Brigitte, Brigitte Bardot

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La mujeres pueden llegar a ser excelentes amigas. Si, realmente excelentes. En primer lugar hay que estar enamorado de una mujer para disponer de una base sobre la que sustentar su amistad.

Ernesto Hemingway, “Fiesta”

 

Para quien no ha vivido los años 60 en París resulta difícil medir en su justo valor lo que fue el fenómeno Brigitte Bardot para el cine pero también para toda la sociedad francesa, inmersa en la terrible guerra de Argelia, que terminaría con la paz en 1962, y con el no menos terrible mes de mayo del 68 que vendría después. La que luego no se conocería más que con dos iniciales que olían a perfume, B.B. había sido descubierta y lanzada pon Roger Vadím en Et Dieu crea la femme, una película que en su época escandalizó casi tanto como tres años después, en 1960, ocurriría con La dolce vita. Pero si la película de Federico Fellini era un auténtico incendio que prendía fuego a veinte siglos de tradición judeo-cristiana, Et Dieu crea la femme no pasaba de ser un compendio de imágenes que quizá prefiguraban lo que el cine erótico sería más tarde pero que en aquel momento no pasaba de un canto a la silueta casi masculina de una

Brigitte paseando por una playa y por las vidas de un viejo Curd ]urgens y de un jovencito e inocente Jean-Louis Trintignant. Nada tenía este filme para encender las hogueras de la Inquisición.

Probablemente la magia de la recién descubierta estrella, que hasta entonces había hecho películas sin mayor trascendencia, resida en una cierta y segura inocente perversión que tan bien le iban a los años sesenta de mis entretelas.

Mientras Fellini tuvo que sacar la artillería de su dialéctica narrativa para provocar el escándalo, Roger Vadim no necesitó más que pasear a su descubrimiento por un pueblecito marinero donde pronto crearía romanescos enfrentamientos entre tres hombres.

El poder de B.B. era enorme en cuanto tenía a tiro a un miembro del sexo masculino. Lo revolcaba en la locura de la conquista sin grandes esfuerzos. Le bastaba con fruncir los ojos, que ni siquiera eran espectaculares, y con hacer unos inocentes gestos con los labios, apenas sensuales y sin silicona como ahora se llevan. Quienes la amaron locamente en aquella aparición de la playa sureña francesa aprendieron a respetan su talento de actriz cuando en 1962 hizo Vida privada de Louis Malle, poco antes de La verdad, de Clouzot, y en 1963 Le mépris de ]ean-Luc Godard. Y cuando paseaba su palmito de novatilla por los estudios de Billancourt, en Paris, jugando a la salvaje elegante, sin creerse realmente todavía que el mundo le iba a rendir pleitesía, los periodistas encargados de seguir sus menores pasos supimos rápidamente que iba a ser un fenómeno de la importancia de Marilyn Monroe o Rita Hayworth.

En uno de aquellos rodajes suyos en los estudios de Billancourt, que ahora se han convertido en todo menos en lo que era, uno de sus productores tuvo la idea de hacerla elegir al reportero más simpático. Y me eligieron a mí, probablemente porque, las fotos de la época me rinden esa justicia, era guapito y jovencito. Cuando pienso que una de las starlettes (aprendiz de estrella pero que no siempre llegaban a serlo) que andaban por aquellos platós me trataba de “bocato de Cardinale” me quedo patitieso mirándome en el espejo donde en lugar del espigado muchachito de entonces veo a un gordo que se ha llegado a ese estado mental con ese salario del miedo de la vida que el que más y el que menos se ha ganado con los años.

Pero dejémonos de recuerdos ociosos. El premio no fue pasar una noche con BB (una noche de charla, entiéndanme bien) ni siquiera una romántica cena en cualquier restaurante elegante, sino un modesto bolígrafo de plástico en el que figuraba su nombre y el título de la película. En mi inocencia, fuí por un rato el muchacho más feliz del mundo. Felicidad corta porque el bolígrafo me lo robaron aquella misma tarde. Creo que hubiese dado a cambio un Cartier. Pero, bueno… También es verdad que yo no tenía nada de esa tienda de la Rue de la Paix para ofrecerlo como recompensa.

Desde el cine, el estilo de B.B. saltó a la vida real e impuso una forma de ser de muchacha liberada que la llevó hasta la entonces exótica playa brasileña de Búzios, donde pasó unas vacaciones con un amante o un esposo, la memoria me falla. Aquel pedazo de tierra virgen que se confiesa con el mar era entonces un mero refugio de hipis. Hace unos años no quise venirme de Brasil sin visitar los lugares del crimen. Y descubrí un cine del centro de la ciudad, muy parecida al Saint-Tropez que Brigitte haría celebre en Francia, entre las plantas tropicales que se comen la fachada, donde reza orgullosamente la razónn social de Cine Brigítte Bardot. Pero ella, que desde que cumplió los sesenta ha guardado sus distancias con el mundillo que fue el suyo para consagrarse prácticamente a los animales – mucho más agradecidos que los hombres – nunca ha querido ir más por allí pese a que ha han invitado repetidamente para presidir un festival que le hubiese estado consagrado. Para terminar el cuento, digamos que en el ano 2.000 el propietario de la sala era uno de los innumerables argentinos instalados en Búzios.

Así es la vida.

Autor entrada: onmagazzine