La otra mejilla

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando se tiene cierta edad es fastidioso perder amigos, porque luego faltarán en el cementerio y a la familia siempre le gusta que los entierros, cremaciones y otros festejos de esta índole sean multitudinarios. Y todo por no saber nada de timbas y menos de danzar salsa. En Europa esas dos cosas se han puesto de moda y si usted no va a tomar clases para aprender o por lo menos conocer los principios inefables de los bailes latinos, no como el ciego de Chester Himes que sacaba la pistola y se cargaba a quien se le pusiese por delante o por detrás, usted, mon ami, no es nadie, no tiene crédito de vida mundana ni política. Porque la vida es así. En tiempos había que saber bailar el vals como un emperador, el tango como uno de esos tipos con pinta de truhanes que me encontré en el puerto de Buenos Aires y ahora si a usted, europeo de mi alma, no se le da la salsa, el merengue, la bachata y otras cositas del mismo tipo está perdido y hasta es posible que sus vecinos le retiren la palabra.

En mis tiempos bailábamos o creíamos bailar cha cha chá, mambo, con aquel maravilloso y ruidoso Pérez Prado. Era por los años sesenta y ya estaban de moda cuando Fidel Castro le hizo bailar la danza de los siete velos a Batista. La revolución cubana no tuvo nada que ver en que en los guateques los jóvenes nos creyéramos en el Salón Rojo de La Habana sin tener la menor idea de que se trataba de una sala de fiestas habanera y no de un palacio chino de aquellos en los que Fu Manchú nos metía en sus películas.

Que quede bien sentado que la Revolución cubana, incluso con erre pequeñita pequeñita nada tenía que ver con aquellas modas. Los ritmos latinos nos llegaban de Estados Unidos con Celia Cruz, otro cubano que estaba en España, Antonio Machín, Pérez Prado, que no tengo ni idea de dónde residía el hombre, y la verdad es que no le importa para la incomprensión de esta historieta ni al Pato Donald que ese sí sabíamos que llegaba desde Hollywood.

Empiezo este quinto párrafo más perdido que el personaje de Rubén Blades en Pedro Navaja, esa joyita de la música latina, ese cuento, ese auténtico Quijote de sabiduría y ciencias exactas que uno no se cansa de escuchar y de meditar.

Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar
Con el tumbao’ que tienen los guapos al caminar
Las manos siempre en los bolsillos de su gabán
Pa’ que no sepan en cuál de ellas lleva el puñal…

Me atrevo con el octavo párrafo pero palabra del niño Jesús que no sé muy bien adónde quiero llegar. O tal vez sí se demasiado adonde quiero llegar pero no me hace gracia.

El caso es que yo no sé nada de esos bailes que ya hasta los jefes de Estado se atreven a menear en visitas a lugares tan insólitos como Nueva York. Cuando ese suceso, muy bien contado por cierto por compañeros cubanos, yo me quedé boquiabierto y por una vez no supe qué escribir. Y no escribí nada. O sí pero no demasiado entusiasta. Verán ustedes, el único jefazo que yo recuerdo en mis años mozos en visita en Nueva York es Fidel Castro, que se presentó allí con ese uniforme verde olivo y esa barba, sin contar el puro al ristre, que tanto asustaron al principio a los norteamericanos, a los que luego conquistó y que finalmente acabó como acabó, con el catastrófico embargo a todo un país.

Y entonces, como uno es periodista de la vieja escuela, estuve hurgando en los archivos para saber si Fidel había cantado, bailado o por lo menos se había dado unos pasitos de baile en el asfalto de Harlem, que por aquellos tiempos, septiembre de 1960, debía conservar mucho de lo que Chester Himes contaba con sus mendigos disfrazados de monjitas para conseguir más suculentas limosnas y sus listillos que afirmaban multiplicar el dinero mediante una operación mágica en un horno casero. Toda una trapisonda que a don Luis Buñuel le hubiese encantado.

Hurgué y hurgué y no encontré pruebas de que Fidel se marcara unos pasos de mambo cuando llegaba al Hotel Teresa, el único donde admitieron a los cubanos, porque ya se sabe cómo son los norteamericanos, y eso que el doctor Donald Trump todavía no estaba en la Casa Blanca.

El caso es que desde hace unos días, una persona amiga de siempre, con quien compartí mi vida cubana me echa en cara duramente, incluso con algún que otro insulto, que escriba “imbecilidades”. Y yo, que soy muy meticuloso con mis amigos, les atribuyo estos piropos a que no he comprendido que el sucesor de Castro timbeara y salseara en Nueva York. Yo soy así de rigurosamente clásico, qué se le va a hacer.

Aunque también podría ser porque lamenté, lloré, cuando supe que frente a Coppelia, ese lugar de La Habana conocido por sus helados y que yo tanto he amado, iba a tener como vecino una enorme y modernísima torre, un hotel gigantesco.

Pues ahora me han pasado la factura. Y lo único que lamento es que ese papel le haya tocado a alguien con quien tanto compartí en Cuba en la vida y en el periodismo desde hace cuarenta años. Pero supongo que esa es la consecuencia de no ser moderno, de no saber bailar salsa y de que no te guste el horrendo modernismo arquitectónico.

 Y ahora, uno que es discípulo de Jesús, se pregunta si debe poner la otra mejilla para que me abofeteen de nuevo o si no será más prudente aprender a bailar.

Porque me parece oír resollar aquel comunismo dogmático que te excluía porque no pensabas como ellos o porque creías que de otra forma las cosas serían mejor. Lo malo es que la víctima ahora soy yo.