De Kundera y otras próstatas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

“El viejo sabio observaba a los jóvenes que vociferaban y entonces se le ocurrió que él era el único en la sala que tenía el privilegio de la libertad, porque era viejo; cuando uno es viejo ya no tiene que prestar atención a la opinión de su pandilla ni a la del público ni al futuro. Está solo con su muerte cercana y la muerte no tiene ojos ni oídos y a ella no hay por qué gustarle, puede hacer y hablar lo que le apetezca”. Son cosas que decía en cierta ocasión ese sabio escritor que es Milan Kundera, al que estoy seguro que nunca se le reconocerá la influencia determinante que ha tenido en el desarrollo humano y amoroso de varias generaciones de europeos.

Este portento de las letras, nacido en Checoslovaquia, gusta escribir en francés, porque el francés es la lengua del amor definitivo, de las pasiones, de las intranquilidades, el termómetro de la vida. Pero ya en su país, cuando todavía se llamaba Checoslovaquia, ahora ni lo sé ni a nadie le importa porque el nombre de un país está en relación con la longitud de su perímetro orbital, Kundera ya sabía mucho del alma. De algo le había servido haber pasado sus mejores años inmerso en el comunismo que impuso la Unión Soviética, gracias a los generosos occidentales, a una serie de países europeos, entre ellos el suyo.

Pero Kundera seguramente sabía algo menos de la próstata, esa maldición de los hombres que, según mi médica china, no sirve para nada sino probablemente para que el hombre sea todavía más inferior a la mujer.

Mi médica, a la que conocí en mi isla africana donde termino como el viejo sabio de Kundera, pero menos resignado, porque la resignación no es cristiana y porque Jesús no se resignó a ser crucificado. La conocí lejos de la China imperial pero a mí me hace, aunque ella lo lleva como un misterio, que antes de aparecer con una trenza de gratitud a la vida en el ferrocarril que Sergio Leone construía allá por el Oeste norteamericano, que antes de llegar a América, fue la favorita del último Emperador de China, ese que todos ustedes se han encontrado alguna vez en alguna película de Bernardo Bertolucci. Qué dios bendiga el cine.

Pero es su secreto. Yo me limito a contar que ya es bastante y me doy cuenta de que estamos cercados, ahogados, crucificados cuanto menos, por los imbéciles, que son seres extraños y poderosos que tienen la particularidad de nacer sin próstata, los que les hace extremadamente finos y peligrosos para los negocios aunque en las cosas del querer son más bien castrati.

Esos imbéciles reunidos en sociedades secretas bancarias que ustedes todos conocen y que les cobra comisiones regularmente pretenden quitarnos nuestra libertad de ser y de estar.

Ha sido tanta mi desesperación al descubrir la existencias de estos tahúres de la vida, que he acudido al televisor más cercano para zamparme en medio de una vieja religión que llaman el fútbol. Es una cosa donde hombres jóvenes se ponen en pantalón corto y juegan once contra once para intentar meter un balón en la portería del otro.

En mi estado de enajenación profunda, sabiendo que ya nunca más la veré, he ido sabiendo que esos señores forman parte del Mundial de Fútbol que se juega en Rusia, antes llamada Unión Soviética. Y entonces me he dado cuenta de la disciplina que reina en esos campos de donde celebran la extraña religión del balón de cuero. Porque me cuentan que en el fútbol de nuestro mundo occidental, las cosas son menos civilizadas. La gente se chilla, se insulta, se pega, se incendia y hasta tiran petardos y se agreden.

Entonces he entendido la grandeza del líder Vladimir Putin que dios proteja de todo checheno armado y con malas intenciones. No solamente ha convencido al mundo de que era el último Emperador de todas las Rusias poderosas y millonarias sino que ha conseguido amaestrar a los bestias llamadas holligans que parece ser invaden bastante regularmente los escenarios futboleros de nuestros países de Occidente.

Gran hombre respetuoso de todo que tiene la virtud de mantener a raya al otro señor dueño del mundo, Donald Trump, ser prostático irritable que tantos disgustos da a las cancillerías europeas y americanas.

Y para que se den cuenta de hasta dónde llega esa enajenación mental a los que los sin próstata espiritual nos someten con puño de hierro, o algo parecido, que ya aquí los cuentos medievales quedan más bien largos y el tiempo es oro, les cito dos casos que he recogido del semanario francés Le Point.

En febrero de 2012, como quien dice anteayer, en pleno modernismo, los sin próstata espiritual hicieron retirar carteles de la película “Les infidèles” porque unas señoras juzgaron que eran obscenos. Y, digo yo, ¿no será más obsceno que uno de esos señoritos del Mundial que pegan divinas patadas pueda cobrar dos millones de euros por mes?

En octubre de 2014, se anulan manu militari en Australia las representaciones de la maravillosa ópera “Carmen” porque varios actores fumaban durante el desarrollo de la obra. Los antitabaco son peores que los sin próstata.

Ya ven, o leerán, que hay razones más que serias para dudar de esa humanidad maliciosa y sin escrúpulos que querría ahuyentarnos hacia el fondo de la cueva donde ya no hay más razones de esperar. Donde se acaba todo, incluso lo que no ha tenido tiempo de comenzar.

En cuanto a mi médica china, si son cinéfilos la verán reflejada en “Adios, mi concubina”, me dijeron fuentes de toda insolvencia que se había casado en el Oeste de Leone con un acaudalado senador tuerto de los Estados Unidos que había cometido desfalco tras desfalco hasta convertirse en multimillonario.

Otras fuentes sitúan a la pareja en el Palacio de Mónaco durante un festival de circo y ahí le pierden la pista, entre leones que la princesa de esa banca anclada al ladito de Francia.

Los restos del tuerto fueron recogidos después de una pantagruélica cena de los leones monegascos.

En cuanto a ella, la favorita del Emperador de China, unas monjitas dicen haberla vista en una leprosería del Congo ex belga donde cantaba dulces melodías milenarias por un puñado de dólares.