Sherazade y el jazmín

Victoria Páez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando escuchó su nombre en la boca de aquel soldado sin rostro, se le heló la sangre.Estaba preparada, como cada noche, pero era la primera vez, en muchos meses, que el Sultán, su esposo y señor, requería su presencia a solas.Eso podía significar dos cosa: cansancio de ese antojadizo que la desposó, por lo que rodaría su cabeza, o capricho del mismo esposo…un hijo más.Las cuentas de Sherezade nunca fallaban; llevaba 1001 cuentos para un ególatra del que dependía su vida, la de sus compañeras de harén, y posiblemente, la de la mayoría de los hijos de todas.Con paso firme y sus mejores galas ,acompañando su sonrisa, entró en los aposentos del tirano, como si el mismísimo Mahoma la estuviera esperando. Aquella voz le sonó diferente… tampoco se preocupó.. “ su esposo” estaba a vueltas de todo: guerras, mujeres, vino…¿qué le esperaría esa noche?

Como de costumbre, tomó asiento en los pies de su cama, cubierta por esas gasas, que sólo se elevaban cuando él pedía más:

Mi adorada esposa: regálame otro cuento, pero sin guerras ni asesinos, ni ladrones sibilinos, ni oro brillante. Quiero un cuento de amor, de esos que me relatas de vez en cuando, entre mis sueños turbios…. Un cuento de amor verdadero. Hoy me siento triste, pero condescendiente: quiero una de tus historias de bellas.

Sherezade tembló: aquello era nuevo, qué sería de ellos y de su prole….pero él no lo notó. Supo sembrar bruma en un instante, e invadir la estancia de jazmines y azahares, sin que los hubiera en la alcoba:

“ Erase una vez, un jazmín perfumado, lleno de tibias flores blancas de las que acuden al verano.

Ese jazmín era el protagonista de una triste costumbre: toda y cada una de sus noches, arropaba a una dama madura, desecha por la vida, el amor y las guerras, que llevaba decenas, quizás cientos de años viviendo en soledad.Cada noche de verano, a la misma hora, acudía la desgraciada, a contarle sus desdichas: “amé y no me amaron, guerreé sin victoria, intenté seguir la estirpe de los que me desearon, sin suerte; todo sin resultado.”El jazmín la consolaba, arropándola entre sus ramas. La dama sumida en su llanto ,sin consuelo, no podía escuchar el dulce susurrar de las hojas:

Hermosa mía,

si mis ramas pudieran abrazarte

de dicha te llenaría esas tus mejillas tiernas

y en un beso infinito tus labios colmaría.

El ritual era siempre el mismo: empapaba de lágrimas el tallo del jazmín, cogía una de sus tiernas flores, y se marchaba con ella como única compañía.

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