En Cuba, la burocracia manda

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal 

La Habana

Miró al cielo como si fuera a clamar por las divinidades y desde muy adentro le salió un reclamo retumbante: “¡Quiero estar equivocado, cojones!”. Acababa de librar, y de ganar, la quinta pelea del mes recién comenzado, y lejos de victorioso se sentía un perdedor. “Si sigo así me va a dar un infarto!”, volvió a decirse en silencio, con el certificado de nacimiento de su hijo en mano, después de mes y medio de espera, y de plantar en siete y media en el bufete encargado de hacer esas gestiones en un lugar bullicioso del Vedado. “¡De aquí no me voy hasta que vea al jefe de esto!”, le respondió a la misma funcionaria que le había repetido una vez más, “Lo siento, todavía no ha llegado el documento”. La misma funcionaria que hora y media después, tras constatar que lo suyo iba en serio, volvió a presentarse, esa vez sonriente, para decirle, “Mire, está de suerte, el documento acaba de llegar”, aunque el cuño de conclusión del trámite marcaba cinco días antes, lo que sugería una dilación intencional en busca del soborno que pulula en el país.

Al arrancar el mes explotó en el supermercado de siempre, desabastecido como siempre y sin jabas desde hacía más de un mes para cargar las compras. “¡Por lo menos debían sentir un poco de vergüenza!”, le soltó al empleado que vigila para que los clientes no roben, quien replicó, “¡Vaya a protestar a la Plaza de la Revolución!”. Y la noche anterior había cambiado de canal, más que molesto, cabrón, al ver como una viceministra encargada de explicar por televisión los nuevos controles para el sector privado –ya agrupa a casi 600 mil personas- ajena a las modestas críticas de los dolientes, filmadas y editadas de antemano, repetía una y otra vez que los nuevos mecanismos establecidos eran para “ayudar a los cuentrapropistas” (autónomos), sin que el moderador del espacio de opinión tuviera al menos el pudor profesional de hacerle una pregunta incómoda, como a él le enseñaron cuarenta años antes que debía ejercerse el periodismo.

Sentía que poco a poco, desde la cotidianidad hasta las grandes decisiones, la burocracia mandaba y cuando la burocracia decide, sea en La Habana, Paris, Nueva York o Argel, los simples mortales sufren. No estaba en guerra con nadie, a los septuagenarios no se les de la guerra y, sin embargo, cada día se sentía obligado a pelear.

Aprovechó que había estacionado su auto bajo un árbol majestuoso, prendió el décimo cigarrillo de la jornada, aspiró profundo y se perdió en la meditación. Volvió a su mente la muchacha que en aquella discusión del proyecto de cambios a la constitución pidió, ante el evidente enojo de la funcionaria que dirigía, la instrumentación de más espacios como aquel a fin de que los ciudadanos se sintieran parte de verdad y no para cumplir formalismos, del acontecer nacional; la ingeniera eléctrica que dejó su empleo estatal – “porque lo que pagan esta gente es una miseria seas ingeniero o cosmonauta”- para dedicarse a la importación por su cuenta de la mucho que le falta al día a día ; y al otro vecino del barrio que en la misma asamblea demandó que los diputados respondieran a sus electores y no al gobierno.

Ensimismado como estaba dibujó en su mente el esquema de mando que en su opinión imperaba. Y le salió un triángulo que allá arriba, en la punta, tenía a los líderes; inmediatamente después dibujó en su mente una gorda franja de burócratas de apellidos diversos –“todo los estados generan burocracia, pero si el estado es enorme, apaga y vámonos”, pensó- , funcionarios encargados de ejecutar las decisiones a su manera, informar a la cúspide a su conveniencia, repetir consignas políticas, aunque suenen huecas en su voces,  y calmar a los de abajo, algo así como el eje del esquema; y por último delineó otra franja, mucho mayor, en la que se encontraba él, el científico, el ingeniero , el zapatero, el artista, el jubilado, el barbero y la señora a la que se le va el día pensando en lo que cocinará a la noche, y de un golpe detuvo el rumbo de sus elucubraciones. “¡No, coño, tengo que estar equivocado, porque si no ni los hijos de mis nietos, seguramente desde lejos, verán que este país levante!”.