La torre de Hercules

 

Victoria Páez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Déjame que lo cuente.¿ Por qué ahora mujer?. Han pasado tantos años, que se me enturbian los recuerdos.Porque necesito que el mundo lo sepa, que el viento que sopla hoy en la torre lleve a todos los rincones nuestra historia, que la lluvia que me moja comprenda que lo hace porque abandoné el sur, mi sur, por quererte. Pero ¿ qué mas da ya?. Lo pasado pasó, estamos como queríamos estar, o mejor – Alfonso se volvió inquieto- :¡Marta ven aquí¡ Luego no nos ves y te asustas. La chiquilla, obediente, se colocó entre sus padres y los cogió de las manos, que hasta ese momento habían llevado enlazadas. Se sacudió una gota de lluvia que había golpeado su nariz y miró a su padre ,como sólo ella sabía hacerlo, zalamera hasta derretirlo : “ ¿ y por qué no le compras una libreta a mamá? A lo mejor si escribe su cuento, se queda tranquila y no lo repite mas”.

Alfonso soltó una carcajada y tomó a la chiquilla en brazos:

¡ Pero que lista eres muñeca¡. Venga vamos por la libreta.Alfonso echo a correr, por aquel Paseo Marítimo mojado, con su Marta del alma persiguiéndolo. Seguía siendo el mismo tipo alto, fibroso, atractivo, que conoció veinticinco años atrás; no había cambiado ni un ápice…bueno…si…desde que nació Marta se reía más. Continuaba enamorada, hasta los huesos; lo dejó , lo dejaron todo por un palpito, por un amor a primera vista. El tenía su vida hecha, ella estaba a punto de embarcarse en un nuevo proyecto para la suya. Ahí quedó todo y todos : retratados para el recuerdo. Se habían marchado cuatro días a la otra punta del mapa; necesitaban saber si aquello era cierto o sólo un espejismo en el desierto que vivía en sus corazones. Le gustaba recrearse , especialmente, en la mañana que aparcaron el coche de alquiler en una esquina, y subieron a ver pasar bajo sus pies el Eume :

“ ¿ Y si nos quedamos?” – soltó Alfonso en un susurro, como no queriendo romper el murmullo del agua

“ ¡ Estás loco! Nos están esperando: mis padres, tus hijos, el trabajo de los dos” – le contestó antes de quedarse paralizada al volverse y verlo con una rodilla en el suelo, el que tanto se burlaba de las películas de amor.

“ ¿ Quieres ser mi mujer?¿ La mujer de mi vida?” – había trenzado un anillo con unas ramas.

No hubo más preguntas, ni más dudas, ni mas palabras, sólo un teléfono para decir que no volvían a casa. Mudanzas, abogados, papeles; pero libres, libres, por fin, para quererse, para no callar más la felicidad que los inundaba. Empezaron de cero, porque el amor todo lo puede y a nadie engaña, y, en sus ratos libres volvían a contarle al Eume, que aquel fuego no se apagaba; incluso subieron a verlo aquella mañana, en la que en un pueblo pequeño firmaron que unían cuerpo y alma. De un golpe salió de su letargo, un golpe que partió su cintura y le dobló la espalda.

Miró al frente y vio venir a Alfonso, con su Marta del alma, que revoloteaba un cuaderno mientras voceaba: “ ¡ Mamá tu cuaderno!¡ El cuaderno de tu cuento!¡Para que te quedes tranquila!”.

Cuando llegaron a su lado Marta soltó:

“¡ Mamá te has puesto blanca!”

Alfonso la encontró desdibujada:

“ ¿ Qué pasa mujer? ¡ Qué mala cara¡”

“ Ha llegado el momento de marcharnos” – le contestó, mientras depositaba con ternura la mano, sobre su abultado vientre – “ María viene ya , no creo que nos de tiempo a pasar por casa”“ ¡ Marta, amor! ¡ Corre¡¡ Nos vamos a buscar a tu hermana¡” – Alfonso reía nervioso, como si de su primer hijo se tratara, mientras levantaba a su mujer despacio, a su mujer del alma“ Papá, entonces, ¿ qué pasa con el cuento?” – volvió a insistir Marta.

“ ESE, MI VIDA, TE LO CONTAREMOS MAÑANA¡”