José Luis Herrera Sotolongo: el médico español amigo de Hemingway

 

Marta Gómez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando conocí al doctor José Luis Herrera Sotolongo a principios de los pasados  90 estaba cercano a los 80 años, edad provecta, y el parecía sentirse muy feliz con junto a su familia en su apartamento del edificio Sierra Maestra, en la barriada de Miramar de La Habana.

Sí parecía vivir nimbado por en un suave halo invisible, pero fuerte,  de bellos recuerdos de juventud y madurez, dentro de los cuales la amistad profunda con el escritor Ernest Hemingway, nacida en España durante la guerra civil y prolongada en Cuba en el tiempo en que el Premio Nobel vivió en la finca Vigía, en San Francisco de Paula, a kilómetros de la vida cada vez más tumultuosa de la capital. Un suave halo, repito, no lo mataba la nostalgia, porque el médico madrileño José Luis Herrera Sotolongo: El Feo, como lo apodaba cariñosamente Ernest había tenido su historia propia y una vida bien vivida, aunque era uno de los visitantes asiduos de la Vigía no solo como amigo, sino como médico personal de este.

Conoció a Hemingway en el frente del Jarama en febrero de 1937, cerca de Madrid. Por aquel entonces ya el estadounidense era un escritor reconocido y había viajado a España como reportero de la Guerra Civil española junto a la también periodista, novelista y compañera si se quiere de aventuras Martha Gellhorn, con quien estrenaba un tórrido romance, a pesar de estar casado. Martha sería en 1942 la tercera esposa del escritor, más célebre aún que cuando se conocieron.

Volviendo a nuestro doctor Herrera, en cuya familia había aparecían cubanos, había vivido toda la vida en su país natal, aunque con vínculos afectivos en la isla antillana que más tarde le abriera los brazos.

“Conocí  a Hemingway por una causa baladí. Era el único en mi regimiento del Ejército Republicano que tenía la ropa en mejor estado, un abrigo o capote que mis jefes consideraron adecuado para ir a recibir a un intelectual de tal rango. Recuerdo que fue Martha quien fue a buscarme para convenir la posterior visita de Hemingway al lugar de nuestras operaciones. Después nos vimos varias veces más, pues él se metía de lleno en todo”.

Inmediatamente surgió la identificación entre los dos hombres, también con Martha. Hoy me pregunto cómo dos personas de filiación ideológica tan distinta pudieron llegar a tener años más tarde una amistad tan duradera y entrañable. Porque Herrera Sotolongo evolucionaba hacia ideas de izquierda, luego marxistas. Consideraba una bendición para Cuba el triunfo de la Revolución Cubana, hecho que según él lo hizo mejorar la salud y hasta erradicar totalmente unas severas migrañas que padecía. También admiraba sobremanera a Fidel Castro.

Me digo entonces que tal amistad fue posible tal vez posible por ser ambos seres humanos progresistas, amantes de causas nobles y de la justicia social. Pero también, y creo que eso fue fundamental, porque juntos compartieron en España la experiencia dramática, estremecedora, hondamente humana de vivir, ser partícipes y en el caso del escritor, reportar, la histórica Guerra Civil. Una campaña que conmovía al mundo por entonces y en la que mucha gente buena puso esperanzas, ofreció sangre y solidaridad. Aunque España, como pidiera el poeta Vallejo, de todas formas no pudo apartar ese cáliz.

Los nombres de Jarama, Navalperal, Samosierra, que a mí me resultaron bellos en boca de las narraciones del doctor Herrera, fueron los de sitios en que él vivió experiencias inolvidables. En algunos de ellos junto a Hemingway. Las guerras son crueles y aniquiladoras pero hermanan a los combatientes que sobreviven, para toda la vida.

Después de la cotienda, el doctor Herrera pudo librarse de una condena a muerte, luego de la pena de 30 años de prisión. Estableció contactos con familiares de Cuba y decidió vivir en la Isla. Se alegró inmensamente cuando se reencontró con su amigo Hemingway pocos años después también residiendo en Cuba, ya casado con Martha Gellhorn.

El no era de los que particpaba con él en sus aventuras pesqueras en el yate Pilar,  o en las salidas por los bares o habituales recorridos en solitario que el Premio Nobel hacía por la finca. Más bien compartían juntos reuniones de amigos, tanto en lugares culturales, pero más en la casona, decorada a su gusto, por la cual pasaron muchos amigos, incluidos celebridades del cine o las letras.

Sin embargo el doctor consideraba a Hemingway un hombre que aunque sabía mostrarse muy sociable en compañía de los demás, prefería la soledad y esencialmente su naturaleza era tímida. Sí, amaba los riesgos, los peligros, la adrenalina de las aventuras,  coleccionaba y mostraba orgulloso las cicatrices de su cuerpo, disfrutaba la preciosista coctelería cubana, sobre todo los daiquirís y mojitos sin un grano de azúcar y muy helados.

“Comíamos pescados de todo tipo, pues en sus neveras había  deliciosos especímenes: pargos, robalos, agujas, emperadores… todos etiquetados con sus fechas de captura y almacenamiento y en gran abundancia. Pero también cenábamos carne de res que en ese caso aportaba un cura, amigo de la casa y cuyo nombre ahora no recuerdo. Llevaba maletines llenos de carne el curita aquel, jajaja”, recordaba con regocijo el doctor.

En mi entrevista me sorprendió con una convicción: Según José Luis Herrera Sotolongo Hemingway murió a consecuencias de una conspiración de la CIA, pues sabía demasiado de ciertas actividades submarinas norteamericanas averiguadas sin querer en una época en que a él le dio por buscar submarinos alemanes, viajando en su yate desde Cuba a la corriente del Golfo. Tal vez sabía otras cosas incómodas más y para colmo se “había hecho amigo de Fidel Castro”.

Ernest gozaba de muy buena salud cuando viajó a Estados Unidos para morir. Yo lo trataba de un cuadro de hipertensión no severa. Hubiera podido llegar a los 90 años, me dijo convencido el buen médico.

Cuando publiqué por primera vez mi entrevista, recuerdo que esa tesis, rocambolesca o no, despertó el interés de la prensa. El entonces corresponsal de la Efe en La Habana quiso contactarlo personalmente para hacerle una entrevista. El médico me dijo que de ninguna manera le daría una entrevista a un ·periodista capitalista. Así era el señor y compañero José Luis Herrera Sotolongo que conocí.

Al despedirse me dijo: “Soy más joven de lo que usted cree desde que vivo en Cuba. No tengo la edad que tengo”. Fue miliciano y trabajo en tareas sanitarias y de ayuda a la defensa civil en situaciones de desastre. Creó una hermosa familia y se sentía un cubano más.

Lo vi después varias veces en reuniones donde se recordaba a su gran amigo y escritor. Falleció en La Habana a los 82 años en 1995. Aun recuerdo su rostro noble, sus grandes orejas, su cara larga, nariz recta y afilada. Me agradaba El Feo, el médico, el combatiente, pero más, el amigo que no aceptaba de ninguna manera su muerte.