El tabaco: “Era todo muy santa cosa”, según Las Casas

Marta Gómez | Sergio Berrocal Jr

Los cubanos gustan decir ‘Me hizo la historia del tabaco’, cuando alguien nos abruma con un relato interminable sobre cualquier tema. Pero el vínculo nativo con la aromática planta, en cambio, siempre fue placentero, aunque ahora se sabe dañino a la salud, no se puede negar. Es un hecho que la verdadera” historia del tabaco” en Cuba está muy ligada a la cultura, a costumbres antiguas y vigentes y  al desarrollo económico del país. Aquí van unos apuntes. Todavía no se sabe de cierto por cuáles misterios de la naturaleza la planta del tabaco, oriunda del continente sudamericano, encontró tierra de promisión en Cuba, la mayor de las Antillas.

De acuerdo con los investigadores, hace unos cinco mil años los indios de Sudamérica conocían las virtudes de la hoja del tabaco, sobre todo sus efectos medicinales. Por ejemplo, los jíbaros del Amazonas, los aruacos o arawaks de la cuenca del Orinoco y más al norte, los aztecas, quienes lo usaron como antídoto contra el implacable veneno de las serpientes.

Se estima que esta planta es originaria de la zona andina, cerca del lago Titicaca, donde se le conocía quizás desde el año 3000 a.n.e. De la mano de los aruacos llegó a la isla de Cuba. Esta etnia de aborígenes es el núcleo originario de los llamados taínos antillanos.

 Las hojas, llamadas cohoba  por los aborígenes, tenían usos medicinales y hasta religiosos. Aquí y allá se han estudiado evidencias de antiguos vínculos con la hoja, teniendo en cuenta los efectos de la nicotina como antitetánico, narcótico y para mejorar el funcionamiento de la vejiga. Además, para curar yagas y heridas. Se colocaba cerca de los cuerpos, quizás con una finalidad protectora, cuando se iba a acampar en parajes intrincados y desolados, a la hora del sueño.

Eran vastos los conocimientos de los behiques -médicos o curanderos indígenas- sobre las propiedades de esta planta,  un bello arbusto, de  armonioso follaje. Sus hojas son de un verde brillante y una suave consistencia. Secas y debidamente procesadas, originan hoy uno de los productos más famosos del mundo, los puros habanos: son los cubanos de los de mejor calidad.

Antes de la llegada de Colón a América, se dice que los aborígenes preparaban la planta de cinco maneras fundamentales: en zumo, polvo, pasta, humo y en tisana. Muchas veces ‘fumaban’ algunos rústicos por la nariz, auxiliándose de un artefacto parecido a un tirapiedras.

Cristóbal Colón menciona desde su primer viaje su encuentro con el prodigio natural, al escribir en su diario que los nativos portaban como unas hojas secas, muy queridas entre ellos.

Fray Bartolomé de las Casas habla de unas ‘hojas secas metidas en una cierta hoja’ o algo así, refiriéndose al arbusto de marras. El gran almirante llevó las preciadas hojas en su primer viaje de regreso a España, junto con tortas de casabe o pan de yuca, piñas, guacamayos y cotorras, así como algunos seres humanos de nuestras tierras.

El etnólogo y escritor cubano Miguel Barnet expresó una vez que el cohoba -difundido al mundo por los españoles como tabaco-, fue el mejor regalo que hicieran los indígenas a los blancos y a los negros. Aquí se adhirió a una expresión dicha por Las Casas: ‘Era todo muy santa cosa’, quien en el siglo XVI describió el uso que los aborígenes daban a la planta.

Aparte de fumarlo, el humo del tabaco fue adquiriendo para la cosmogonía aborigen una importancia significativa y su presencia en los ceremoniales y rituales religiosos fue aumentando. Esto se trasmitió a los esclavos africanos que se fueron introduciendo en la medida en que la crueldad del conquistador diezmaba y llevaba al exterminio a la población nativa.

Fue obra de los marinos el de llevarlo por todas partes del mundo. También se conoce que el español Francisco Hernández de Toledo lo dio a conocer científicamente en el siglo XVI. Pero por muchas razones su uso se mantuvo oculto, y no era precisamente porque entonces se considerara su abuso como dañino a la salud.

En La Habana del siglo XVI el tabaco fue objeto de comercio a iniciativa de los negros. Ellos vendían el producto a las flotas, que como se sabe arribaban incesantemente por su puerto considerado la llave del Nuevo Mundo. Pero pronto la metrópoli les prohibió la venta y el cultivo. Pasó a ser un privilegio que se dieron los blancos conquistadores asentados en la isla.

De acuerdo con testimonios del investigador Barnet, tanto la regla de ocha (santería), la de palo, la sociedad secreta abakuá, las ofrendas a la virgen de la Caridad… usaban y usan los humos en sus ritos. Para el santero casi es imposible actuar sin el humo del tabaco.

Es larga y compleja la trayectoria del tabaco por el mundo, sobre todo en la vieja Europa y Las Américas, regiones en las que conquistó aficionados de todas las clases sociales.  También se convirtió en símbolo de poder y señorío, primero en dueños de esclavos y hacendados, más tarde en millonarios y señores de la alta política. Muchas versiones de lujo cobraron fama al surgir hace mucho tiempo y perviven hasta los días actuales.

En los siglo XIX y principios del XX, en Cuba florecieron prósperas industrias de producción de puros. Habanos comenzaron a llamarse desde tiempos coloniales, época en que se hizo indudable que la calidad de los cigarros cubanos superaba con creces a la del resto del mundo. Las tierras de Vuelta Abajo, en la occidental provincia de Pinar del Río, fueron especialmente dotadas por la naturaleza para ese fin. Condiciones que se han mantenido a lo largo de muchos años.