Cine de mermelada

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cada día son menos las obras de grandes maestros del cine, porque si el cine resiste a su hundimiento. Llos grandes autores ya no existen. No quedan Federico Fellini, Rossellini, Ingman Bergman y no paremos de contar.Hay autores meritorios que sacan películas, las llevan a festivales y la ronda del negocio del cine continúa con mucho esfuerzo. Hollywood se muere de inanición y para más inri han querido liquidar al mismísimo Woody Allen, por causa femenista que ya ha apartado a algunos de los grandes del cine norteamericano, sin los cuales el cine mundial tiene poca gracia. El cine ya no es lo que era. Se lo come la imbecilidad, la falta de esos grandes autores, la falta de estrellas y también la falta de público que es menos estúpido de lo que los productores creían.

Se hunde el cine y si se mantiene es con Marvel y otros monstruitos sacados de tebeos o simplemente pensados para un público infantil o infantilizado..

Varias productoras alemanas han aprovechado la ocasión y mientras en Hollywood se mide el talento por lo mucho poco de sensibilidad y originalidad de los actores y por las piernas de las actrices, ellas se han lanzado a darle al público de la televisión, que cada día es más importante, lo que quieren ver.

Hubo un tiempo en que el cine era pura telenovela. Estaba hecho para agradar lo más posible a una franja importante del público para la que los valores familiares tienen que estar reflejados en idílicos marcos donde el sol brilla siempre, los actores y actrices son aseados y presentables, aunque no sean siempre los más conocidos.

Es una especie de cruzada hogareña, familiar, algunos podrían hablar de derechismo porque se respeta la familia, el hogar, la virginidad y los valores más evidentes, contra esas majaderías de Hollywood que quieren convertir a los espectadores en poco menos que cortitos mentales.

Con estas películas que se ven desde hace ya tiempo en las televisiones de Europa, con amor y pasión, pero siempre dentro de las normas morales más conservadoras, esas productoras, entre las que se citan dos de las principales de Alemania, Frankfurter Filmproduction y Bavaria, los títulos son límpidos, “Julia y el oficial”, “La hija de mi hermana”, “Un verano en Asterdam”.

Y quién sabe si pronto no se atreverán con temas más osados como “Genoveva de Brabante”.Las películas están ambientadas en paisajes exageradamente idílicos, exageradamente limpios y brillantes, y los personajes siguen reglas de conducta de las que nadie se atreve a salirse. En todas estas producciones, hay un lago indispensable, barquitos de vela, hombres y mujeres de lo más arregladitos y nada rompe la calma de una sociedad de la que los pobres están totalmente exclusivos. Si su personaje no conduce un Mercedes, un BMW u otro automóvil de la misma gama, ni lo mire. Se habrá equivocado de producción.

Y cuando nos alarmamos con la superpoblación, con la presencia angustiosa de cientos de miles de turistas indeseables, los guionistas de esta serie de películas han decidido que no existen las grandes ciudades, ni siquiera las medias, y que todo tiene que transcurrir en un tranquilo y bucólico pueblecito que recuerda a muchas operetas de otros tiempos.

Uno no sabe cómo se las arreglan, pero la población, jueces, abogados, propietarios de barcos, pocas veces aparece un obrero, y cuando lo hace es probablemente porque se ha equivocado de plató y el tiempo es todavía más empachosamente perfecto. Uno se cree sin problemas en la Costa de Azul o en el sur de España o de Portugal. Tanto más incomprensible cuanto que en el norte de Europa tienen de todo menos buen tiempo. Pero a los productores detalles como éste le traen sin cuidado. Y tienen razón. Ah, las casas de los habitantes son mansiones, y a veces castillos, aunque a veces surjan problemas para pagarlas, lo que siempre se resuelve elegantemente, sin una lagrimita a lo Buñuel o a lo Rosselini.

Son películas ideales para soltar a los niños delante del televisor porque no irán ni una sola palabrota, jamás verán mendigos y por esos pueblos no parecen conocer a la banca Lehman Brother, esa que hizo polvo al mundo entero con unos juegos de malabares financieros que arruinaron a casi todo el planeta.

Los escenarios de estas películas están garantizados contra toda penetración de ideologías derrotistas. En realidad tampoco se ven muchas iglesias y aún menos curas o pastores. Parece un equilibrio como aquel que existía en aquella maravillosa película de televisión “El prisionero” (1967) en la que una isla representaba el único universo de una serie de personajes extraños regidos por una política extraña y donde el único héroe positivo era el que encarnaba el actor Patrick McGoohan.

Es difícil cuál es la intención de los productores de estos amables films alemanes, donde por cierto todavía no he visto un solo pobre, pero tampoco multimillonarios. Han inventado una especie de “proletariado” muy bien provisto de mansiones, barcos y automóviles, pero sin dar el batacazo del millonario absoluto.

Es como si los productores fuesen bancos del mundo entero convencidos de que educar en esa inopia a los espectadores es una garantía de futuro para sus negocios.Desde luego, tampoco existen en esos idílicos trozos de una Europa de opereta hombres malos, políticos purulentos por desfalcos y otras actividades.

Juraría que nunca veré en esa serie de maravillosas cintas un personaje como aquel político de Brasil que durante las campañas electorales ofrecía generosamente a las mujeres infectadas de hijos a los que apenas podían dar de comer una ligadura de trompas para que no pariesen más.

Pues, no, ni un benefactor como éste tendría cabida en nuestro universo, donde los ricos ni lloran ni dejan de llorar, porque solo hay gente muy bien económicamente hablando pero sin excesos de mal gusto.

Y desde luego no podría ir predicando la ligadura de trompas por un voto porque tampoco hay actividad política. Créanme, es el paraíso.