Vuelve el auténtico amor al cine

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

No conozco cristiano, católico, musulmán, judío, budista o lo que sea que no se haya enamorado por lo menos una vez viendo la película de Claude Lelouch “Un hombre y una mujer” (Un homme et une femme) que en los años sesenta, todo lo bueno salió de esa década, fue un merecido taquillazo con Palma de Oro en el Festival de Cannes y Oscar. Fue tan pavoroso su éxito, sin parangón en el cine mundial, que Claude Lelouch, que suele lucir una sonrisa triunfadora, cuando no está en esos momentos malos que todos conocemos, ames o dejes de amar, rodó una segunda parte y ahora se prepara a dar otro salto.La original fue en 1966 y veinte años después, convencido de que todavía quedaba amor en el mundo, rodó una segunda parte. Ni Alejandro Dumas se lo hubiese creído. Pero lo que ahora se propone es más difícil y vertiginosamente arriesgado. Porque él siempre quiere que los actores sean los mismos, y la pareja estelar, Jean-Louis Trintignan y Anouk Aimée, han pasado por el molinillo del tiempo como todo el mundo. Y aunque Trintignant, sin el que la película quedaría un poco coja, se lo piensa porque dice que con sus 83 años de edad a cuestas o donde sea tiene miedo de fallar durante el rodaje, Lelouch, que tampoco se anda por las ramas porque ya ha cumplido los 80, insiste en que quiere contar “que la vida es más fuerte que la muerte”, según dijo a la Agencia France Presse el año pasado.

“Es un homenaje a la vida. Una película de amor que explica que siempre hay una segunda posibilidad”, dijo con esa sonrisa que es como su firma.

La primera película de la serie contaba la historia de un hombre perdido, bueno no tanto porque es piloto de rally y conduce un Mustang en una playa de Deauville –hagan la cuenta y verán que son muchas cosas para un solo hombre—donde encuentra a una solitaria, una perdida de la vida, pero fascinante Anouk Aimée.

Se van juntos en el maravilloso auto, el que todos los hombres de mi generación quisimos tener pero no pudimos. (Bueno, sí, hago un alto para contarles que un compañero de la Agencia France Presse de París tuvo la suerte de poseerlo en aquellos tiempos, que monetariamente no eran demasiado vertiginosos para un periodista. Se había marchado de corresponsal a Washington y al poco tiempo empezó a contarnos, imagino que imaginando la envidia que provocaría, lo maravilloso que era rodar en Mustang aunque fuese de ocasión. Luego no supimos nada del auto que todos ambicionábamos y que tenía nuestro amigo, imagínense la envidia hasta que nos llamó por teléfono, ya existían esos aparatos, para decirnos muy airado que lo había vendido porque estaba harto de él. A su regreso le aplicamos el suero de la verdad y terminó confesando. Los primeros días fue un encantamiento hasta que se dio cuenta de que en Washington, ciudad de funcionarios por antonomasia, casi todos los negros (afroamericanos) pero él era un poquito racista, tenían uno, y a menudo mejor que el suyo. Y sin pensarlo lo vendió y viajó desde entonces en autobús, donde por cierto también abundaban los afros.

Y todavía no habíamos visto la película “Bullit”, donde el inefable, era como para casarse con él, Steve McQueen realizaba la persecución automovilística nunca vista antes en las pantallas. Claro, ya me dirán, llevaba un Mustang con motor de 8 cilindros en uve de 5 litros, 464 caballos y cambio manual -¡faltaría más!- de 6 velocidades.

Después del coche de nuestro amigo de Washington al que un problema de color, y no del coche, le hizo aborrecer, el Mustang Bullit es una maravilla. En Europa lo sacaron a la venta, no el original, claro, que costará varios millones, sino copias a ciento veintitantos mil dólares por cabeza…) Personalmente, y en nombre de los 32 afiliados a mi club Todo por el amor, agradezco a mi compatriota Lelouch que nos vuelva a poner aquella música de Pierre Barouh y Francis Lai, “Chabadabada”, unas notas que como cualquier antiséptico cerebral te llena la cabecita de una dulce melodía, esa dulce melodía que todos llamamos esperanza.

Necesitamos muchos hombre y muchas mujeres que se escapen en un Mustang, aunque ignoro cuál será el vehículo elegido si el proyecto se lleva a cabo, y que vuelen en alas del amor, o por lo menos de la ilusión del amor.

Nuestro mundo podrido produce casi más divorcios que matrimonios, más bofetadas que besos, más palabras de desprecio que de amor. San Claude no te vayas a morir antes de llevar a cabo tu proyecto y vuelve a enternecernos, a hacer que seamos mejores al menos durante hora y media, más alegres, y quizá un poquillo más felices. Y si en fin de cuentas todo lo que logras es que seamos menos desgraciados, también vale.

Los gobernantes no piensan más que en hacer la guerra, subirnos los impuestos y tratar de que nuestras vidas sean cada día más imposibles. Hagámosles un corte de manga grosero y empujemos el proyecto de ver correr por la playa de Deauville otro Mustang de todas las ilusiones.

Y estoy seguro que hasta el señor de la Casa Blanca de cuyo nombre no me acuerdo tarareará entre dos maldades aquella inolvidable canción, “Chabadabada”. Hasta él, el dueño del mundo, es capaz de aprenderse este estribillo. Y seguro que su bella mujer, la captiva de la Casa Blanca, se comprará el mismo Mustang de la película.