Mozart tocaba, Hemingway enamoraba

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No sé si Mozart también tuvo que combatir a sus miedos, esas arañas peludas que se te meten en el alma pasando por el cerebro y el hígado. Miedos de no poder volver a estar a la altura de su propio genio en la próxima partitura, en el siguiente concierto, porque siempre hubo uno más, en salas de pasión desbordante y perfumes frescos contra las axilas mal lavadas. Mientras el divino Mozart se escapa de una radio en plena emoción del desacierto de un día que sabes va a ser peor que el anterior y un poquito menos malo que el siguiente, su música emociona como la caricia de una mano femenina de amor que no esperas o que ya has olvidado. Música para dioses, caricias para humanos, las dos merecidas por poca gente, me pregunto si el cineasta italiano Sergio Leone, que también era compositor de emociones a las que Ennio Morricone ponía su música, la música que antes nunca se había oído. Me pregunto si Leone, el hombre de los tiros de Colt 45, tuvo alguna vez miedo a morir, morir sin saber qué estaba ocurriendo o si había logrado vencerlo.

De lo que estoy casi seguro es que Claudia Cardinale, actriz inseparable de parte fundamental de la obra del cineasta Leone, había sonreído alguna vez a Mozart como ella sabía sonreír para enamorar, para cautivar hasta el orgasmo, para vivir, con su garganta un poco ronca de cantante italiana de la bella época, la nuestra.

“Sergio Leone era il sogno, l’avventura”, dice desde el fondo de un televisor tirada en el lujo de un sofá Roche-Bobois, cuando rendía homenaje al cineasta que fue mucho más que el creador del western spaghetti.

Claudia habla con un cigarrillo entre los dedos, pero no se sabe ni importe desde donde, tal vez desde uno de los salones majestuosos, llenos de sedas de la China, de perfumes del Oriente de las princesas secuestradas en suntuosos palacios en espera de que el rescatador que siempre imponía la historia fuera rico y no tuerto como el de la prima comadrona que trajo al mundo a su madre, a la que su padre el sultán encontró descarriada y despatarrada en un jardín plantado únicamente de jazmines, hacía ya años.

Claudia habla de uno de aquellos salones donde bailaba con Burt Lancaster y con Alain Delon, en una sinfonía que Visconti había compuesto con película de cine y música de dioses castrados en el palacio del Gatopardo. Salones en los que se bailaba y se bailaba, de los que no se podía escapar porque de hacerlo se entraba en el reino de Alicia, la prima de la otra de las Maravillas, y entonces nadie sabía lo que podía ocurrir.

Un palacio cerrado con cuatro puertas en cada puerta, mil soldados en cada escalón porque en la calle estaba el desorden, la guerra, la muerte de los revolucionarios. Y ellos, los que bailaban al son de una música inventada por un Mozart redivivo, no querían vivir, fuese como fuese, cayese quien cayese.

Hasta las notas magníficas, plagadas de una belleza que nadie conoce de veras, que nadie ha logrado averiguar nunca, llega el recordatorio de una poeta cubana llena de dulzura y talento, Carilda Oliver Labra, a la que Ernest Hemingway conoció y amó fugazmente, como se conoce lo que vale la pena, en un barco que había hecho escala en Matanzas, Cuba. Una vez más, Hemingway, el hombre que amaba a las mujeres, el hombre que se reía de la muerte porque sus miedos no le dejaban vivir, amó, amó en vano, sin futuro, sin porvenir, sin largas oraciones por el cuerpo de la amada, del amado, rompiendo todas las tradiciones cristianas que impedían el amor que Jesús predicaba, que Jesús derrochaba con María Magdalena a manos llenas.

Aquella tarde de hay mil años, cuando el barco atracó en tierras matanceras, donde las mujeres tienen los ojos verdes, Hemingway el viajero, el pendenciero, el bebedor, el hombre que no le tenía miedo ni a la muerte de los demás, acarició la mano de Carilda. Y entonces vio sus enormes y risueños ojos verdes, que hoy a los 92 años de edad, otros dicen que 95, pero qué más da, siguen rompiendo corazones. Pero Ernest ya no está. Se marchó una tarde, o quizá una noche, en la que su viejo fusil Remington le dictó el camino a seguir.