Breve nota sobre esa cubana deseada y escurridiza

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

A casi un mes de iniciado el debate popular de un proyecto de reforma total a la Constitución de Cuba, las sorpresas no dejan de sucederse y quizá la mayor radique en la participación masiva que registra este proceso, en un país lamentablemente lastrado por el formalismo y la apatía en acciones de este tipo. Aunque todos los medios son oficiales en la isla, de su amplia cobertura y de las vivencias personales infiero que de los cambios concebidos en las alturas, unos cuantos no han recibido la bendición ciudadana y en torno a otros son tantas las modificaciones propuestas que su esencia peligraría. Es necesario que se hagan más reuniones de este tipo en la que la gente opine, porque el tiempo pasa, ya no está Fidel Castro, pasó aquella época en la que lo que él decía lo hacía la inmensa mayoría sin chistar, y si queremos que esta sociedad avance la única forma de lograrlo es que la gente se tome las cosas en serio y participe en reuniones como estas. Esa fue la esencia del planteamiento –no lo grabé- de una cubana sin edad para pensar, según dijo, cuando se aprobó en 1976 la Carta Magna ahora en vías de cambio. Llegó después de que otra dama que sobrepasa los 90 años insistiera en reforzar el papel del Estado como controlador de la vida nacional, reeditando el sentir de un sector aferrado a esa posición ante la tenue apertura concebida en el proyecto. Antes un sesentón, militante de base del Partido Comunista, propuso modificar la prevista forma de elección del futuro Presidente de la República, de manera tal que la Asamblea Nacional (AN) “proponga a los candidatos” y su elección se haga “mediante voto directo y secreto de los cubanos”. En ese mismo contexto, un ingeniero de poco más de 40 años de edad, iniciado en el sector no estatal, expuso otro grupo de modificaciones que van desde garantizar en blanco y negro la inversión privada de los cubanos en la economía nacional hasta que los diputados respondan realmente a la ciudadanía porque ellos, dijo, “tienen que representarnos a nosotros, no como hasta ahora que ni viven en el barrio ni los conocemos”.

Resta por constatar si, como se ha asegurado, las modificaciones se incorporarán al proyecto, porque esa función queda a cargo de la misma comisión que encabeza Raúl Castro, elaboró los cambios y los defendió a capa y espada cuando el proceso arrancó con dos días de debates en la AN –transmitidos en vivo por la tv- , donde fue evidente la inconformidad de algunos parlamentarios con varias de las novedades más connotadas: eliminar la referencia al “comunismo” como paradigma de la sociedad cubana; admitir el matrimonio gay; limitar a dos mandatos de cinco año el ejercicio de la presidencia del país; reconocer el libre mercado o el “enriquecimiento individual lícito”, entre otras.

En cuanto al matrimonio gay la tendencia mayoritaria, hasta ahora, apunta al rechazo, igual en lo referido a la limitación de los mandatos presidenciales,  y en cuanto al pretendido “enriquecimiento individual lícito” como parte del desarrollo controlado del sector privado y cooperativo, parecería que hay paridad entre partidarios y contrarios.

Tengo la impresión de que los cambios constitucionales han sido calibrados al detalle y dudo que los considerados esenciales pierdan su esencia por el resultado de las discusiones populares –incluyen por primera vez a los residentes en el exterior del país-, que finalizarán el 15 de noviembre. En diciembre volverá a reunirse la AN para debatir de nuevo el proyecto con las modificaciones sugeridas, según se ha dicho, y el 24 de febrero el proyecto definitivo será sometido a referendo.

Vista desde aquí, la democracia se asemeja a una dama deseada y escurridiza, que despliega sus encantos, seduce y logra el milagro de que los isleños dejen a un lado el formalismo y la apatía.