A los cubanos, también, se les acaba el circo

Manuel Juan Somoza | Sergio Berrocal Jr.

Termina un descanso breve y comienza la recta final de este mundial de fútbol que ha atrapado a los cubanos con fuerza mágica, aunque se dispute muy lejos y aquí solo se aspire a que algún día resurja ese deporte y la isla vuelva a estar en una fase final, como en Francia aquel también lejano 1938, cuando en el país caribeño el once contra once era cosa “de gallegos, descendientes y allegados”. El domingo próximo conoceremos al nuevo monarca de un campeonato en el que las estrellas mediáticas –con razón o sin ella-, recogieron sus maletas pronto y la única que quedó en el firmamento lo hizo un poco después, tras decepcionar por el apabullante apego más a su ego y a las piruetas, que a la entrega a los colores del país que defendió.

Por lo visto desde aquí, donde la televisión pública ha trasmitido todos los partidos en vivo, el mundial es un éxito organizativo para la Rusia de Putin y parece que dejará ganancias multimillonarias a quienes han convertido esa práctica en un negocio enorme, como suele ocurrir es este planeta donde el dinero manda y no para paliar hambrunas, ni las mil otras penurias que sobran.

Pero aun así, los cubanos también se sumergieron en este fenómeno global que durante unas cuantas semanas ha puesto a soñar en colores y postergó tristezas; porque así son algunos fenómenos planetarios, atrapan, sobre todo, a los que menos tienen y más necesitan olvidar.

Cuando el mundial se esfume de las pantallas cubanas el domingo dejará un vacío profundo, difícil de sobrepasar incluso por la llamada “Programación de Verano”, que cada año organiza la tv pública en estos tiempos de vapores, vacaciones y amenaza de huracanes. Ha llegado aquí la época de playa y ocio, y cada quien la asume de acuerdo a su bolsillo, otro fenómeno global.

No obstante, encender la tele sin costo adicional alguno –en un país donde la vida es cara- y trasladarse durante 90 minutos o poco más a la tierra de Tolstoi o Lenin para seguir en chancletas con cerveza fría a mano el deporte colectivo más bello del mundo, es casi un privilegio de los poquísimos que tienen –tenemos- los mortales simples.

Los pronósticos de cómo terminará la competencia corren por la isla, donde paradójicamente el béisbol es el deporte nacional –este es un país de singularidades, donde a las putas se les llama jineteras y al robo desvío de recursos-. Hay incluso discusiones, porque así somos, aunque se fueran del terreno los países más seguidos: España, Brasil, Argentina, México, Uruguay y Alemania.

Se nos acaba el circo, se nos va el mundial de fútbol –evocación de mis ancestros, de niñez y juventud-, pero nos queda el sueño de que “mañana todo será mejor” –como suponemos siempre los cubanos-; nos queda la vida con sus retos cotidianos para siempre estar entretenidos; nos queda seguir andando y en ese camino finito nos aguardan otras sorpresas:  el mexicano Armando Manzanero tiene previsto cantar por primera vez aquí el domingo 15 de julio y 24 horas después lo hará, también por primera vez, el boricua Gilberto Santa Rosa, en dos conciertos únicos, nocturnos, gratuitos y distintos, en el emblemático Malecón de La Habana, donde se han enamorado casi todas las generaciones de habaneros, desde que esa extensa butaca de concreto fuera desplegada como otro símbolo de la ciudad en 1925.