Ni Ulises aguantó

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Si yo me hubiese pasado la vida creyendo en una quimera llamada revolución, un Potemkine cualquier, en algo o en alguien, y que de pronto, sin previo aviso, sin siquiera gritar ahí va eso,  una pandilla de gandules me quitase las ilusiones, tiraba para la primera Sierra Maestra que encontrase por el camino. El mundo, señores y señoras, aunque bailemos el cha cha chá o la salsa gallega, hasta el tango de la muerte, el que nunca se inventó porque ya estaba todo enterrado y finiquitado, es una estudiada porquería de todos los colores, signos monetarios y tremebunda ensalada de signos políticos y de doctrinas de lo más variopinto. Y ni siquiera nos queda la fuerza, porque nos la han arrancado a tarascadas los traidores de todos los bandos, de todas las banderas, de todas las creencias.

Y ni siquiera queda la fuerza, la voluntad o el valor de hacernos guerrilleros, porque ya no se lleva, no está a la moda, ya pasó el tiempo de las revoluciones, se acabó el soñar, que es mucho más rentable tener pesadillas que ni Lacan o Freud podrían torear con ellas.

No se han respetado nuestras más íntimas y atrevidas, socavadas, angustiosas ilusiones ni nuestros más doloridos sueños conseguidos con el esfuerzo de la farmacopea más avanzada.

El mundo ya no es de los héroes, ya no se lee las cosas de Ulises porque lo único que queda de su viaje de veinte años buscando algo que no sabía que era, tal vez la vida, el sueño perdido en la alcoba de la bruja maravillosa que lo retuvo y retuvo hasta no poder más retener. Ulises ha muerto, aunque no haya existido, aunque sea un cuento griego para predicar la aventura como moda de santificación.

Ulises desapareció y aparecieron los predicadores que se iban a llevar la palabra que nos salvaría a todos y que acabaron crucificados entre dos ladrones, veinte, cien mil ladrones, que de eso no falta, que de eso tenemos las calles llenas.

Ahora los señores ladrones, con traje de Armani en el que la arruga ya no es bella, pero sí la ligereza efímera, de sueño de una noche de verano, están en los lugares más afamados, en los yates que ya no se ven ni en las películas. (El último yate que pasé un rato, eso sí con una estrella maravillosa del cinematógrafo, Patricia Wymore, pertenecía a Errol Flynn y eso ocurría en Tánger en tiempos de los proyectos y de las ilusiones).

Tánger Internacional se acabó, Errol Flynn se acabó y probablemente aquel yate maravilloso, estará en la colección de alguno de esos ladrones de altos vuelos, que ni inventados por Agatha Christie y su querido Hercule Poirot, navegando en mares de champán francés, porque ellos son así, generosos con lo ajeno.

Ya ni te puedes fiar de esas lujosas y carísimas estilográficas encontrada por un explorador de Ernest Hemingway en un Monte Blanco de un África donde las palmeras han sido cortadas para hacer parkings.

Hemos entrado en la era del yo no sé pero esto se va al carajo y quítense de en medio porque si les atropello no tengo siquiera el seguro del Rolls que me regalo mi primo el traficante de armas, que no sabe ni leer ni escribir, para eso estoy yo, para escribirle sus novelas, sus cartas de amor, sus cartas al banco y lo que el hombre mande.

El encantador FMI (Fondo Monetario Internacional, encargado de que nadie se mueva) dice que todo no va tan bien como creen algunos especialistas de la cosa monetaria y los mismos que provocaron la catástrofe económica de hace diez años y nos hundieron en el volcán de la desilusión, no el de Malcolm Lowry, con el que todavía podías hacerte ilusiones aunque no demasiadas, dicen que no nos preocupemos, ya los banqueros no se arrojan desesperados por sus ventanas que no se abren. Eso se queda para el ahorrista, el que no tiene más duros que los que quiere concederle su banco.

Si yo fuera presidente contra la conjura mundial que nos lleva al desasosiego, a los patios de Sevilla donde por unas perras, hace mil años pero era, te servían unos vasitos de manzanilla y unos gitanos te bailaban y cantaban lo que les daba la gana porque tú, por supuesto, no entendían nada pero tenían dólares por un tubo.

He preguntado si me podrían dar algunos electrochoques como los que les recetaban a Jack Nicholson metido estúpidamente en un nido de cucos locos para resetearle el cerebro, que según las normas sociales de aquellos tiempos de macartismo lo tenía a la izquierda del FBI y me han dicho que ni hablar que eso estaba reservado para la elite intelectual, para la gente -que pensaba y se malograba pensando.

“Ahora amiguito –me dijo el venerable mandarín de la China Occidental, de cuando Ava Gardner se entregaba al último emperador—usted presume de pensar pero es un farsante porque no piensa. Si quiere podemos administrarle nuestro chicle con longaniza y regaliz, todo por vía intravenosa. Le quedará una piel de lagarto vendido exclusivamente en la boutique de Dior Avenue Montaigne, París, y algún antibiótico para limpiarle el cerebro. Y le dejaremos como nuevo. Lo habremos reseteado”

Ante tanta majadería volví a ver la película del cuco y del nido y me tomé una horchata de chufa y un bocadillo serrano con jamón, queso y lagartijas vendidas exclusivamente en las mejores tiendas de primores musculares entretenidas por un cubano majareta llegado de Sierra Maestra. Él también se había vuelto loco, pero todavía no lo sabía porque bailaba el cha cha chá, no como aquella Patricia traidora que dejó de mover las caderas cuando le dio la gana de la suerte.