de 16 semanas. Son dos niñas.

Dice la doctora que perfectas y sanas….¡ tú y tu menopausia!

Con la ecografía en la mano, cayó de espaldas mientras reía o lloraba:

¿ Qué hacemos ahora Juan?  Pues que vamos a hacer criarlas; que la doctora me ha dicho que , con suerte, las chiquillas traerán estos OJOS VERDES, que a ti tanto te agradan