“Sergio y Serguéi”, algo más que una buena película cubana

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal JR.

La Habana

Me atrapó desde la primera mirada y me elevó hasta el gozo, aunque volviera a los años tristes, cuando en casa desayunábamos infusión de hojitas de naranja agria y soñábamos con comida. Me indujo a retroceder hasta la peor crisis registrada en la historia nacional y, sin embargo, al mismo tiempo, me llevó de lo ingrato a la risa, y del razonamiento a la carcajada. No sé si será capaz de seducir de igual forma a los que viven distantes, pero aquí se mete a la gente en un bolsillo por su ternura, aunque recreara tiempos en los que hasta la ternura costaba caro, y por una originalidad capaz de sorprender, al reunir durante hora y media a tres personajes singulares: un cosmonauta soviético, un licenciado cubano en Filosofía marxista y un estadounidense anticomunista en conflicto con el FBI.

El soviético que devendría ruso, daba vueltas por el espacio sin saber que en tierra se había evaporado la Unión Soviética y los nuevos jefes en Moscú no tenía intención de traerlo de regreso; no había dinero en el Kremlin para sufragar el orgullo cósmico. El cubano vivía al límite, porque la desaparición del antiguo aliado soviético había puesto a su isla en crisis y lo situaba –como a la mayoría de sus compatriotas- ante el dilema de inventarse la subsistencia para él y su familia por vías que consideraba sacrílegas o mantener incólume su concepción del mundo, esa que, en el decir de su madre, lo había mantenido también muy lejos de la tierra. Y el estadunidense de origen polaco, que odiaba a Stalin porque el ruso –“y no el maldito Hitler”- acabó con toda su familia, andaba desentrañando conspiraciones oscuras en la Casa Blanca, con los servicios secretos pisándole los talones.

A partir de esa caracterización resulta difícil suponer cómo logra asociar a estos personajes el coguionista y director del largometraje, Ernesto Darana, y precisamente ahí radica una de las virtudes del filme, que no solo alcanza una articulación convincente, sino que descubre a sus compatriotas algunas o quizá muchas de las entrañas de esos males-necesarios de una época pasada, que con el tiempo se transformaron en parte de los genes de la sociedad cubana.

Cuenta con un lenguaje universal el largometraje, pero puede que a quienes son del otro lado del Atlántico les cueste interpretar cada uno de los muchísimos matices que encierra. Sergio (Tomás Cao), filósofo marxista graduado en la URSS, políglota, ciudadano honesto y “capaz de jugar con la cadena, pero no con el mono”, como llega a recriminarle una alumna en referencia al poder, tiene como mejor amigo a unos de esos buscavidas que florecieron durante la crisis, robando al Estado –único dueño de todo entonces-, para hacer balsas de madera y goma, que vendía a buen precio a los muchos isleños dispuestos a lanzarse al mar a fin de escapar de la zozobra nacional, aunque la aventura los llevara hasta Alaska. “Un día te van a joder”, le dice Sergio al amigo, a quien protegía, sabedor de que incluso a él lo vigilan los encargados de la pureza ideológica del país, por sospechar que pudiera tener relaciones con la tenebrosa Agencia Central de Inteligencia de EU debido a sus intercambios como radioaficionado con el yanqui (Ron Perlman) y también pudiera ser partidario de la perestroika soviética –pecado mortal en aquellos tiempos- a causa de sus enlaces con el cosmonauta ruso (Héctor Noas) , quien solo en el espacio llega hasta romper un record de permanencia del otro lado de las estrellas en la estación MIR, en tanto desde el planeta el cubano y el yanqui buscan ayudarlo.

Por esa época, más que frases, se acuñaron y extendieron conductas. “Luchar”, “resolver” fueron dos de ellas, implicaban “sobrevivir a cualquier costo” y hoy siguen vigentes, enraizadas en la vida nacional. Recomiendo a “Sergio y Serguéi” porque a mi modo de ver es algo más que una buena película cubana, coproducida por MEDIAPRO, el ICAIC y RTV COMERCIAL.