Ojos de nuestras vidas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Soraya tenía unos ojos verdes que parecían esmeraldas colombianas de contrabando. Hitler lucía unos ojos grises que hicieron temblar a Europa. En estos primeros ratos del verano, la mirada de la emperatriz triste y la de aquel monstruo pergeñado por la imbecilidad me están quitando algo de sueño. Estos días me he tropezado también con otros ojos, los de una niña que nunca había visto y que trataba de entender el amor, ese absurdo empeño de las gentes que suele terminar mal porque amar no es humano. Eran ojos neutros y curiosos que en una película francesa de la que ustedes probablemente no hayan oído hablar, Les bottes (Las botas, por botas de montar), de Renaud Bertrand, descubre con curiosidad los vericuetos amorosos higiénicos de su madre, aburrida burguesa, con un profesor de equitación mientras en París estudiantes y obreros tratan de convencer al mundo de que van a hacer la revolución en un bello mes de mayo de locura y falta de gasolina.

Tristes amoríos en los bosques de Chantilly, ese pueblecito francés de raigambre noble. Aparte de haber inventado la crema Chantilly posee, a dos pasos de París, uno de esos castillos que sólo los franceses han sabido construir, vivir y mimar. En éste merodea aún los fantasmas de sus dueños, los Príncipes de Condé, que habían construido en el inmenso parque casitas de muñecas para sus amantes.

Finalmente, en la vida son todo miradas. Como la de este turista inglés que con su ridícula cara de alcohólico viajero me echa a perder el paladeo de mi descafeinado con leche en la playa de este pueblo ex pesquero español situado en una isla africana sin dirección. Tiene ojos como los de un cangrejo de cocotero.

Los de Soraya, que si no hubiese sido Emperatriz de Persia o de Irán, que para el cuento es lo mismo, habría hecho una deliciosa modelo a lo Bridget Jones para emires de golfos perdidos de petróleo, han vuelto a mi actualidad privada cuando el año se estirazaba para marcharse. Su verde apagado, como el de un uniforme que marcó mi vida, me recordó aquellos años cincuenta cuando Mohahed Palhavi, Cha de Irán por la gracia de Dios o porque a veces Dios puede tener sentido del humor, se enamoró tan locamente de ella como luego de otra belleza más mustia, Farah Diba, a la que desposó tras repudiar a Soraya, que desde entonces paseó su palmito y sus algunos millones de dólares por el mundo de playas, nieves y champaña.

Nunca me tropecé con Soraya, aunque sí conocí en París a una colega suya de destino. Era una princesa de ojos como la miel y tristes como yo, que iba a casarse con un rey de un país donde una revolución le colgó en una plaza pública mientras su novia y princesa egipcia tomaba té conmigo. Muchos años después, pero no como en los cuentos de las mil y una noches, los boys del señor George Bush aplastarían con sus botas de goma la cultura de aquel país. Y, lo que es aún más imperdonable, arrancarían de cuajo toda esperanza.

Un realizador italiano, que aparentemente no tenía nada mejor que hacer, Ludovico Gasparini, resucitó en su momento a la Emperatriz a la que el destino le concedió paladear el sabor inconmensurable de la venganza cuando el islamismo religioso y furibundo decidió que el Cha se había pasado de moda y que el petróleo de Irán, que se repartían alegremente Gran Bretaña e Italia entre otros, tenía que ser para su causa. Porque cuando hay petróleo por medio siempre existen causas que defender. Y un tal Jomeini, que ejercería como Ayatola, abandonó un buen día su refugio de París para hacerse cargo de una revolución que daría al traste con los poco altruistas propósitos del Cha. Que por cierto nada tenía que ver con el que todos hemos bailado alguna vez. Y acabo de recordar otros ojos, los de un presidente de Francia que había dado asilo político al temible clérigo y que más tarde le permitió irse a Teherán para revolucionarlo todo.

¿Recuerdan los ojos penetrantes y crueles de Jomeini? ¿De qué color eran? A mí me ha recordado fugazmente a los de un joven líder del Movimientos de los campesinos sin tierras, el MST brasileño, que un día de calor húmedo y con serpientes en los maizales me miró fijamente para que entendiera que estaban dispuestos a todo por la dicha del pueblo. Estábamos en un campamento establecido por esos hombres y mujeres dejados de la mano de Dios en las montañas de Goias, a un par de horas de coche con agallas por caminos de enormes pedruscos, y el muchacho me martilleaba que estaban preparados para cercar la capital, Brasilia, y obligar al gobierno a realizar la inenarrable reforma agraria. Entonces eran tiempos del reino de Fernando Henrique Cardoso, el encantador de serpientes políticas que sigue teniendo unos ojos de profunda ambición. Los campesinos siguen empantanados en sus bonitos sueños de tierras para todos.

Se me ha ido el santo al cielo y por poco me olvido del honorable Adolf Hitler, al que probablemente le habría gustado ser rey o por lo menos emperador. Der Untergang (La caída) es el título que un realizador alemán de nombre impronunciable, Oliver Hirschbiegel, ha dado a una película que en su tiempo anduvo por las carteleras europeas, empezando por las de Francia, donde ese siniestro dictador que se paseó por los Campos Elíseos sin que las fuerzas del bien pudiesen detenerle, sigue fascinando cerebros desquiciados. Aunque en Alemania, lugar de nacimiento de este caballero, es peor. Tres millones de espectadores alemanes vieron la cinta en las cuatro primeras semanas de proyección. Y algunos comentaristas, hay gustos para todos, se preguntan seriamente si hay derecho a consagrar un filme al hombre al que se le atribuye el bonito palmarés de cuarenta millones de muertos.

Quizá, cuando el primer ministro de Israel, Ariel Sharon, de mirada terrible de juicio final, el suyo, termine de machacar a los palestinos y alguien quiera dedicarle una película salga un pensador para hacerse la misma y trascendental pregunta.

Pero no me hagan mucho caso, de veras. Es cierto que los ojos me siguen fascinando. Lo malo es que soy profundamente daltoniano.

Autor entrada: onmagazzine