Enamoradizos apagones de La Habana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Dios santo, San Gabriel, Ángeles de los ángeles de escala inferior, cómo he amado los apagones de La Habana, como he adorado algo que los cubanos, y con mucha razón, odiaban porque era un sin luz, un sin gracia, una ruptura en una vida, la sensación de que perteneces a un mundo inferior donde tienes que sufrir esos inconvenientes como un castigo merecido. Nunca he hablado de los apagones con mis amigos cubanos, suponiendo que me quede más de uno, ya identificado, etiquetado y metido en una cajita vacía de “Ciro, París”. Los comentábamos cuando en plena noche el mundo desaparecía y no quedaban más que sombras y algún que otro boquete en la calzada que hacía peligroso ir al cine, incluso en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Me pregunto que ahora que supongo ya no hay apagones, o no los habrá en el mes de diciembre, cuando empiece el glamur del cine, si los viejos festivaleros, los más marchitados por la angustia de la nostalgia, no los echarán de menos.

Salíamos de los hoteles en cómodos autobuses pequeñitos, todos alegres, dicharacheros, nunca vi a nadie de mal humor yendo a una proyección, y de pronto, cuando te habías bajado y dabas unos pasos hacia la entrada del Yara o del Chaplin, la luz se marchaba un rato, un ratito y hasta un rato largo. Pero entonces, el Norte, Estados Unidos era el enemigo jurado de la Revolución, y todos sabíamos a quién echarle la culpa. Y casi a ratos nos creíamos unos pequeños héroes que por ver una película afrontaban el peligro de los socavones y de una posible pata rota.

Era un jolgorio. Íbamos al cine con un calor sofocante de humedad que el rato que duraba el corte de fluido eléctrico (ya estoy harto de escribir corte de luz, apagón, hay que renovarse) hacía insoportable la existencia. Pero cuando a la entrada del Yara tenías que pelearte cordialmente con unos cientos de cubanos que querían entrar, atascaban las puertas y entonces tus privilegios de periodista no te servían para un carajo, te sentías como si formaras parte de toda aquella gente que siempre lucía una sonrisa en la lucha por lo más esencial, una butaca.

Y, sobre todo en las sesiones mañaneras, sabías, porque la Revolución atravesaba tremendas dificultades y hasta en tu hotel el pan era negro, que muchos de aquellos frenéticos espectadores no habían tomado ningún desayuno o quizá una tacita de hierbas.

Nunca les vi cabreados, enfadados, con ganas de comerse a mordiscos ese mundo que les obligaban a soportar, que hubiese sido lo lógico en cualquier país del otro lado del mundo.

Para los visitantes que no tenían que pensar en qué voy a almorzar y qué puñetas comeremos esta noche, los apagones-socavones nos daban la impresión de que pertenecíamos a otro universo, donde todavía se llevaba una Revolución decente, me confirman fuentes de lo más fiable, nada de fak news como le gustan al tremebundo Donald Trump.

Ibas por la calle y grandes cartelones te decían que hubo un señor que se llamaba Ché Guevara, sin contar a Fidel Castro y otros tenores de lo que fue un cambio de época, de política, de sueños, de manera de ver la vida, de forma de concebir las cosas. Y sabías que estabas muy lejos de París o de Nueva York, porque además los amigos norteamericanos, probablemente para darle más emoción al negocio, nos hacían viajar con una escala en el aeropuerto canadiense de Gander, siempre tan limpito, sobre todo en diciembre, con su impecable hielo en la pista y sus policías que en cuanto el avión de Cubana se acercaba ponían en marcha sus sirenas. Como un delirio de Xavier Cugat.

En el primer viaje, un viejo lituano que parecía conocer muy bien la línea, me aseguró que las sirenas eran la manera de desearnos feliz llegada. Porque la escala en Gander era obligatoria por obra y gracia, poca gracia nos hacía a los pasajeros, del Departamento de Estado.

Yo, aunque siempre he sido muy inocente, no me lo creía y preguntando preguntando me enteré de que en realidad advertían de que allí estaba la policía, que ni siguiera era la legendaria Policía Montada de Canadá.

Cuando por fin aterrizabas en el aeropuerto José Martí, el primero, ahora hay uno nuevo y dicen que con la llegada de turistas quizá construyan otro, sabías que habías llegado. Los autobuses que te conducían al hotel casi siempre tenían problemas con el delco, el chofer cubano se desahogaba por bajines, como si estuviese ensayando una habanera, y por fin salía un chorreón de petróleo de no se sabía dónde, nunca lo supe, que te apestaba como si quisieran santificar o escupir tu llegada.

Recuerdo haber visto hogueras en la carretera del aeropuerto a la capital que el conductor me dijo, sin sonreírse ni una mijita, eran señales de tráfico a falta de fluido eléctrico.

Ya no habrá más apagones en La Habana, seguro, porque el país se ha lanzado en un ambicioso y costoso programa turístico. Y les aseguro que es una lástima. Cuántos idilios nacieron en una cola del cine mientras esperábamos a que la luz volviera. En general era un primer contacto, que luego podía formalizarse, quizá algunos fueron hasta el altar, en el bar del hotel, en la piscina o en cualquier rincón.

Porque si entonces las autoridades cubanas unían a los apagones una moralidad a prueba de dólares. Ningún cubano podía entrar en los grandes hoteles y menos si era cubana y bonita. Pero el amor era como los apagones. Aprovechaba cualquier resquicio y cuando menos te lo pensabas os dabais aquellas dulces buenas noches ya en tu habitación o en la de ella.