El cine cubano, arma política y diplomática
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

 

(En el año 2000 publiqué en París “Fidel Castro y la diplomacia del cine”, en español y en francés. La tesis era que cuando un día cambiase la mano política en Cuba, el cine cubano y sus principales personajes habrían tenido mucho que ver en el cambio. A título de curiosidad, este es un extracto de ese ensayo, casi veinte años después…) Algunos de los actores de la transición que según todos los politólogos se producirá un día u otro en Cuba son personajes que nada tienen que ver con el mundo de la política pese a que desde hace cuarenta años trabajan entre bambalinas. Pero en la isla caribeña sería difícil hallar rastros concretos de ellos, al contrario de lo que puede darse en la historia de España, el país que en 1975, a la muerte del dictador Francisco Franco, supo pasar de un régimen monolítico y anclado en una dictadura a una nación de corte democrático.

Cualquiera es capaz de poner nombre y apellidos a los protagonistas de esa aventura política que apenas unos años antes de que muriese Francisco Franco parecía prácticamente una misión imposible.

Cuando llegue el momento, en Cuba quizá se citen personajes que de un modo u otro contribuyeron a que la Revolución de Fidel Castro desembocase en un régimen moderno y pluralista. Pero casi seguro que nadie les podrá poner a ciencia cierta nombres y apellidos a aquellos que actuaron al margen de las esferas políticas.

Enajenada por una larga y casi interminable larga marcha de muchísimos años, la sociedad cubana se ha acostumbrado a vivir sumida en un delirio del secreto que ha hecho siempre muy difícil el análisis, sobre todo por parte de los extranjeros.

Aunque fue creado con un afán propagandístico muy determinado y concreto, el cine cubano pocas veces cayó desmedidamente en la grandilocuencia partidaria que transformó a esa misma cinematografía de otros países en maquinarias pesadas que eran reflejo y semejanza, la voz de sus amos.

El cine cubano nace cuando todo eso no es más que recuerdo. Cuando se sabe que el cine soviético es oficialista sin la menor concesión y que el fallecido cine hitleriano más no pudo serlo.

A miles de kilómetros de las frías calles de Moscú, La Habana permanece como una reliquia que ya no sabe dónde cobijarse. Todos sus amigos comunistas, los que le permitían sobrevivir, han muerto, y los que desde Occidente, y especialmente desde los Estados Unidos podrían restablecer una nueva amistad tienen las manos atadas por consideraciones de política interna.

Otra particularidad del cine cubano es que, al contrario del soviético o del nazi, nunca fue en dirección única. Cantó la Revolución pero también la lloró y la lamentó, dejando al descubierto los fallos materiales del sistema y sus deficiencias humanas. Denuncias de todo tipo que no cuadraban con los modelos totalitarios antes reseñados.

¿Ha tenido el Cine Cubano un papel en esa película preparatoria de la transición política en Cuba? Hay indicios que apuntan en ese sentido. Los contactos que durante casi cuarenta años nunca se mantuvieron con Estados Unidos fueron protagonizados por los cineastas de Cuba.

A través de ello, en festivales, coloquios, visitas, la comunicación siguió establecida en los peores momentos entre los dos países por las bocas y oídos de actores y directores de las dos nacionalidades. Y todos ellos siempre estuvieron muy bien vistos por el gobierno a ambos lados del mar que separa a Cuba de los Estados Unidos.

No deja de ser curioso que antes de que en 1995 el presidente Bill Clinton hiciera una tímida apertura permitiendo que periodistas norteamericanos pudiesen instalarse como corresponsales en Cuba, una película cubana fuese seleccionada, por primera vez en toda la historia de ese cine, para el Oscar, un sueño que las dificultades políticas y diplomáticas hacían cada día más indispensable.

No era una película divertida de dibujos animados sino una de las más logradas a la hora de pegar un puñetazo encima de la mesa de la sociedad cubana para reclamar tolerancia, nada más que tolerancia. Se titulaba « Fresa y chocolate ».

El primero de diciembre de 1993, el gigantesco Teatro Carlos Marx de La Habana iba a ser acontecimiento de algo que nadie, ni siquiera los más finos politólogos de la isla, habían podido prever. En la sala, con aforo para cinco mil personas, con lleno hasta la bandera, como en las mejores corridas de Las Ventas de Madrid, un público formado mayoritariamente de periodistas llegados del mundo entero y de cubanos. En el escenario, el telón blanco que preside las mágicas ceremonias desde que los hermanos Lumière hicieron del cine todo un método de exorcismo.

Al finalizar la proyección, una piña humana se puso de pie y bajo los comedidos proyectores aplaudió, aplaudió, aplaudió, hasta el delirio. A algunos periodistas se les saltaban las lágrimas. A Fidel Castro le hubiese sin duda gustado ser objeto de aquel frenesí que parecía no iba a acabarse nunca. En la pantalla, dos muchachos acababan de abrazarse en señal de despedida.

Era el fin del estreno mundial de « Fresa y chocolate », la última obra del más emblemático cineasta cubano, Tomás Gutiérrez Alea. Para terminarla, su amigo Juan Carlos Tabío había tenido que echarle una mano debido a una enfermedad que le venía royendo desde varios años atrás y el filme había aparecido finalmente con la doble firma.

Hoy todo el mundo o casi sabe ya que « Fresa y chocolate » es el más subversivo y talentoso alegato hecho por cineastas cubanos desde que la Revolución « inventó » el cine cubano, con el convencimiento de que sería un arma incomparable en el difícil diálogo que entonces empezaba entre una Cuba perdida en el pasado y otra que todavía no había perfilado su porvenir.

Pero aquella noche, la sorpresa fue para los más. Cierto, el cine cubano de los últimos años siempre había sido combativo, a veces hasta lo « imprudentemente incorrecto ». La larga tradición de irreverencia de ese cine no quitaba méritos al filme de Gutiérrez Alea, más bien los resaltaba.

Aquella noche, cuando las luces del cine se apagaron tras kilométricos aplausos que ni siquiera Fidel podría jactarse de haber conseguido en uno de sus maratónicos discursos, el calor húmedo de la calle medio oscura por obra y gracia de los clásicos apagones habaneros (periódicos e indispensables cortes de luz debido a las restricciones económicas) fue como un consuelo de frescor.

Habíamos vivido quizá una minirrevolución que ni siquiera el Jefe del Estado cubano había previsto cuando dio el visto bueno para el rodaje.

Esa apertura a través del cine probablemente fuese ayudada por las visitas, nunca casuales, de personalidades del otro lado del mar como Gregory Peck, Sydney Pollack, Francis Ford Coppola y Robert de Niro estuvieron en Cuba y comprobaron, según declararían ellos mismos a la prensa internacional, que en ese país no todo era como se lo habían pintado en Estados Unidos.

De esas visitas, las más impactantes fueron la de Jack Lemmon (en tiempos del presidente Ronald Reagan) y la de Arnold Schwarzeneger (1993, siendo

presidente Bill Clinton).

La visita de Jack Lemmon, enviado extraoficial del conservador presidente norteamericano para que le diese cuenta de sus impresiones en la patria de Fidel Castro, fue una de las más emotivas. En compañía de su esposa, el gran astro compartió durante unos días la vida de los festivaleros, alojándose en el Hotel Capri, en otros tiempos, ya lejanos, bastión de la Mafia norteamericana que en la época de Fulgencio Batista.

En diciembre de 1993, el Festival de La Habana recibía una de las visitas más sorprendentes que nadie podía imaginarse. Días después de iniciarse la muestra aterrizaba en el aeropuerto José Martí el actor Arnold Schwarzenneger, conocido por su conservadurismo en compañía de su esposa, Maria Schriver, reputada periodista y sobrina del fallecido presidente John F. Kennnedy. Visita tanto más sorprendente cuanto que se sabía que para poder realizarla el visitante había tenido que abandonar por unos días un filme que rodaba en Miami y capear el furor de la poderosa comunidad cubana de esa ciudad norteamericana que le había amenazado con boicotear sus películas si iba a Cuba.

Aunque sería una estancia muy corta —llegaron un viernes por la mañana a las 09.00 hora local y a las 16.30 regresaban en su avión privado— la expectación fue enorme y justificada.

La pareja había salido del aeropuerto José Martí sin decir una palabra y en un Mercedes con chófer puesto a su disposición por el servicio de protocolo del ministerio de Relaciones Exteriores, recorrió La Habana vieja a paso de carga.

Los periodistas que les siguieron atravesando La Habana a más de 80 km/h comprendieron pronto que si había tanta prisa era porque el conductor había recibido la orden de despistarlos. Una hora después, tras una rápida visita a una galería de pintura cubana, el actor y la periodista se presentaban en la sede del ICAIC y con el pico cerrado subían al despacho del presidente de este organismo, el mismo Alfredo Guevara que días antes compartía mojitos con amigos en una suite del Hotel Nacional para festejar « Fresa y chocolate ».

Nunca se supo lo que se dijeron pero al rato el Mercedes del protocolo conducía a la pareja a una residencia puesta igualmente a su disposición por el ministerio de Relaciones Exteriores en la exclusiva zona de las afueras de La Habana donde el Gobierno cubano tiene sus casas de huéspedes, bonitas villas perdidas en un mar de verdura y discretamente custodiadas.

Al día siguiente. el diario oficial del PC cubano, « Granma », auténtico termómetro de la vida nacional más por lo que no dice que por lo que cuenta, reseñaba el viaje relámpago de Schwarzenneger aunque olvidándose totalmente de aquella extraña visita que le hiciera el Canciller Robaina. Y hasta la no menos secreta visita a Alfredo Guevara.

En los últimos años, los Festivales de La Habana han sido el marco de una serie de reuniones paralelas, que sin duda tienen algo que ver con « la diplomacia del cine ».

Dejando aparte las entrevistas que regularmente mantienen los actores y directores de Estados Unidos que viajan a Cuba en el mes de diciembre, a veces desafiando consignas más que serias del Departamento de Estado, hay toda una serie de encuentros que en el fárrago de la inmensa actividad festivalera pasan totalmente desapercibidas para la mayoría de la gente.

En 1993, las reuniones profesionales tenían en el bando norteamericano a Harry Belafonte, el realizador independiente John Sales y el actor Elie Wallach, este último conocido en otros tiempos por películas como « Baby Doll » y « The Misfits ».

Estos representantes de la industria cinematográfica norteamericana también tomarían parte en actos que poco tenían que ver con el Séptimo Arte aunque se organizasen en una sala de cine de La Habana. Combativo a más no poder pese a sus muchos años, Elie Wallach tuvo así la oportunidad de apoyar la acción de de asociaciones privadas de los Estados Unidos que abogan abiertamente por el fin del bloqueo. Y Harry Belafonte pudo lanzar, una vez más, el mensaje que contra el « imperialismo » estadounidense no se cansaba de repetir, en inglés y en la capital cubana, desde hace un montón de años.

Ese mismo año, algún periodista curioso pudo comprobar la coincidencia del Festival con la presencia en La Habana de un representante de la comunidad judía cubana de Miami que había atravesado las 90 millas que separan a ambas ciudades con el pretexto de ofrecer medicamentos al Gobierno. Lo curioso—en esta historia de la cine diplomacia todo o casi todo es cuando menos extraño– es que el personaje en cuestión fue conducido hasta el Palacio de la Revolución, donde le esperaban, en un auto Lada del ICAIC…

Pastor Vega es uno de los grandes del cine cubano que además de romperse la piel por preparar y sacar adelante sus propias obras pregona porque siempre haya un mejor cine cubano y, lo que es más, « que haya un nuevo cine cubano todos los días ».

Cuenta las cosas raras del cine nacional sacando del bolsillo del chaleco un ejemplo que pueda aclarar al poco preparado periodista a la hora de bucear en el mundo de la abstracción mezclada de buñuelismo en dosis mortales y de locura mágica de postre que es Cuba.

El interés de Fidel Castro por el cine fue siempre enorme y constituyó una de sus prioridades cuando llegó al poder en 1959. El 24 de marzo de 1959 (ley número 169 del Gobierno revolucionario), apenas tres meses después de que los barbudos llegasen a La Habana, Alfredo Guevara creaba el ICAIC, « la primera institución cultural cubana a partir del triunfo de la revolución ». Esta prioridad absoluta dada al cine en un país tercermundista es bastante novedosa. Sin necesidad de esgrimir las opiniones de los anticastristas es suficientemente evidente que el interés de Castro no era meramente cinematográfico.

Existía, pues, desde el inicio de la Revolución, una realidad subjetiva que conduce a Fidel Castro a interesarse por el cine. Los documentales, noticieros y dibujos animados de los primeros años sirvieron para transportar su palabra, sus ideas e igualmente para realizar una labor educativa basada, por supuesto, en los postulados revolucionarios.

Era tanto el interés que en, en los momentos más duros del control gubernamental, cuando Cabrera Infante y Herberto Padilla preconizan pluralidad en la opinión, Fidel Castro pronunció una frase que quedó en la historia: « Dentro de la Revolución, todo; contra la revolución, nada». Padilla fue a parar a la cárcel y Cabrera Infante optó por el exilio en Londres.

A París iría a parar muchos años después el mismísimo Alfredo Guevara, quien tuvo que pasar una temporada en la capital francesa—desde el 15 de marzo de 1983 al 22 de septiembre de 1992– como embajador en la UNESCO al parecer por divergencias con quienes no les gustaba su gestión de la cultura cubana.

Pero el tiempo y los acontecimientos hicieron que Castro tuviese que aflojar su control sobre el cine. En la clausura del VII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, el jefe del Estado cubano subía al escenario del teatro Carlos Marx para puntualizar sobre el tema.

Aquella noche iba a arremeter una vez más contra el poderío de la industria cinematográfica norteamericana en el mundo y aunque sus motivaciones eran puramente ideológicas y « caseras » se adelantaba al propio presidente francés François Mitterrand quien en los años noventa recogería ese mismo lema para exigir que Estados Unidos dejase espacio de cultura propia a Europa en general y a Francia en particular.

En junio de 1991 se estrenaba « Alicia en el pueblo Maravillas » de Daniel Díaz Torres. El 22 de diciembre de 1992, poco después de que el mundo celebrase o recordase el descubrimiento de América, Alfredo Guevara regresaba a La Habana. Menos de un año después estallaba la bomba de « Fresa y chocolate ».