Luis, el naufragado

Victoria Páez & Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Victoria Páez es médica pero lo suyo también es escribir. Y lo hace muy requetebién. Por eso me pareció interesarte ponerle entre las manos uno de los personajes que más he querido en mis novelitas, aunque alguna vez le traicioné. Quería que me lo analizara pero no solo literariamente. Sobre todo que le hincara el bisturí y le sacara las tripas para ver lo que tenía dentro, porque yo nunca lo supe. Lo ha hecho como ella hace las cosas, con estilo y seguridad. Pobre Luis, si hubieses caído en manos de esta médica escritora cuando todavía vivías te hubiera autopsiado. Porque a ella, seguramente una deformación profesional, le gusta ahondar y sacar verdades o mentiras donde las encuentra.

Luis me ha protagonizado todas las historias que he contado durante medio siglo de contador profesional. Una veces ha ganado y otras perdido. Cierto que a veces le ha tocado darse de bruces con mujeres difíciles que le han hecho la vida un poco menos llevadera. Si mal no recuerdo una de ellas fue una cubana, Ana, que le llevó y le trajo por la calle de la amargura.

Vean cuáles han sido los resultados de los análisis de Victoria Páez.

En un relato corto, que imagino no tenía otra misión que contar la típica historia de señor maduro encuentra a dama de mediana edad y al final todo al garete, me topo con Luis, un tipo atormentado por su ” Ayer, hoy y siempre”. Me paro en él, me llama la atención porque la historia me es familiar… Me recuerda a alguien… Sí es igual que aquel señor que conocí hace 20 años y al que le fui quitando capas, como a las buenas cebollas, hasta que, por una rendija me enseñó parte de su sufrimiento. Un sufrimiento que era suyo y de nadie más, que no estaba dispuesto a compartir, aunque se encontrara en medio de la peor tormenta, y seguía allí delante mía, agarrado a los restos de su propio naufragio, digno, como un pasajero del Titanic.

Luis es casi idéntico, anda metido en el bucle de su propia pena, dejando los días pasar, viéndolos porque toca vivirlos, Pero, en medio de su tempestad Luis encuentra una balsa de salvamento entera, a la que se aferra con la vida que le quedaba y se niega a bajarse de ella para toda la eternidad; la quilla de aquella barca ponía ANNA.

Luis se difuminó en aquella lancha; escuchaba crujir su madera, le repintaba las esquinas cuando el mar las pelaba, Y, cuando más cuidada la tenía: un golpe de mar se la arrancó de sus manos.

Mi tierno Luis, mi tierno amigo, ya no sé a cuál de los dos escribo. Hay tempestades que no queremos abandonar, porque las creemos nuestras, como aquella película de ” La tormenta perfecta”; no seré yo quien les diga cómo abandonar la borrasca, si todavía no supe salir de la mía; pero lo que sí puedo asegurarles, a los dos, que cuando un golpe de mar se lleva nuestra barca, siempre hay otra, generalmente de mejor madera y pintura, dispuesta a ser su cobijo y a pasearlos por aguas más tranquilas, donde gritar al viento lo que duele el alma.

Luis, no pienses más en Anna, no mereció ni la mitad de tus lindas palabras.

Mi amigo, ya sabes en que puerto espera tu barca.

En un relato corto, que imagino no tenía otra misión que contar la típica historia de señor maduro encuentra a dama de mediana edad y al final todo al garete, me topo con Luis, un tipo atormentado por su ” Ayer, hoy y siempre”.

Me paro en él, me llama la atención porque la historia me es familiar… Me recuerda a alguien… Sí es igual que aquel señor que conocí hace 20 años y al que le fui quitando capas, como a las buenas cebollas, hasta que, por una rendija me enseñó parte de su sufrimiento. Un sufrimiento que era suyo y de nadie más, que no estaba dispuesto a compartir, aunque se encontrara en medio de la peor tormenta, y seguía allí delante mía, agarrado a los restos de su propio naufragio, digno, como un pasajero del Titanic.

Luis es casi idéntico, anda metido en el bucle de su propia pena, dejando los días pasar, viéndolos porque toca vivirlos, Pero, en medio de su tempestad Luis encuentra una balsa de salvamento entera, a la que se aferra con la vida que le quedaba y se niega a bajarse de ella para toda la eternidad; la quilla de aquella barca ponía ANNA.

Luis se difuminó en aquella lancha; escuchaba crujir su madera, le repintaba las esquinas cuando el mar las pelaba, Y, cuando más cuidada la tenía: un golpe de mar se la arrancó de sus manos.

Mi tierno Luis, mi tierno amigo, ya no sé a cuál de los dos escribo. Hay tempestades que no queremos abandonar, porque las creemos nuestras, como aquella película de ” La tormenta perfecta”; no seré yo quien les diga cómo abandonar la borrasca, si todavía no supe salir de la mía; pero lo que sí puedo asegurarles, a los dos, que cuando un golpe de mar se lleva nuestra barca, siempre hay otra, generalmente de mejor madera y pintura, dispuesta a ser su cobijo y a pasearlos por aguas más tranquilas, donde gritar al viento lo que duele el alma.

Luis, no pienses más en Anna, no mereció ni la mitad de tus lindas palabras.

Mi amigo, ya sabes en que puerto espera tu barca.