Cuba y el conflicto de las jabas ausentes

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Imagine usted que terminó sus compras en el supermercado y al llegar a la caja contadora la empleada le alerta que no hay envoltorios (Oh, aquellos cartuchos de mi niñez, vigentes en otros lares) para organizar de manera personal lo adquirido, que además desborda ese pequeño artefacto con cuatro ruedas, compañero imprescindible en su gestión, que le permitirá llegar al auto –si tiene- a fin de trasladar hasta el hogar los abastecimientos de la semana o la quincena o el mes. Supongo que en un súper concebido para vender, esa ausencia es impensable, inimaginable, porque si ocurriera el negocio devendría caos y usted cambiaría de comercio. Pero aquí, en Cuba, las cosas son distintas,  los súper se asemejan a trituradoras de gente –en las horas pico de calor ambiente desconectan los sistemas de climatización para ahorrar- y como hay bloqueo estadounidense, falta de liquidez y deudas con los proveedores extranjeros, usted puede ir a comprar leche y conformarse con una latica de vainilla, porque el alimento que busca “no ha entrado”, como suelen responder de mala gana, sin saber nunca cuándo entrará ,  uno de esos dependientes que pululan por los pasillo del comercio no para auxiliar en las compras, sino para vigilar que la gente no robe. Usted puede ir en busca de mantequilla –“no ha entrado”-, y terminar comprando una cajita de queso crema brumoso o ir por el necesario café molido y salir con las manos vacías.

Pero eso es cosa de todos los días, ya es rutina incorporada, la moda ahora radica en la ausencia de las benditas jabas de nylon –ni cartuchos ni otro tipo de envoltorio- , que le permiten agrupar lo que pudo comprar, para después de pagar en la caja, salir del comercio –prohibido hacerlo dentro, para evitar robos-y  trasladarlo a esa bolsa de tela o paja tejida que usted se agenció de alguna manera o que alguien le trajo de otro país, de los super de allá,  a fin de llegar al hogar sin tener que improvisar malabares con lo adquirido, mientras camina.

Me parece haber leído que en el algún lugar del país se piensa montar una planta de jabitas de nylon con inversión extranjera, no lo tengo claro, tendría que hurgar en la información de prensa registrada, pero lo que sí tengo clarísimo es, que de ser así, a la velocidad que transcurren las inversiones en esta galaxia, en un par de 20 años ya tendríamos jabitas, aunque quizá para entonces la norma generalizada internacionalmente sea prescindir de ellas por razones medioambientales.

De momento las jabas siguen ausentes y disparan conflictos. Hace pocos días una colega vivió la siguiente experiencia (citaconsonia.wordpress.com). Después de una hora de fila al sol para comprar algunas jabitas a 50 centavos de peso cubano y ahorrase lo que cuesta cada una de las que alguien se roba en el mismo mercado para vender “por fuera” 50 centavos más cara, tuvo la pecaminosa idea de tomar fotos con su móvil.  El administrador, sagaz como suelen ser muchos, se percató de la provocación y le fue arriba a arrebatarle el teléfono, porque dijo que aquel era un mercado estatal y no se permitían fotos, ni a los extranjeros. Ahí mismo se formó la algarabía por jaba y prepotencia. “¿Por qué los vendedores no tienen las jabas en las tarimas –era un puesto de viandas y hortalizas- y así nos evitamos esta cola?”, alcanzó a preguntar ella sin soltar su móvil y la respuesta resultó de cinco estrellas. “Porque cada uno le pone el precio que le parece”, replicó el avispado administrador.

En el caso de Sonia, a quien el avispado llegó a acusar de “contrarrevolucionaria”, la sangre no llegó al río, solo al mal rato vivido por una mujer probablemente en busca de calabaza y tomates en este país distinto, geográficamente enclavado en el Caribe, aunque en términos de cotidianidad se asemeje más a un cometa en viaje infinito del otro lado de las estrellas.