Cuba y los por qué

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Nos juntamos, como era habitual en aquellos años, para hacer lo que hacen los periodistas de cualquier parte del planeta: teorizar, augurar y especular sobre la marcha del país, en fin, una manera profesional de perder el tiempo o de “comer mierda”, como diría mi media naranja. Pero como estábamos en La Habana y más que colegas éramos amigos, el intercambio devino jolgorio, hasta que alguien se percató de que todos los reunidos teníamos uno o más de un hijo viviendo en otras partes y entonces, jugueteando con la tragedia, creamos la APA, Asociación de Padres Abandonados. Surgió entre risas, brotó entre esos desgarramientos que uno trata de ocultar y de haber optado por la seriedad de inscribirla oficialmente, sin dudas la asociación de vástagos migrantes estaría hoy entre las ONG más nutridas de la isla. Pasaron los días y fui invitado a una conferencia de prensa, en la que especialistas hablarían de las tendencias e inquietudes de la juventud cubana y sin pensarlo mucho me dispuse a asistir con una sola pregunta en el disparador. Exponía el resultado de las investigaciones una dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas, que después ascendería en la pirámide del poder hasta que un buen día desapareció de la vida pública. Hablaba de las virtudes de la juventud, de los daños creados por la tenebrosa crisis de los años 90 del siglo pasado, y cuando llegó mi turno pregunté: ¿Por qué hay tantos universitarios que emigran, qué dicen sus investigaciones al respecto?

Eran tiempos en los que la prensa extranjera acreditada era invitada a esos encuentros –incluso a sesiones del parlamento unicameral- y cuando lancé mi indagatoria, la primera reacción de la que hablaba fue virarse hacia la persona que tenía a su lado en la presidencia para preguntar: “¿y este quién es?”. Respondida su inquietud, la dama no se sintió aludida por la pregunta y recomenzó la retórica de las virtudes hasta que de soslayo, mirándome desde su altura, dijo algo así como que lo indagado no era tema de la conferencia, aunque la migración de universitarios no constituía un problema. Terminó la reunión y al salir otro funcionario se me acercó y dijo casi al oído, “el por qué tuyo cayó muy mal”.

Han pasado algunos años y los por qué siguen molestando, quedando sin respuestas convincentes, sembrando suspicacias, cayéndoles muy mal a los burócratas. Pero los tiempos cambian, ya son más de un millón los cubanos vinculados a los sectores privado y cooperativo, y esa pregunta va resultando cotidiana. Por qué no se cumplen los contratos de trabajo, por qué si el gobierno admite la necesidad de esos actores se les sigue limitando el desarrollo, por qué no pueden exportar e importar directamente.

Soy de los que piensa que la cultura del debate es endeble aquí, si es que existió alguna vez, pero al seguir las deliberaciones por barrios del proyecto de nueva Constitución -será aprobado en referendo en 2019-, he constatado el resurgir de los por qué, sobre todo entre los más jóvenes, y eso dispara esperanzas, pese a que de inmediato no resuelva el montón de agobios de la nación. Estas han sido algunas de las preguntas encerradas en forma de propuestas:  Por qué no elegir mediante voto directo y secreto al próximo Presidente de la República; por qué no establecer en blanco y negro el derecho de los cubanos a invertir en el desarrollo económico del país; por qué no disponer de un mecanismo institucional que supervise el cumplimiento de la futura Constitución, para que no sea violada como en ocasiones ha ocurrido y ocurre con la vigente; por qué impedir la acumulación lícita de riqueza personal y no ponerle fin a la pobreza generalizada. Los por qué que molestan se van abriendo paso ante la retórica vacía de contenido que convenza, como otro rasgo distintivo de los tiempos que corren.