Regreso a Nostalgia City

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Parece que no han pasado los días pero las noches, noches siniestras de las que meten miedo en cuanto se apagan las últimas farolas, han sido suficientemente largas para que el tiempo se haya detenido en Nostalgia City. Hace tantos años, aunque quizá hayan sido siglos o más los que se cuentan en las lápidas del cementerio. Hubo una civilización ordenada, niños, padres, hermanos, primos, viejos y jóvenes. Pero de pronto, dicen los más observadores que el fenómeno se produjo un atardecer de  octubre cuando el sol ya se iba las cosa cambiaron sin previo aviso.

Al siguiente amanecer la gente había envejecido de forma uniforme. Niños, mozos y veinteañeros se convirtieron de pronto en viejos achacosos que no salían a la calle sin una gancha, otros con un carrito. Sólo las mujeres no envejecieron. Siguió habiendo mozas, niñas, mujeres cuarentonas, viejas. Un lugar llamado pueblo que conoció alegrías y desesperaciones. Cuando tú volviste no entendiste nada y encontraste menos, o mejor dicho tampoco hallaste nada de lo que habías dejado una noche o una tarde de verano en la mesa de un bar pringosa.

Lo perdiste aquella noche misma o quizá fuese a la mañana siguiente. Nada menos que perdiste la esperanza, ese poder primitivo que debemos de tener todos. Eran las grandes ilusiones dela justicia que se vinieron abajo cuando la Autoridad ordenó y mandó por via de fusiles en batería que se echaran abajo todos los recuerdos que en cien años habían construido la gente del pueblo. Eran figuras de barro, de arcilla, de bronce y todas representaban la vida vivida y la que cada cual quería vivir.

Había unos ojos verdes que correteaban por la acera ya queriendo parecerse a una mujer envenenadora de conquista y de pasión. Primeros esbozos, primeros estallidos de los primeros amores que aparecieron de pronto, como un capullo de jazmín. Y la Autoridad, viendo que aquello podía dar lugar a desórdenes o a ordenados desórdenes, los mandó echar abajo con una máquina cuya alegría, y ella se jactaba de ello, era destruir. Y cuando lo había conseguido soltaba unas risotadas humanas.

El lugar de la acera de los primeros pasos de los niños, de los primeros e inocentes intentos de seducción de mujercitas, la Autoridad la destruyó como posible mal ejemplo que podría extenderse a la población y provocar desórdenes y hasta la muerte del Orden Nuevo. Entonces, el  Alcalde, elegido porque había nacido a los cinco meses y medio, mandó destruir las casas de las aceras y construyó un parquin para coches inexistentes. Era un cementerio de cosas porque él estaba contento.

Vuelves a Nostalgia City y te acuerdas de aquel bar donde se comían las salchichas más deliciosas del mundo, todavía más ricas que las que fabricaba mi padre, declaró un día la actriz Jean Seberg, antes de que la CIA, siempre enfadada por todo, decidiera que era una malísima, funesta ciudadana norteamericana, y que no merecía seguir degustando aquel manjar.

A ella la encontraron muerta en su cochecito aparcado en una calle de París. Y cuando tú volviste a Nostalgia City comprobaste que la salchichería había sido convertida, transformada. Ya no se vendía ningún producto comestible. Había en la puerta un cartelón feo para dar miedo,  diciendo que allí fungía una psicóloga diplomada. Todos pensaron que era una broma. ¿Porque, cómo comedores de salchichas condimentadas con mostaza con granos de mostaza negra iban a querer ponerse en las manos de una psicóloga en lugar de partirse de risa masticando una sonrisa?

Don Anselmo, el último maestro del pueblo, que acababa de ser puesto en libertad por la Autoridad, meneó la cabeza muy cabizbajo, tanto que tuvieron que recogerle el sombrero para que no se lo llevara la tormenta del Oeste que acababa de llegar en Miami en un paquete enviado a Paquita la churrera, y dijo que un pueblo que abandona la salchicha y la consabida cerveza de acompañamiento o el vino de desesperación para ponerse en manos de una psicóloga está al borde de la destrucción.

En la plaza del pueblo todavía nadie se había atrevido a arrancar el torero sin cabeza, manera de expresarse del eximio Miguel Berrocal, y los bancos se movían peligrosamente en cuanto te sentabas. Ni siquiera la Autoridad, porque era supersticiosa. Ya decía que los habitantes de las casas que él había ordenado destruir hasta que no quedase mijita se le aparecían de noche y querían tirarlo por el balcón de su casa palaciega.

Dijo también que ya no recibía correo, aunque mandó cambiar diez veces en seis días a los encargados del reparto postal. Al último le fusiló él mismo porque se atrevió a replicarle: “Autoridad. Un escritor colombiano escribió una novela titulada El coronel no tiene quien le escriba. Y a la mejor usted es coronel y no lo sabe, porque como es Usía tan poderoso”.

Usía mandó clavar el cuerpo del cartero por un día en el monumento del torero.