Fatales ojos verdes

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nunca conseguí la gloria, ni con las letras ni con las mujeres. Le debo más a las primeras que a las segundas, porque me trataron finalmente mejor.El mexicano Armando Manzanero tiene un bolero de una tarde en la que vio llover, vio gente correr y ella no estaba. A mí me ha ocurrido más de una vez. Otras no hubo lluvia y las cosas acabaron menos mal.Viví en la época de los años sesenta, cerca de tiempos de esas mujeres fatales que a todos nos emocionaron en novelas o en el cine. Las que las películas norteamericanas nos enseñaron a amar o a detestar con el testimonio de grandes autores de la novela negra como James Mac Cain, David Goodis, Carter Brown, James Hadley Chase, Harry Whittington, Lionel White y, por encima de todos, Chester Himes, el padre de todos esos santos varones que para muchos de nosotros fueron iniciadores amorosos. Eran tiempos en que creíamos hasta en los ángeles con vaqueros y más de uno de ellos nos presentó a una Madame Bovary en versión inglesa o norteamericana que para él la hubiese querido Gustavo Flaubert. Laura, ojos verdes, postura virginal en un diván que invita al amor pero que ella aparta de su pecado como una primeriza del amor y vuelve loco a un abogado que no tiene más que su prestigio, lo demás, lo más importante, hace tiempo que lo perdió entre la cocina y la alcoba (“estaba tan perdida en la cocina como en el dormitorio”). Y todo por un chulo mal nacido que la trata como la vida misma trata a Edna, perdida en una calle en la que David Goodis te mete para restregarte la fealdad del universo de los perdedores. Elena de Troya, Penélope están a la vuelta de la esquina donde la china acaba de ser violada y cada uno de esos hombres, con rostros agujereados por la existencia a lo Richard Widmark o a lo Sterling Hayden buscan Ítaca.
En esa literatura negra, verdadera sinfonía de vivencias, hay otras heroínas menos pudientes en amor. Que ni siquiera tenían las hebras del pelo rubias, color del pecado, de la conquista durante todos los años que duró nuestra infancia. Eran las que nunca ganarían nada ni a nadie porque, sentencia una amiga mía, tenían piñón fijo en los ojos y eran incapaces de guiñarle a la vida. Como aquel Paul al que Goodis ejecuta sin piedad, tal vez porque la piedad no era cosa de hombres, porque los duros no bailan: “…de estatura media, muy delgado, tenía una historia de treinta años de no ser nada en absoluto”. A Sartre se le caerían las lágrimas. Sí, hijo, sí, porque mata más la soledad que el alcohol mezclado con el tabaco.

Mientras buscaba mujercitas me quedé tiritando al leer un libro que ni siquiera sabía que existía, La vida perra de Juanita Narboni, de un tangerino español llamado Ángel Vázquez y publicado en 1962. Es un largo, doloroso, excepcional calvario que entre risas y lágrimas vive Juanita, en un interminable monólogo hasta la locura. Una mujer que, como todas, probablemente fue bella a su manera. Pero Juanita fue quedándose sola en el Tánger que de internacional pasaría a ser un cacho más de Marruecos, sin ni siquiera dar con un chulo que le calentase el alma. Y desde la primera a la última página es una reflexión que encoge el hígado: “…la gente pobre siempre se muere… Las carcajadas de éstas no son normales. Son carcajadas uterinas. No es alcohólico, maricón a secas… Es la cabecita de un cojín… De virginal nada, en todo caso, vaginal…”

A mí Tánger me había hecho descubrir el cine como amor, como referencia de mis andares. Y a Ángel Vázquez aparentemente le pasaba otro tanto de lo mismo. Gran parte de los pensamientos de su Juanita reposa sobre personajes, títulos o situaciones de películas de las que ella nutría su desesperanza. Y llega un momento en que se rebela: “¡Mierda de cine, el daño que le ha hecho a una!”.

Y sigue, prosigue, no para, el rutilante monólogo: “Hueles a pecado mortal de necesidad… Que hasta el dolor en casa ha sido siempre una alegría”.

Ahora, ya al fin de mis mujercitas, me tropiezo en una televisión con la mujer que mejor ha hablado del amor para los humildes, los desesperados de la vida, orin Tellado, española y asturiana por la que un día Gabriel García Márquez confesó su admiración. 4.000 novelas rosa publicadas, la más vendida en español. Y se decía sin amor: “En el amor me fue sólo regular. Me separé de mi marido a los dos años. Todo lo demás fueron aventuras pero no volví a enamorarme”.
Y se conformaba diciendo que mucha gente es feliz gracias a esas novelitas que hablaban de enamoramientos azotados por el romanticismo más puro. Cherchez la femme… Yo busqué a esa mujer y la encontré más de una vez. Fueron en cierto modo mis mujeres fatales, porque nada hay más fatal que el fracaso en el amor. Y las mujeres entienden mucho de ello. En el París de los años 60-70 del siglo XX, como se dice, encontré alguna que me quiso, otras que dijeron que me querían y las más me cantaron aquel estribillo de “eres un encanto, baby”.

En el último momento, cuando creía que el tren me había dejado en la mejor estación, hubo un descarrilamiento y perdí a una muchacha de pelo negro acaracolado, ojos de un negro azabache y una sonrisa que nunca más volví a encontrar. La llamé la mujer de los ojos verdes. Me creé mi mito porque ella se había ido, con billete de ida, solamente de ida. El gran amor. El gran fracaso. Había encontrado por fin a mi mujer fatal, esa que según los novelistas llevaba siempre a la perdición. Y digo llevaba porque ya no hay mujeres fatales. Ahora son simplemente feministas.

Autor entrada: onmagazzine