Carilda, la irreverencia en la poesía y en la vida

Vivian Núñez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace casi 70 años, una mujer cubana, provinciana por demás, escribió: “Me desordeno, amor, me desordeno cuando voy en tu boca, demorada; y casi sin querer, casi por nada, te toco con la punta de mi seno”.El soneto, incluido en el poemario “Al sur de mi garganta”, publicado en 1949, fue un escándalo para la época y anuncio de la futura obra erótica, lírica y épica de la mucho después Premio Nacional de Literatura, Carilda Oliver Labra, quien falleció en la madrugada del 29 de agosto a los 96 años. Desde Matanzas, en el occidente cubano, proyectó sus poemas y tejió una leyenda de amores y desamores desmedidos y múltiples, porque no podía ser de otra manera la vida de una mujer que muy joven había escrito versos como esos.“No me importa que me critiquen. Solo soy una persona que llevó la vida con franqueza y espontaneidad. He tratado de ser autocrítica, pero nunca otra mujer. A veces, en vez de leer mis libros, la gente me busca para ver qué encuentra del mito, de las exageraciones que se cuentan sobre mí”, expresó en una entrevista concedida hace varios años.

Hermosísima en su juventud, coqueta siempre, Carilda abrió su casa matancera a tertulias y encuentros literarios cuando no era moda hacerlos y cuando para algunos guardianes de la “moral socialista” su desenfado y honestidad no eran “políticamente correctos”.

Veinte años estuvo sin que le publicaran en su país, “pasé calamidades y comía sopa de hierbas”, a pesar de haber escrito “Canto a Fidel” cuando la lucha armada en las montañas del oriente cubano y de haberse quedado sola en su país cuando sus padres emigraron hacia Estados Unidos.

Defendió en su obra y en su vida el respeto a la sensualidad y a la libertad plena, esa que incluye el derecho de la mujer a decir lo que piensa, como lo piensa. Consideró casi ingenuo su soneto más famoso. “Muy jovencita escribí el tal “Me desordeno…” y la gente siguió desordenándose por su cuenta, pero me han echado la culpa a mí de todo”, dijo en el último programa de la televisión estatal cubana en el que apareció, en 2011.

Se casó tres veces; su último esposo, quien la acompañó hasta su muerte, era décadas más joven que ella; su poesía inundó el mundo y casi era obligado para famosos llegados a la isla ir a visitarla. Pero Carilda se quedó en Matanzas y murió en Matanzas, allí donde escribió: “Y mi suerte de fruta respetada arde en tu mano lúbrica y turbada como una mal promesa de veneno; y aunque quiero besarte arrodillada, cuando voy en tu boca, demorada, me desordeno, amor, me desordeno”.