Seducidos y contentos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ahora resulta que el acoso no es típicamente femenino sino que los hombres también lo sufren, aunque al parecer ellos no se quejan y algunos que lo sufrieron siendo ya unos mocetones lo recuerdan como una experiencia aparte, gustosa, porque dicen que las mujeres son todo cariño y atención. Es como para preguntarse si en realidad, y dejando al lado casos de maltrato, los hombres no lo tienen como una iniciación placentera de la que no tenían ni idea cuando ella lo acosó hasta el extremo de que él se dejó hacer. “Yo fui víctima de acoso cuando era más joven. Hubo dos o tres mujeres que se me tiraron encima. Lo acepté, estuve contento, y no llamé a la Policía”, ha dicho uno de los hombres más bellos de los años sesenta, el actor Alain Delon en una entrevista al diario Le Monde.

Hay como mucha nostalgia en las palabras de Delon, que ya cuenta 82 años de edad pero no baja la bandera y va hasta afirmar: “Caí en este oficio gracias a las mujeres“, porque que quería ver en los ojos de ellas que era “el más guapo, el más grande, el más fuerte”.

Desde que un buen día un agente artístico lo presentó a la prensa en París, era tan joven que provocaba más que deseos de ternura, Alain Delon se convirtió en el actor francés número uno, ganándole más de una vez a su compinche Jean-Paul Belmondo, con el que rodó varias películas, algunas memorables como “Borsalino” en la que los dos actores, convertidos en bandidos de altos vuelos en una Marsella que todavía hoy recuerda que fue uno de los puertos del Mediterráneo que más se parecía al Chicago de los años treinta.

Los dos, guapísimos de la muerte, con guiones cortados a medida y tal para cual, lucieron en los años setenta en un duelo a muerte que ninguno de los dos ganó. Alain Delon tenía para su público la carita de ángel con la que volvió con poco menos de veinte años de la guerra de Indochina, la que luego sería Vietnam, y Belmondo jugó la baza del bruto por antonomasia pero que ya había conquistado a una de las actrices más corridas del momento, Jean Seberg, en el inolvidable “A bout de soufflé”, que fue uno de los momentos más importantes del moderno cine francés.

Pero Alain Delon era el galán por el que suspiraban tanto en Europa del Este como en Europa del Oeste. Romy Schneider le había servido de trampolín para saltar al estrellato de las jovencitas casaderas que cuando le vieron cortejar a la Sissi de todos los cuentos románticos le adoraron más y más.

Luego, ya con canas, Delon se metió en el fabuloso “Rocco y sus hermanos”, “Il gatopardo” y de ahí a la eternidad.Fue el hombre más amado, más corrido por las mujeres, que todavía con sus 82 años no ha perdido ni el gusto ni la mano. Pero, fíjense cómo ha dicho en su última entrevista que guardaba lindos recuerdos de aquella o aquellas veces en que las mujeres le sedujeron y le hicieron el amor sin que él lo hubiese previsto ni autorizado…

Eran tiempos en que las mujeres que yo empezaba a conocer en Tánger, en ciertos lugares muy escogidos de Madrid, casi siempre todas se vestían en Dior o Balmain, y en París, se permitían elegir y no les daba vergüenza dar el primer paso. Más de una me confesó alguna de ellas, en medio de un güisqui, que entonces se escribía con uve doble, y cacahuetes, que estaba encantada cuando la suerte les deparaba un “primerizo”.

Tiempos aquellos en que los padres de medio pelo llevaban a sus hijos a la casa de citas de confianza para que el niño fuese preparado en las reglas y con cariño. Porque una mala praxis puede crear confusión de géneros y ya se sabe…Los papás y mamás de otras categorías sociales podían acudir al amigo o a la amiga de confianza. Esto se hizo, según cuentan, durante muchos años.

En el semanario Cosmópolis de Tánger, donde yo empezaba, uno de los copy boys, mozo de redacción, que se dedicaba a cortar teletipos y llevar cafés y lo que le pidieran los redactores, fue escogido en cierta ocasión para una misión delicada, acompañar a una periodista llegada de la sede de Londres-Gibraltar para entrevistar a un personaje que había sido un héroe durante la lucha de Marruecos contra España y Francia, y que ahora ocupaba el puesto de gobernador en montañas lejanas del Atlas.

Jean, era francés, educado, guapito y tenía 17 años. La enviada especial, una mujerona británica de Gibraltar recia, algo gordita pero con una carita de muñeca de las que entonces estaban de moda. Cuando regresaron de la expedición al cabo de una semana, Jean estaba transformado. Ya no permitía que cualquiera le mandara a por un café. Había cambiado. Una noche le invité a patatas fritas con moules, invento belga importado por los tangerinos, y él me contó.

En la primera escala por las montañas tenían reservado un hotelito propiedad de un viejo francés. Cuando llegaron el hombre les dijo con mil expresiones de desolación. que sólo habían reservado una habitación con cama de matrimonio. La periodista no se desmontó y aceptó, diciéndole a Jean que no se preocupara porque ella podía ser su mamá.

“Cuando nos metimos en la cama, me quedé roque porque habíamos recorrido muchos kilómetros. Y soñé –me contó Jean—que el calzoncillo y la camiseta que mi madre, pobrecita mía, me había comprado para aquel viaje ya no estaban en mi cuerpo. Sentí que me tomaban delicadamente el sexo, a punto de explotar, y que lo introducían allí donde luego me dijeron que era una vagina. Ella no cesaba de gritar y de proyectarme hacia el techo, pero antes de llegar me recogía como en el tenis y volver a empezar. La verdad es que sin entenderlo todo comprendía que aquello sería lo que llamaban hacer el amor, aunque yo no tenía arte ni parte. Así seguimos hasta bien entrado el mediodía. Teníamos cita con el gobernador a la una. Cuando llegamos, con retraso, el hombre tenía un semblante severo pero al vernos comprendió y mandó que nos trajeran los manjares más exquisitos: “Necesitan ustedes restaurarse”, dijo con una mirada cachonda y en francés.

El reportaje duró una semana más de lo previsto. Cuando regresaron, a Jean el director le comunicó, sin creer lo que decía, que le habían trasladado a la Redacción de Londres porque precisamente había una vacante para la que él daba el perfil adecuado. Ella, la enviada especial, asintió con una sonrisa.

Unos meses después me invitaron a su boda en Gibraltar, donde los divorcios son más fáciles, me precisó la guapetona que había seducido al muchacho. Al cabo de ocho meses y unos días nos enterábamos que nuestro joven amiguito había sido nombrado jefe del servicio de Personal. Y que se había divorciado.

Y todavía hay gente que no cree en el poder del amor.

× ¿Cómo puedo ayudarte?