Sacha Distel y Tim Maia: nostalgia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Conocí a Tim Maia en Brasil. Era gordo, más de lo legalmente permitido, pero tenía la maravillosa voz que nunca había escuchado en ningún sitio. En un tono apagado decía cosas que yo nunca había oído. Y, sobre todo, cómo las decía…Maia murió durante una aparición en televisión –lo vimos todo–, en el escenario, como un Molière cualquiera. Es el más bello y secreto recuerdo que conservo de mis años en Brasil. La muerte nos está robando hasta nuestras nostalgias. Hace unos siglos veía a Sacha Distel en una emisión de la televisión francesa con su enorme sonrisa y sus gigantescos dientes que le habían convertido más que en un gran cantante en un mito de la juventud, de una cierta juventud que en otros años fue la de uno de los inmensos símbolos de mi juventud, Brigitte Bardot. Pero no se asusten, no pienso meterme en uno de esos patéticos panegíricos funerarios. Distel ha muerto y que Dios lo guarde.

Hace otros años, en otro planeta llamado Brasil, veíamos morir casi en directo a una de las más lujosas voces que ha tenido la nostalgia, la del brasileño Tim Maia. Contaba cincuenta y seis años, casi quince menos que Sacha, y era enorme, como si toda su vida no hubiese comido más que hamburguesas con ketchup. Desde que yo había llegado a Brasil como corresponsal, un año antes, sus canciones rotas por una voz llena del delirio de querer, me habían acompañado casi a diario. Sentí mucho su muerte. Como la de Distel. Quizá, por qué no, porque los tres pertenecíamos más o menos a la misma generación.

Esta tarde de calima africana que sopla con viento de levante sobre este antiguo pueblo de pescadores del sur de España, estoy escuchando a ese francés que fue una especie de hermano mayor para la gente que en los años sesenta no teníamos una gorda pero soñábamos con no sé qué gloria y qué alegrías. La crisis del petróleo estaba muy lejos y si es cierto que la guerra de Argelia podía dar que pensar sobre la bondad de la humanidad, las tropelías de Afganistán, Irak y el asesinato masivo de palestinos no nos rompían todavía el alma. Vivíamos como podíamos en aquel París de la eterna noche, donde por dos centavos y un poco de cara podías creerte un vencedor. James Dean ya nos había dejado un gigantesco recuerdo de rebelde con o sin causa. Brigitte Bardot, BB, sonreía junto a Distel con una guitarra de jazz cuyas notas había heredado de un tío que había dirigido una orquesta multitudinaria y alegre de las que ya no existen.

Creo que Sacha Distel también era tan estúpidamente feliz como nosotros En 1963 con La belle vie se convertía en una estrella con derecho a los violines de la celebridad que siempre tocan en un rincón de la orquesta. Creo que entonces ya quería parecerse a aquel gran señor que era Frank Sinatra y que todos adorábamos. Por cierto que por aquellos años, el norteamericano estuvo en París para rodar algo, no sé qué y tuve la posibilidad, como cualquier periodista, de verle y de tocarle, aunque nunca pensé en tirarle mi sostén o mi braga para demostrarle mi admiración. Y aunque era un reportero tan joven como despreocupadamente infantil, me negué a ir al lugar del rodaje. Luego, muy luego después, supe que era porque no quería correr el riesgo de que se rompiera la magia que nos unía a través de unas canciones cuyas letras no entendía pero que sentía como se siente la alegría o la desgracia, dos disciplinas para la que no se necesita conocer lenguas.

Una tarde en Río de Janeiro, al día siguiente de un ataque de bandidos con fusiles ametralladores en unas favelas, a años-luz del sueño de los sesenta, alguien me avisó que el desgastado Sacha Distel, porque la vida no perdona, borra todo lo bueno y deja sólo el recuerdo del éxito o de la desgracia y hasta de lo que nunca pudo ser pero no rectifica nada que a uno le gustaría rectificar, iba a actuar dos o tres días en una sala de fiestas del centro. No sé qué puñetería urgente tenía yo entonces que hacer pero cuando quise reservar una mesa, el dientes blancos de toda la vida ya había tomado el avión de regreso a París.

Ahora le escucho cantar Ces mots stupides, la canción que me enamoró de Nancy, la hija de Frank Sinatra, hoy sin historia que contar. Sacha era un enorme cantante, pero sobre todo un hombre con sentimientos, al que no parecía preocuparle más que andar por la vida con los ojos sonrientes, una guitarra entre los dientes y la más bella mujer del momento entre sus brazos.

Sacha canta ahora Tu es le soleil de ma vie, en dúo con esa Brigitte Bardot que hace un millón de años me sonreía con sus labios repletos de vida en un plató de los estudios cinematográficos de Billancourt, en París. “Era como si yo te hubiese esperado desde la mañana del primer día…”, le canta BB, mientras él le contesta que ella es “el sol de su vida”.

El sol sigue en la calle pero no es de nadie ni significa nada. Aquellos tiempos en que el sol era algo más que un medio de broncearse han pasado. Ya no queda más que la realidad, que ha olvidado de sonreír. Ahora me he tropezado con otra sonrisa inmensa, la de Tim Maia, que tenía casi tantos dientes como el francesito que un día amó y creyó que la vida no acabaría. El brasileño también lo pensaba cuando una noche, después de la tradicional telenovela, y en directo en la TV, se desplomó con su enorme cuerpo de elefante. Después, no sé cuántos después, nos dijeron que había muerto. Y durante varios días en mi casa de Brasilia no se escucharon más que las canciones de ese inmenso músico, pai do soul music brasileira, que cantaba con su enorme corazón en la mano. Mi perro Blacky se paraba al borde la piscina como si quisiese escucharle. El también ha muerto.

BB sigue cantando, con su vocecilla que tantas veces oí reír y gritar en ese París de los ajados sesenta, donde hoy no la recuerdan casi más que como la protectora de los bebés focas o de otros animalitos. Qué injusta es la vida, puñetas. Ustedes perdonen, no quiero que me vean sacar el paño de esas lágrimas que, con la oración es a partir de un momento del fin el único consuelo que queda. Que Dios les guarde sus ilusiones.

Autor entrada: onmagazzine