Un mollete para Hemingway

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuentan los cuentistas que saben que durante unos años de sus correrías por el mundo donde podían pasa cosas, donde a lo mejor no pasaba nada pero él sospechaba que podía escribir alguna historia, Ernest Hemingway hizo escala en París y todas las mañana salía del piso que alquilaba en la Rue Mouffetard por encima de la artística y coloreada cabeza de cerdo de un carnicero para dirigirse al mismo café donde le esperaba un desayuno de trabajo. No es que allí estuviesen aguardándoles otros locos de la escritura.  El único asistente a aquella reunión matutina, con el serrín rastreando todos los rincones, era él solo, solito, solo, sin más alma que la suya ni más razón de ser que él mismo, frente a un tazón de café au lait y unos croisanes. En realidad nadie sabe qué desayunaba pero tocaba contar algo. No es imposible que agregase a su tente en pie unas sabrosas rodajas de aquellos pedazos de cerdos bien aliñados que el dueño traía regularmente de su Bretaña natal.

Mientras le patrón, patrones llamaban en las tascas francesas a los propietarios del lugar, preparaba el lujurioso desayuno, él se ponía a sacarle punta a los lápices que siempre le acompañaban para preparar la jornada. No hay pruebas de que durante el desayuno, pegado a la estufa de carbón cuando el tiempo lo exigía, sacase adelante un cuento ya listo para mandar pero sí que tomaba muchísimas notas. Esa manía de los anglosajones con los lápices a los que hay que sacarles punta cuando precisamente ibas a escribir aquella frase que hubiese podido ser inmortal…

Después de muchos años en los que yo estuve sometido al desayuno de café au lait y croissant o baguette con mantequilla, en España volví a descubrir el pan de los panes, el auténtico pellizco que linda con el orgasmo gustativo cuando el pan de mollete se introduce en la boca una vez bañado en café, baño prolongado como el de una relación entre un hombre y una mujer en una bañera de patas retorcidas. No es de por sí el gusto que la mezcla de aceite y miga produce en el paladar. Es tan difícil de evaluar como el pene en el interior de una vagina ansiosa. Como la sensación litigiosa de la boca divina que rodea el complemento del coito. Como la boca ansiosa que busca el clítoris.

Hewimgway no era un hombre excesivamente dado a la fantasía sexual. En sus libros, como en el de otros escritores norteamericanos salvo quizá los de Henri Miller o AnaIs Nim, el sexo eran vuelos de palabras y aunque para algunos de ellos el acto sexual fuese sin equívoco siempre seguía el camino de la castidad monacal o más bien presbiteriana. A ninguno de ellos se les ocurría escenificar otra Leda y otro Cisne. Eran tímidos, todos menos Henri Miller que fue prohibido porque, como después haría Bukowski sin escatimar en adjetivos y en imágenes inventadas con el lápiz al que había sacado punta, el sexo era para él un interminable juego divino, necesario, que no le paraba ni le provocaba crisis de puritanismo. O como Anais Nim, a la que no le importaba ir más allá de lo que la imaginación más atrevida permitía. Hacer el amor con su padre enamorado y guardar el semen, el semen del padre entiendan bien, como si fuese una reliquia.

Descubro que me he perdido en mi intención de demostrar que el mollete bien bañado en aceite de oliva virgen y extra puede ser sexo puto. Pero el problema es que si el aceite necesario para mi experimentación tiene que estar virgen, virgísimo, sin la menor sospecha de haber usado por otro mozo o moza, porque el aceite no tiene sexo y la aceituna negra, por ser la elegida como aceituna de tabla y estar perseguida por Donald Trump con un abusivo arancel sea quizá la más próxima al sexo femenino.

Esto podría explicar por qué Trump se ha fijado en la aceituna negra y no en ninguna variedad de verde para castigarla.

Pero, claro, el mollete se toma con aceite refinado pero, ¿cómo creer en la buena fe del mercader que te ha vendido un millón de litros salidos del refinado de la aceituna verde? ¿Quién nos dice que una parte de esa mercancía no lleva un considerable número de aceitunas verdes (machos) liadas, quiero decir ligadas, mezcladas (negras, supuestamente femeninas)? Ahí entraríamos en debates de bioquímica de reproducción, arduos come cocos relativos a los sexos. ¿Qué influencia tendrían cien litros de zumo de aceituna negra con doscientos de aceitunas verdes? Mis teorías sobre las excelencias del mollete con aceite podrían sufrir un trastorno grave? Habría que reunir a judíos especializados en los alimentos kocher, árabes que no consuman más que halal y cristianos que comen cualquier porquería.

Y ya metidos en estos extremosos extremos, el pan de mollete es fabricado con harina, lo mismo que los otros panes, salvo cuando se trata de trigo y otros elementos. ¿Alteraría la virilidad del aceite necesario para la fórmula mágica del mollete si los empapamos con ese aceite que no sabemos de qué sexo es exactamente?

¿Cabría acaso la posibilidad, por remota que pudiese ser, que obtuviésemos una mezcolanza que sería en este alimento una especie de gay?

¿Y cómo Hemingway hubiese podido ingerir alimentos gays, él que era tan macho?

-Camarero, el señor no tomará mollete, es alérgico al aceite.